lunes, 8 de agosto de 2016

Río de Janeiro, una vez más


La inauguración de los juegos olímpicos de Río de Janeiro dejó en evidencia una de las mayores calamidades de nuestra patria latinoamericana: la anemia congénita de sus instituciones, el no poder deslindar entre lo que de veras trasciende y aquellos hechos circunstanciales que dependen de los vaivenes de la política. El subdesarrollo, decía el escritor cubano Edmundo Desnoes, es precisamente la incapacidad estructural para acumular experiencias.

Brasil merecía algo mejor que esos diez segundos de un temeroso y abucheado Michel Temer inaugurando los primeros juegos de Suramérica. Los de Río eran los juegos de Dilma Rousseff. Me habría encantado ver a una mandataria latinoamericana, sobreviviente de la cárcel y del cáncer, diciéndole al mundo que en este continente machista y blanco puede gobernar con éxito una mujer; y junto a Dilma la ocasión merecía que estuviesen presentes los jefes de Estado de toda nuestra región, desde México hasta Argentina, pasando por las islas del Caribe. En definitiva, estos eran también nuestros juegos olímpicos, los juegos de un continente que hace unos años parecía comenzar a situarse en el escenario global.

Pero prevaleció la política barata y oportunista. Dilma fue alejada del poder mediante una intriga palaciega (los hechos de corrupción que se le atribuyen a su partido, hasta donde se sepa, no afectan directamente a la mandataria) y América Latina vuelve a otro de sus frecuentes ciclos pendulares.

En lo único que se han puesto de acuerdo la izquierda y la derecha latinoamericana es que ambas tienen una visión borbónica del Estado. Para Tirios y Troyanos se trata de un gueto propio, de una estructura encargada de refrendar los derechos de un grupo sobre el resto de la sociedad. De ahí que cada giro político vaya acompañado de un profundo ajuste de cuentas, de la destrucción sistemática del pasado reciente, de la “desinfección” de instituciones que deberían, al menos en teoría, ser inmunes a los bandazos presidenciales, como es el caso de los tribunales de justicia, las contralorías y los medios de comunicación.

Pero no. No hay altura de miras. No hay una concepción estratégica de la política. Prevalecen los caciques y el chusmero, la miopía política; y mientras tanto, se aleja cada vez más el sueño de nuestros padres fundadores de un continente integrado, con todos y para todos, que garantice a sus ciudadanos la mayor suma de felicidad posible.

2 comentarios:

  1. Salvi, hace 9 años estuve en el Maracaná, en la inauguración de los Panamericanos, y nadie escatimó abucheos para Lula. Entonces no lo entendí, y alguien me aclaró con una pregunta: ¿quién puede pagarse una entrada a una inauguración olímpica en una sociedad tan cosmopolita como la carioca? Lo mismo pasó el viernes pasado, los que estaban en el Maracaná son los que aplaudieron el impeachment de Dilma y encumbraron a Temer, no se les puede pedir otra cosa... Triste me pareció que nuestros narrafistas ni siquiera pusieran el hecho en contexto cada vez que las cámaras enfocaban a Temer, pero así es...

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    1. Estoy totalmente de acuerdo contigo, me dolió lo de Dilma porque me parece una gran injusticia que la apartaran del gobierno cuando está probado que ella no tuvo nada que ver en los casos de corrupción que se han dado en su partido. Pero bueno, así andan las cosas. Un abrazo grande!!!

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