lunes, 29 de febrero de 2016

Bombillos


Un 24 de diciembre, hace aproximadamente diez años, estuve en un pueblito de las afueras de La Habana cambiando bombillos incandescentes por ahorradores. Ese día, bien temprano en la mañana, nos reunieron a un centenar de jóvenes estudiantes universitarios en el patio de una escuela local para explicarnos en qué consistiría nuestra tarea.

Un joven dirigente estudiantil, con el entusiasmo de Lenin y la verborrea de Mayakovski, nos explicó la importancia de la actividad: un bombillo ahorrador chino, digno representante de las potencias emergentes del tercer mundo, consumía ocho veces menos que un bombillo tradicional incandescente norteamericano o soviético, los dos viejos y decadentes imperios del siglo XX. Con nuestro aporte estábamos contribuyendo al ahorro en el país. Además, con tanto gasto energético crecía más el agujero de la capa de ozono y aumentaba el calentamiento global. A este paso nos freíamos todos. La humanidad estaba al borde del colapso y nos tocaba a nosotros salvarla.

El orador era un muchacho elocuente. No debía tener más de veinticinco años pero lucía mucho mayor con sus gafas de intelectual y su pelo alborotado. Llegó al matutino medio sudado, como si antes hubiese corrido en una media maratón, o pronunciado arengas en diez actos más de este tipo. Era al parecer una persona sumamente ocupada. No más llegar, pidió que se activara en la escuela un puesto de mando y que se elaboraran partes cada tres horas sobre la actividad que íbamos a hacer. El país confiaba en nosotros, enfatizó. Era esta una tarea de sumo impacto.

Nos repartieron a cada uno una mochila llena de bombillos nuevos, una mochila gigante de esas que usan los alpinistas.

-¡Abajo el Incandescente!-, gritó el pequeño comisario al final de su discurso.

-¡Abajo!- respondimos nosotros.

-¡Qué viva el Ahorrador!-, gritó él nuevamente.

-¡Qué viva!-, concluimos nosotros.

Y arranqué con mi mochila azul, color de mar, a recorrer las calles polvorientas del pueblito. Como si fuera un Testigo de Jehová, fui tocando de puerta en puerta. Traía conmigo la buena nueva: traía bombillos. Señor, señora. Compañero, compañera. Que vengo a cambiarle sus bombillos incandescentes. Que así se ahorrará no sé cuántos kilowatts la hora, y no sé cuántos barriles de petróleo le ahorrará al país, que subsidia el precio de la energía. Que el barril de petróleo está muy caro. Que el país es pobre. No. No estoy repartiendo motores de agua ni ollas eléctricas para hacer arroz. Lamento que haya que cambiarle la junta a su refrigerador, pero hoy no es el día. Solo cambio bombillos. Cambio bombillos nuevos por bombillos viejos. Me tiene que entregar el viejo, me lo tengo que llevar para destruirlo. Cada bombillo incandescente debe ser destruido. Esa es la consigna. Que no. Que no lo frotaré. De los bombillos incandescentes no salen genios como de las lámparas viejas. Que no. Que tampoco estoy aquí para conceder milagros. Me encantaría hacerlo, pero no es posible. No, señora, las luces del árbol de Navidad no cuentan. Aproveche que hoy es Nochebuena y las enciende. Yo que sé cuánto gastan las luces de un árbol de Navidad pero siempre valdrá la pena.

Al concluir la jornada regresé al “puesto de mando” con mi mochila llena de bombillos incandescentes. En el centro de la plaza de formación habían puesto una lona inmensa. De las mochilas azules, color del mar, fuimos sacando los viejos bombillos americanos y soviéticos, la antigua creación de Edison que fenecía ante la nueva tecnología china.

Fuimos lanzando los bombillos contra la lona. Al chocar contra el suelo los bombillos estallaban. Partículas de fino cristal, ligamentos partidos, puré de vidrio y polvo. Mientras tanto, comenzaba la Nochebuena.

lunes, 22 de febrero de 2016

Fraternidad

La primera y única vez que un presidente de Estados Unidos en ejercicio visitó Cuba fue en 1928, para participar en la VI Conferencia Panamericana. Por aquel entonces Fidel Castro tenía dos años, y al Che Guevara le faltaban cinco meses para venir al mundo en su natal Argentina. Terminaban los alegres años veinte, aun había fe en el progreso y en el orden mundial representado en los hombres de levita. El mundo no había pasado por la Gran Depresión, el auge del nazifascismo y la Segunda Guerra Mundial. Stalin, mientras tanto, apenas comenzaba a consolidarse en el trono dorado de Moscú. Tampoco se conocía la penicilina, el plástico o las cremalleras. La radio iba ganando terreno como el medio de comunicación que haría historia, y Hollywood iniciaba la edad dorada del cine sonoro. La Habana se rendía ante el eclecticismo arquitectónico y la “gente bien” inauguraba los palacetes más impresionantes en el barrio de El Vedado, el cual se conectaba a la periferia urbana mediante el tranvía.

Según se cuenta, Coolidge, trigésimo presidente de los Estados Unidos (1923-1929), fue conduciendo en su carro particular hasta Cayo Hueso donde se embarcó en el barco acorazado USS Texas. Se pasó toda la noche navegando y a la mañana siguiente arribó al puerto de Carenas. Del viaje de Coolidge a Cuba no se sabe mucho más. Todavía no existía el Twitter y el señor no ofreció conferencias de prensa, su estancia se resume al discurso que pronunció en la Conferencia Panamericana. Fue, por cierto, la única visita al extranjero que el presidente realizó durante su mandato.

La visita de John Calvin Coolidge Jr. coincidió con el estreno de los jardines aledaños a un Capitolio aún a medio construir –lo inauguraría el dictador Machado un año más tarde, el 20 de mayo de 1929-. De hecho, fue debido a la celebración de la Conferencia Panamericana que se le cambió el nombre al antiguo Campo de Marte, el cual comenzó a llamarse desde entonces “Plaza de la Fraternidad Americana”. En el centro de la parcela mayor se sembró una ceiba, conocida como el Árbol de la Fraternidad Americana. Este árbol había sido sembrado originalmente en el barrio del Cerro el 20 de mayo de 1902, en homenaje a la proclamación de la República, y fue trasladado al nuevo parque el 24 de febrero de 1928, unos días después que Coolidge regresara a Washington. La planta se abonó con tierra de cada una de los 28 estados que participaron en la Conferencia Panamericana.

Ochenta y ocho años más tarde, el Air Force One de Barack Obama aterrizará en el aeropuerto José Martí, ubicado a 18 kilómetros de la capital cubana. Mucho ha cambiado el mundo desde entonces. En casi un siglo de profundos desencuentros los Estados Unidos y Cuba han estado varias veces a punto de lanzarse al cuello del adversario. La isla, a una noche de viaje en barco desde el cercano Cayo Hueso, levó anclas y tomó distancia de su vecino norteño.

La ceiba de la Fraternidad, pese a todo, continuó creciendo, fertilizada quizás por el amplio cinturón de ofrendas que le lanzan los cubanos, desde calabazas hasta centavos prietos. Fraternidad, del latín fraternitas, es decir, el afecto y el vínculo entre hermanos o entre quienes se tratan como tales; fraternidad como símbolo de que es posible hablar, reconocerse, coexistir. Obama llegará pronto a Cuba. Esperemos que la ceiba, árbol sagrado en estas tierras de cosmovisiones sincréticas, acabe de conceder a cubanos y estadunidenses el milagro, sino de la fraternidad, al menos -que no es poco- el de la convivencia civilizada y pacífica.

jueves, 18 de febrero de 2016

La prensa cubana en la República


Texto de presentación de la antología Periodistas cubanos de la República. Compilado por Ivet González, Aline Marie Rodríguez y Salvador Salazar. La Habana: Ediciones Temas, 2016, pp. 16-28.

La República: «ni angélica ni diabólica; humana»
Monseñor Carlos Manuel de Céspedes (1936-2014)

Solo mencionar su nombre implica detenerse en aclaraciones… La llamada República (I) es, sin dudas, una época compleja de la historia cubana: no solo por lo que fue, sino por los tabúes y velos de silencio que la siguen cubriendo hasta hoy. Los acontecimientos, avances y retrocesos en el desarrollo nacional que marcaron el período de 1902 a 1958 desbordan este y muchos libros.

Las cinco décadas de andar republicano, en el ámbito particular de la prensa, recogen momentos clave como el nacimiento del periódico moderno, la radio y la televisión, que tuvieron un desarrollo amplísimo en el país y en todo el territorio de Latinoamérica y el Caribe. Sucedió entonces el despegue y la expansión de todo un sistema de prensa que, con sus limitaciones y exclusiones, acogió a los más diversos signos políticos de la época, ya fueran conservadores a ultranza o de una vanguardia manifiesta.

Así lo confirman las aún insuficientes investigaciones que han requisado la prensa durante esta etapa tan llena de claroscuros, y que de manera general demanda nuevas miradas que la rescaten del olvido. Como afirma el historiador Eusebio Leal,

toda la historia republicana es muy importante para su estudio; porque se corre el riesgo siempre de simplificaciones, de reducciones muy mecánicas, en las cuales falta la capacidad de investigar situaciones concretas nacionales e internacionales, el papel de las grandes personalidades en la historia de Cuba, el de las vanguardias políticas y culturales que fueron tan importantes y que borran por completo la imagen del proceso republicano como desierto de virtudes (Leal, 2001).

Entre las grandes personalidades y vanguardias políticas y culturales que menciona Leal, urge rescatar a figuras que dedicaron su oficio a la noticia dentro del escenario sumamente complejo de un país que ganó una guerra de independencia contra la metrópoli española y dio sus primeros pasos como República incompleta e intervenida por los Estados Unidos.

El periodismo moderno cubano surgió en el contexto de una República caracterizada por la profunda desigualdad entre clases y grupos sociales, lo que explica la paulatina configuración de sistemas comunicativos pensados en varios tiempos. Es decir, si bien una amplia mayoría iletrada establecía mecanismos informativos basados en la oralidad y la comunicación asamblearia, se irán estableciendo también espacios de ejercicio de una opinión pública letrada entre diversos componentes de la clase media urbana, así como de la alta burguesía (II). Ello explica que Cuba desarrollara durante ese período un sistema de medios de comunicación de entre los más avanzados dentro del entorno latinoamericano, limitado a regiones geográficas y grupos sociales privilegiados.

Dentro de este contexto peculiar, el periodista e investigador cubano Julio García Luis señala la presencia «de una tradición de notables figuras, a la vez del pensamiento y del periodismo, polemistas y críticos brillantes que marcaron pautas intelectuales y éticas» (2004). Grandes plumas que enriquecieron la práctica periodística durante la República y dejaron un legado invaluable, muchas veces desconocido para Cuba y el resto del continente.

Este libro intenta ser un homenaje a todas las personas que en este país han apostado al viejo y a veces incomprendido oficio de contar el día a día. Recoge la obra de autores y autoras que hasta el momento no había sido compilada ni divulgada por editoriales locales ni internacionales. Además, se intentó que estuviera representada una variedad de temas, géneros y estilos abordados durante el período, así como el equilibrio en las voces de hombres, mujeres, personas afrodescendientes y de distintas procedencias.

El conjunto de firmas aquí recopiladas muestra la diversidad de pensamientos y luchas sociales de la época, como la inclusión racial, el feminismo y el sindicalismo. Intenta ponderar el trabajo reporteril de periodistas, que tal vez no tuvieron un estilo trasgresor, pero se encumbraron por el ejercicio constante, rápido y oportuno en la información de actualidad, así como a la hora de descubrir zonas ocultas de la sociedad de entonces.

lunes, 15 de febrero de 2016

El Papa en México

La llegada de Su Santidad a la Ciudad de México me agarró en medio de una tumultera para abordar el metro. Andaba con una bolsa de compras en cada brazo, a las cuales me agarré con el desespero de un socialista que por mucho que se esfuerce en consumir nunca se acercará, ni por asomo, a la huella ecológica con la que cada habitante de este mundo se ha empeñado en machacar el planeta. Hablando de nuestra relación con el medio que nos circunda, en una ciudad con más de 20 millones de habitantes y 5 millones de autos, el equilibrio se rompe con una facilidad extraordinaria. Bastaron algunos cierres de calles a propósito de la llegada del líder mundial del catolicismo, para que la urbe recordara un tráiler de The Walking Dead.

Me escurrí como pude al interior de un metro atestado, siempre apretando mis bolsas del mercado, y encomendándome a todos los santos y las vírgenes del panteón católico para que no me robaran por segunda vez el teléfono móvil. Mientras tanto, Peña Nieto y la primera dama recibían al Papa en el aeropuerto. Si fuera cronista del corazón tendría que decir que ella lucía impecable en un traje color hueso, y él medio acartonado, pero igual de feliz, por el hecho de pasearse junto a un Papa por la alfombra roja de los recibimientos. Para adjuntarle esa nota de folclor e integración que tanto vende, ahí pusieron también a unos niñitos con trajes típicos que le dieron la bienvenida al Santo Padre; que no sé cómo se las arregló para lucir tan fresco a los 79 años, tras pasar por un vuelo trasatlántico, dos horas de concordato con el Patriarca Kiril en La Habana, y un segundo avión hasta México. Después llegaron más saludos y un largo viaje en Papamóvil, en el que Bergoglio se adentró en una ciudad que mucho ha cambiado desde los tiempos en que Hernán Cortés llegó a Tenochtitlán con las primeras cruces del catolicismo, pero que sigue adorando, con fervor latinoamericano, la cultura del espectáculo.

El Papa, pese a lo que puedan decir con justeza sus muchos críticos, se ha propuesto visibilizar con este viaje los principales estigmas de una sociedad que no acaba de encontrarse; y a cuya integración el catolicismo local, más propenso a defender los palacios que a los menesterosos, en poco ha contribuido. Ello explica que aunque México siga siendo un país mayoritariamente católico, el número de fieles disminuye constantemente, en especial en las múltiples periferias sociales, que al verse poco representadas por la Iglesia se pasan al campo protestante o ensayan cultos sincréticos, como es el caso de la veneración a la Santa Muerte. La ruta del Papa en México evidencia esa voluntad de lavar en público los trapos sucios: Ecatepec, un suburbio del Estado de México, reino del narco y la economía sumergida, con un índice espantoso de feminicidos; Chiapas, paradigma de la desigualdad, uno de los principales centros donde habita población indígena, el corazón del México profundo; Ciudad Juárez, la frontera norte donde impera la ley de la selva, la antepuerta del muro maldito, máxima expresión del fracaso del tratado de libre comercio.

El miércoles próximo regresa Bergoglio a Roma y el metro de la Ciudad de México volverá a su caótica normalidad. Esperemos que tanto revuelo, más allá de los titulares y el oropel que nos mostrará la revista Hola! de la semana entrante, haya valido la pena en aras de la transformación de una sociedad que recuerda, llaga por llaga, al Cristo humano de 33 años martirizado en la cruz, pero cuyos autoproclamados representantes en la tierra se empeñan en mostrar como un príncipe en estado de gracia. Un Cristo desgraciado y dolorido, el rostro mayoritario de un México desigual que clama por su resurrección.

lunes, 8 de febrero de 2016

Apocalipsis

Temblores de tierra en Santiago de Cuba; ataques de histeria de la corriente de El Niño, que ha causado penetraciones de mar en el malecón habanero y lluvias torrenciales en plena estación seca; sublevación de los carretilleros (vendedores ambulantes de viandas y frutas) por la amenaza de los controles de precios; y la papa, mientras tanto, y por lo perdida, sigue estando en la categoría del néctar y la ambrosía, mangares de dioses. El 2016 no ha comenzado con mucho entusiasmo medioambiental que se diga. Y para ponerle la tapa al pomo ahí está el Zika, un virus con nombre de mona, que posiblemente tocará puertos cubanos antes de que concluya el semestre.

A este paso, y con tanta trompeta ecológica sonando, se pone uno a pensar en que quizás a la Isla le espera un destino similar al de la Atlántida. Ironía, para hundirnos en el mar ya no será necesario traicionar previamente la gloria que se ha vivido. La causa no será la apertura del primer McDonald's en La Habana, sino el calentamiento climático. La naturaleza, que cuando le da por joder es más malosa que el imperialismo, se encargará de borrarnos del mapa. Ya imagino al Platón de turno hablando de un pueblo mítico, que estuvo a punto de producir diez millones de toneladas de azúcar en una zafra, pero terminó finalmente entre las aguas de Poseidón, que son también las de Yemayá.

Mientras tanto nos volvemos leyenda, la cubanidad, que es terca sobre todo en tiempos de desgracias, aflora de los modos más sorprendentes posibles, siempre bajo la muy criolla abjuración de los términos medios. Está dicho: cubano que se respete o no llega o se pasa. Y la Isla produce lo mismo comandantes guerrilleros que militantes del Tea Party. Resulta ahora que dos cubanos de segunda generación tienen posibilidades de llegar al trono rojo de Yumalandia. Supongo que haya que ponerse contento de tener a un compatriota en la Casa Blanca, y que también cualquier republicano que derrote a Donald Trump en las primarias le está haciendo un favor inmenso a la humanidad presente y futura.

Sin embargo (y muy personalmente) me dan que pensar los muchachos. Demasiado conservadores. Demasiado bíblicos. Demasiado anti-emigrantes. Y para ser herederos del arroz congrí y del plátano burro frito, demasiados amantes de Wall Street y del mercado salvaje como para que puedan tomarse en serio. Con respecto a la relación entre Washington y La Habana, ambos compañeros, el Marco Rubio y el Ted Cruz, proponen regresar a la política del garrote y las cavernas: Nada de embajada para los comunistas de mierda. Nada de turistas para los comunistas de mierda. Palo al gobierno y, de paso, palo a los once millones de cubanos que ya tienen bastante con la amenaza del terremoto, la rebelión de los carretilleros, la corriente de El Niño y la desaparición de las papas.

Los republicanos, recordemos a Bush Segundo, siempre se han preciado de tener comunicación directa con el dios de las trompetas y los diluvios universales, con el dios del castigo y las espadas de fuego. Razón de más para temerles. Razón de más, también, para ir augurando el fastidio de que nos manden a construir diques (las trincheras de inundan) antes que suban las aguas.

lunes, 1 de febrero de 2016

San Lorenzo Tlacoyucan

Al sur de la flamante Ciudad de México, hasta hace nada Distrito Federal, están las colinas sembradas de nopal, pueblitos donde lo azteca y lo hispano, más que superponerse se amanceba en calma, sin demasiado conflicto, como transcurren casi siempre aquí las cosas.

“Yo creo en dios, nada más que en él... y bueno, en los santos y en la Virgen de Guadalupe”, escucho decir a un vendedor de frutas en el pueblo. San Lorenzo espera al Papa Francisco, que llegará en unos días al Zócalo y al Tepeyac guadalupano. La Ciudad de México está llena de carteles dándole la bienvenida. Y a veces la gente, que es libre y se expresa, descarga sus opiniones sobre las gigantografías: “Pedófilos y ladrones”, escribió alguien con un rotulador en un cartel del camino, “váyanse a chingar a su madre”.

Hace quinientos años, meses más, meses menos, la Iglesia y la Espada cristianizaron el Valle de México. No era la primera vez que una cultura se cargaba a la anterior y terminaban fundiéndose en el abrazo de la coexistencia, más que forzosa, forzada. Los pueblos de las colinas evidencian la fusión de lo Uno con lo Otro: San Juan Tepenáhuac, San Jerónimo Miacatlan, San Antonio Tecomitl, y el propio San Lorenzo Tlacoyucan, en nahualt, “tierra verdascosa o llena de jarilla”. La jarilla, por cierto, es una pequeña planta de flores amarillas originaria de estas Américas. San Lorenzo es, por su parte, uno de los mártires cristianos de la antigua Roma. Terminó achicharrado en la parrilla el 10 de agosto del año 258. Un nombre más que propicio para expresar sacrificio y culpa, todo lo que necesitas para vivir, aparte de amor, en este valle de lágrimas.

Te tomas un camión en la estación de Taxqueña, al sur de la ciudad, y atraviesas todo Xochimilco, el último reducto de las chinampas, las trajineras y los canales que antes cubrían todo el Valle de México, y después te adentras en la delegación de Milpa Alta. No lleves objetos de valor. El dinero escóndelo. El teléfono móvil también. Hay quienes cuentan que asaltaron el camión. Así que cada vez que sube alguien lo miras de reojo esperando que saque un cuchillo, una tranca, o te encañone con un poster de Kate del Castillo, y te pida la bolsa o la vida. Pero no. Solo se monta un payaso. El payaso más triste de todo Tenochtitlán, quien comienza a declamar los chistes más machistas que se han escuchado desde los tiempos del Virreinato a la fecha. Y como la gente, ingrata gente, hace como que no lo ve, hace como que no lo escucha, él les espeta que no es un perro, y que hay que atenderlo, lo quieras o no, porque es un buen hombre con mujer, suegra y dos hijos, que estuvo seis años en el Reclusorio por perder el Camino, y que ahora solo pretende ganarse la vida honradamente, payaseando, en este humilde camión de México.

Llegas al pueblo sobre la montaña y allá arriba hace un frío de tres pares de cojones. La gente no parece entenderlo. La gente no tiene frío. La gente hace el mercado. La gente siembra su nopal. La gente vende sus cosas y apacienta a unos perros tamaño XL que andan por todas partes: Sarnosos los unos. Relucientes los otros. Con esa felicidad tranquila que tienen los perros de pueblo, siempre luchando las sobras del almuerzo y a las perras en celo.

“Se busca a Benjamín M. Es un asesino”. Así dice un cartel colgado en la puerta de la delegación del pueblo. Y ahí aparece la cara triste de un hombre parecido al Chapo Guzmán, el Cristo Súper Star del malandraje americano. Parece mentira que alguien pueda matar y morir en un pueblo tan tranquilo, tan en calma, un pueblo con su Iglesia, su Cementerio y su Parque, todo como dios manda. Junto al cartel con el “Se Busca” hay otro bando que cita a la gente para resolver un asunto que atañe a todos. En San Lorenzo, y pese a los intentos por neoliberalizar la vida, existe aún propiedad comunal. Hay parcelas que son de todos y todos han de decidir qué se siembra y cómo repartirse el fruto del trabajo. “La defensa de la tierra es la defensa de nuestra cultura”, termina diciendo el bando, y bastaría sumergir los dedos en la arenisca para sentir los largos ciclos de las estaciones y los tiempos, los cuales se remontan al águila posada sobre el nopal con la serpiente en el pico, o quizás a los días aún más oscuros que antecedieron a la llegada de los aztecas.

Viéndolo desde esas tierras brumosas, el Valle de México ha cambiado poco en todos estos siglos. Todo es gris y ondulado, casi que prehispánico. Pero se trata de un espejismo. “Vamos a bailar la conga”, se escucha desde una bocina, “La conga de Panamá / Óyeme, mamita / Qué buena estás”. Y también, como no podía ser de otro modo, globalización mediante, te das de bruces con el Taxi de Osmani García, retumbando en medio de los cerros del nopal: “Yo la conocí en un taxi / En camino al club / Yo la conocí en un taxi / En camino al club / Me lo paro / El taxi / Me lo paro / El taxi / Me lo paro / El taxi / Me lo paro / El taxi...”.

La cultura, como San Lorenzo en su parrilla, se sigue cocinando, lo quieras o no. Y oyendo el Taxi desde lo alto de los cerros milenarios ya entiendes en carne propia lo que quiso decir el viejo Canclini cuando nos hablaba de hibridación.