lunes, 4 de abril de 2016

Adolescente

Cometí el error de terminar el domingo oyendo a Bon Jovi, como en el pre, en la vieja Escuela Lenin, tanto tiempo hace ya; y el compañero Jovi me lleva irremediablemente a pensar en las cosas de mi vida, que son tantas, algunas buenas, otras mejores, pero todas absolutamente inciertas. Estoy regresando a las ambivalencias del adolescente. Y a los 33 años sentirse adolescente, adolecer, no deja de tener su encanto. Es como deshojar margaritas en una tarde habanera de frente frío, solo que ya en Cuba casi nunca bajan los termómetros y las margaritas, si es que existen, a mí se me pierden en un mar de escoba amarga y romerillo.

Ser adolescente es vivir en una crisis de indeterminación. Estar pero no ser. Ser pero no estar. Sentirte permanentemente desacomodado: Ni niño ni adulto. Y esta adolescencia me hace extrañar a Cuba con mis dos cojones. Extrañarla de veras. Y lo más jodido es que el país que añoro no existe en lo absoluto. El país que extraño es un invento. Posiblemente nunca ha existido. La república de todos mis sueños aún no nace, aunque estoy convencido de que algún día existirá. Posiblemente no la vean mis hijos, tampoco mis nietos, pero está en mi corazón en cuanto a su posibilidad. Una república con todos, con todos, y para el bien, para la felicidad, de todos.

¿Cómo cocinar un ajiaco con negros y blancos, mulatos más y mulatos menos, occidentales, mayamenses y orientales, defensores de la planificación socialista y de la libre empresa, depredadores neoliberales y militantes de Green Peace, anexionistas e independentistas de todos los colores, y los gays y los heterosexuales, y los gladiolos y las mariposas, y los barrios y las comunidades perdidas junto a los rascacielos del Vedado, y los dueños de paladares junto a los obreros de la Antillana de Acero, y los espiritistas y las federadas, y los abakuás y los católicos...?

Se me va el aire de pensar en ello y me pongo a boquear como un pez recién capturado. Echémosle la culpa a la contaminación de la Ciudad de México. Mejor echarle la culpa a la contaminación, que me pone a pensar boberías, y no a los rigores del tiempo presente, a las interpretaciones de la historia, que algunos niegan y olvidan, y otros hacen de ella la mejor justificación para eternizar el presente.

Ni memoria ni olvido. Ni pasar página así porque sí, pero tampoco quedarse la vida entera en este tomo de anexos en el que andamos metidos desde que se acabó la Unión Soviética. ¿No sienten ganas de ver qué hay más allá? ¿Y si es una hoja en blanco? A mí al menos me entra la tentación de arrebatarle el lápiz al Balzac de turno y ponerme a escribir yo mismo sin que nadie me esté dictando. Llevo toda una infancia tomando el dictado. Y quiero crecer. Supéralo, hermano, supera esa vocación de lector de tabaquería. Piensa mejor en un coro sin solistas: quiero que la historia la escribamos todos. Pero no me hagan caso. Son cosas del domingo y de Bon Jovi, son tan solo dramas de adolescente.