lunes, 1 de agosto de 2016

La cantaleta

No importaba que la URSS hubiese fenecido una década antes, en aquella escuela desempolvaron viejas banderas rojas, abrillantaron unos fusiles AKM de juguete hechos con calamina, y montaron una coreografía donde campesinos, obreros e intelectuales avanzaban marchando hacia un horizonte que debía de ser muy profundo y luminoso, al menos si uno se guiaba por la expresión, sonriente y a la vez “esclarecida”, que los estudiantes-actores debían lograr sobre la escena.

Se vivían los últimos estertores del realismo socialista a gran escala, aunque la consagración del kitsch y el patrioterismo de telenovela no había sido sólo un invento soviético, sino la readaptación de prácticas populacheras que se remontaban cuanto menos a los iconos ortodoxos rusos, y a los santos y las estampillas católicas, hasta llegar a las flores plásticas y los tapeticos bordados con los que adornar la mesa del televisor.

Aquella actividad en honor al natalicio de Vladimir I. Lenin, realizada en medio de la crisis económica y espiritual más espantosa que había sufrido el país en todo un siglo, dejaba un dulce sabor en los corazones de los profesores de marxismo-leninismo que organizaron el acto; docentes cuyo salario había alcanzado para vivir con dignidad en tiempos de vacas gordas y que ahora, bicicleta en mano, no lograba recomponer la cuadratura del círculo, por más que se invocase una y otra vez aquello de a cada cual según su trabajo, a cada quien según su capacidad.

Aquellas banderas color sangre, aquellas poesía de rima consonante y adjetivos frondosos, tranquilizaba también a los más veteranos miembros del consejo de dirección, que seguían -diez años después- esperando una orientación del Ministerio para cambiar en sus mentes los viejos atlas geográficos, donde aún se representaba entera la Yugoslavia del mariscal Tito, así como la unión indestructible entre checos y eslovacos, y por supuesto el inmenso manchón de tinta roja que era la Unión Soviética.

Lo que podía haber sido una cantata en honor a Lenin, una composición barroca y multitonal como ha de ser toda buena historia, en la que intervendrían múltiples solistas, actores-interpretantes que sacasen las luces y las sombras de aquel inmenso experimento de mundo mejor y posible que fue la URSS, terminaba así en la más soporífera de las cantaletas, una repetición molesta al oído, pero repleta de tranquilos y complacientes lugares comunes; y el más común de entre todos, la reconfortante sensación de que la historia, cansada de tanto andar, se había detenido, que todo estaba en calma hasta nuevo aviso, a la espera de tiempos mejores, quizás para siempre.

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