lunes, 25 de julio de 2016

Vida

De poder, le daría al joven Werther de Goethe una patada en los huevos. Me cuesta mucho tolerar eso de que la gente se pase el día en un jardín deshojando margaritas entre suspiro y suspiro. Y de contra suicidarte. Hermano, por muy noble y alemán que seas, lúchala. Porque la vida, ese brevísimo pestañazo entre el limbo y la negra noche, merece intensidad, darle con todo; de lo contrario es un desperdicio.

Releo una carta que el poeta y trovador Silvio Rodríguez, un jovencísimo Silvio de apenas 23 años, le escribió al fundador del Instituto Cubano de Cine, Alfredo Guevara. El autor de “Ojala” y “Óleo de una mujer con sombrero”, el buscador de unicornios, se encontraba pasando una larga temporada a bordo de una embarcación de la flota pesquera cubana. En la misiva, fechada el 3 de noviembre de 1969, Silvio le cuenta a Alfredo:

“Aparte de vivir, vivir a los cuatro puntos cardinales, con todo rigor, con toda intensidad, con toda energía, tengo algunos modestos frutos palpables de la navegación y la aventura. Pudiera decir que, hasta la fecha -faltan 4 días para dos meses- hay 28 canciones y 63 poemas, que hacen un libro, ya estructurado. Tres cuentos también. Pero lo más importante son mis ojos, que los siento más abiertos y seguros de lo que ven, aunque como es de presumir, con su correspondiente dosis de vejez agregada”.

Abrir los ojos y llenarlos de luz, como dice Silvio, quizás sea la mejor imagen que describe el acto de vivir a plenitud. De la luz a la iluminación, y de la iluminación a la gracia, al convencimiento de que es posible de algún modo elevarse por sobre la reproductividad del diario existir; que uno también tiene en sus manos la capacidad de romper cadenas y salir de la cueva de Platón a que te bañe el sol de la mañana.

Al que aprovecha la vida le preocupa el tiempo, el tiempo vital, los días que se escurren. Recuerdo una carta del cineasta cubano Tomás Gutiérrez Alea, fechada el 15 de septiembre de 1964. Titón, quien cuatro años más tarde se consagraría con el filme Memorias del subdesarrollo, tenía entonces 35 años y ya una conciencia clara de la finitud de la existencia, y en consecuencia de la necesidad de hacer, de decir, de crear:

“Trabajo bastante”, apunta Titón, “preparo argumentos para el año próximo. Es una carrera con el tiempo. Una vez me dijeron que cuando uno cumplía 30 años, el tiempo empezaba a correr más rápidamente. Y es verdad (…) Por otra parte, tengo muy claro lo que se llama ‘presencia de muerte’, una sensación de provisionalidad, de estar aquí por un tiempo ya muy corto y de no estar preparado para irme, de no haber completado mi vida”.

La vida se completa creando. Y aunque para algunos resulte disquisición estéril, la vida se completa creando belleza en libertad, arte pleno, intentando la consecución de un mundo milimétricamente mejor que el que recibimos de nuestros padres. Y para eso, hermano, para eso hay que joderse, para eso hay que luchar, algo que al parecer nunca entendió el buenísimo para nada joven Werther.

lunes, 18 de julio de 2016

La educación

El filósofo Bertrand Rusell decía que el propósito de la educación era enseñar a cada uno de nosotros a defendernos contra las “seducciones de la elocuencia”. Nada más complicado entonces que educar, sobre todo en un mundo donde los libros de texto son biblias laicas, y donde cada ideal se recubre de sucesivas capas de pintura ideológica, resistente a todo ejercicio de crítica intelectual, a toda racionalización, a todo distanciamiento; y al final terminan como manchas de humedad en la pared, como costras que nadie arranca por temor a verse acusados de herejía.

Las escuelas tradicionales son las mejores vendedoras del Estado absoluto hegeliano, del Fin de la Historia, de ese Olimpo a donde hemos llegado y desde el cual nos corresponde, querámoslo o no, ver completico el valle de Canaán. No importa que aun la mayor parte del pueblo elegido (a todos los pueblos los elige alguien) se encuentre en el camino, y que otra buena parte se haya ahogado en las aguas del Mar Rojo. Llegamos y vencimos. Celebremos todo. Y el que no brinque, ay, el que no brinque es tonto, y los tontos se reprueban.

También en las escuelas aprendemos el agradecimiento, y mientras más utilitariamente se agradezca pues mucho mejor. Recordemos en apretado cuadro que el agradecimiento traerá siempre nuevos beneficios. Y al menos aquí, en este occidente culturalmente desdibujado en el que vivimos, agradezcamos bien fuerte a todos los héroes patrios, desde Caupolicán hasta el último tribuno, por darnos bandera y libertad, por sacarnos de la esclavitud y de la tiranía. Y a cantar el himno y a agitar banderas en ese tedeum al seudocivismo que se oficia en cada matutino.

Supongo que si las escuelas, los maestros, las monjitas, los medios de comunicación, los trabajadores sociales, los oradores de barricadas, la familia, los comisarios de la cultura, los políticos del noticiero de televisión y una larga recua de patentadores del entusiasmo colectivo se preocuparan realmente por propiciar una buena educación, libertaria y descolonizada, los Estados perderían el mal cemento que los une, y terminaríamos todos en una suerte de nihilismo hippie.

Pero quizás no. Quizás, contra todo pronóstico, enseñar a la gente a pensar con cabeza propia, a desconfiar de las certezas, de las genealogías, las haría realmente libres. Libres de todo cuento. Libres de toda bobería. Libres de toda repetición de fechas y nombres de muertos. Libres de tanta historia encartonada. Libres, claro que sí, de esa elocuencia empobrecedora de la que hablaba Rusell.

lunes, 11 de julio de 2016

Cuba

Hace unos días escuché al trovador Frank Delgado desde la profundidad de la Colonia Roma, en la Ciudad de México, y me imaginé de aquí a treinta años, quizás vestido con una guayabera súper chea, y con los ojos aguados porque alguien me habló de Cuba. Mis ancestros tenían que haber emigrado a Tombuctú y no a La Habana. Tombuctú quizás doliera menos, Tombuctú quizás fuese un lugar más concreto con el que soñar y no esa idea, cada vez más idea, que es la Cuba de todos mis sueños.

Desgraciadamente mi tiempo biológico, sin lugar a dudas breve como toda vida humana, no coincide con la temporalidad nacional. Tengo apenas treinta y tres en una nación que ha llegado a la senectud sin sentir aun lo que es la gracia, ese estado de madurez en el que surgen filósofos y poetas, y no mulos y remeros, donde la gente se sienta en un café a desentrañar el misterio de la vida; y no se desentiende de todo, bajo la estridencia adormecedora del reguetonero de turno: mi reino por un culo en movimiento; mi reino por un visado.

A Cuba la sigo buscando por todas partes, la busco más allá del nacionalismo estúpido, del complejo absoluto de aldeano vanidoso; y sobre todo de esas historias-genealogías basadas en la lucha de contrarios, que de ser parteras de la historia, se convierten en el ancla que justifica el hecho de que todo tiempo futuro, que toda posibilidad superadora, habrá de ser exactamente igual, o incluso peor que la circunstancia presente.

Seguimos chapoteando en nuestra peculiar prehistoria, la tragedia de un pueblo novísimo que no acaba de encontrarse, que comenzó hace siglos su particular camino hasta la tierra prometida, pero que de tanto andar se cansó de profetas y de reinos de ensueño bañados de leche y miel. Al final seguimos siendo los mismos viejos piratas, los mismos marranos malnacidos, buscadores de fortuna e hijos de la gran puta, los mismos subnormales que zarpamos de España en las naos del Almirante, creyendo que el mundo era un huevo que cabía en la palma de la mano, desconfiando de la modernidad, más amantes del Quijote que de Alonso Quijano, sin acabar de entender, en nuestra suprema ignorancia, que el objetivo no era arribar a las costas de una isla que llamamos Fernandina y después Cuba, sino encontrar allí, de algún modo, nuestra propia y sincera felicidad.

Por eso cuando escuché a Frank Delgado me trasladé a los tiempos en que marxistamente me creí un protagonista activo de la Historia, aquí en mayúscula, y no un humilde, humildísimo peón de ajedrez en una partida eterna que desde hace siglos quedó en tablas, sin que acabe de llegar al fin la orientación de que los contrincantes deben intercambiar las fichas y darle de una vez agua al dominó.

Me da igual. Soy feliz propietario de una idea feliz de Cuba. No necesito del olor de un tabaco, ni de un altar yoruba para sentirme y ser más cubano que el más alto de los tribunos defensores de la patria. La patria anda conmigo. Enterita: Café con leche. Luz solar. Humedad. Y todos mis muertos. Mármol por mármol y tumba por tumba. Y José Martí y las flores del framboyán. Y el viento habanero meciéndose entre las arecas. Y la relatividad de los inviernos. Y la relatividad, aún más relativa, de los políticos y de las consignas. La Cuba ilustrada, no la Cuba desesperanzada y reguetonera. Cuba de barrio, libro y playa, la Cuba de mí mismo de frente al mar. Y en paz.