lunes, 18 de julio de 2016

La educación

El filósofo Bertrand Rusell decía que el propósito de la educación era enseñar a cada uno de nosotros a defendernos contra las “seducciones de la elocuencia”. Nada más complicado entonces que educar, sobre todo en un mundo donde los libros de texto son biblias laicas, y donde cada ideal se recubre de sucesivas capas de pintura ideológica, resistente a todo ejercicio de crítica intelectual, a toda racionalización, a todo distanciamiento; y al final terminan como manchas de humedad en la pared, como costras que nadie arranca por temor a verse acusados de herejía.

Las escuelas tradicionales son las mejores vendedoras del Estado absoluto hegeliano, del Fin de la Historia, de ese Olimpo a donde hemos llegado y desde el cual nos corresponde, querámoslo o no, ver completico el valle de Canaán. No importa que aun la mayor parte del pueblo elegido (a todos los pueblos los elige alguien) se encuentre en el camino, y que otra buena parte se haya ahogado en las aguas del Mar Rojo. Llegamos y vencimos. Celebremos todo. Y el que no brinque, ay, el que no brinque es tonto, y los tontos se reprueban.

También en las escuelas aprendemos el agradecimiento, y mientras más utilitariamente se agradezca pues mucho mejor. Recordemos en apretado cuadro que el agradecimiento traerá siempre nuevos beneficios. Y al menos aquí, en este occidente culturalmente desdibujado en el que vivimos, agradezcamos bien fuerte a todos los héroes patrios, desde Caupolicán hasta el último tribuno, por darnos bandera y libertad, por sacarnos de la esclavitud y de la tiranía. Y a cantar el himno y a agitar banderas en ese tedeum al seudocivismo que se oficia en cada matutino.

Supongo que si las escuelas, los maestros, las monjitas, los medios de comunicación, los trabajadores sociales, los oradores de barricadas, la familia, los comisarios de la cultura, los políticos del noticiero de televisión y una larga recua de patentadores del entusiasmo colectivo se preocuparan realmente por propiciar una buena educación, libertaria y descolonizada, los Estados perderían el mal cemento que los une, y terminaríamos todos en una suerte de nihilismo hippie.

Pero quizás no. Quizás, contra todo pronóstico, enseñar a la gente a pensar con cabeza propia, a desconfiar de las certezas, de las genealogías, las haría realmente libres. Libres de todo cuento. Libres de toda bobería. Libres de toda repetición de fechas y nombres de muertos. Libres de tanta historia encartonada. Libres, claro que sí, de esa elocuencia empobrecedora de la que hablaba Rusell.

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