lunes, 11 de julio de 2016

Cuba

Hace unos días escuché al trovador Frank Delgado desde la profundidad de la Colonia Roma, en la Ciudad de México, y me imaginé de aquí a treinta años, quizás vestido con una guayabera súper chea, y con los ojos aguados porque alguien me habló de Cuba. Mis ancestros tenían que haber emigrado a Tombuctú y no a La Habana. Tombuctú quizás doliera menos, Tombuctú quizás fuese un lugar más concreto con el que soñar y no esa idea, cada vez más idea, que es la Cuba de todos mis sueños.

Desgraciadamente mi tiempo biológico, sin lugar a dudas breve como toda vida humana, no coincide con la temporalidad nacional. Tengo apenas treinta y tres en una nación que ha llegado a la senectud sin sentir aun lo que es la gracia, ese estado de madurez en el que surgen filósofos y poetas, y no mulos y remeros, donde la gente se sienta en un café a desentrañar el misterio de la vida; y no se desentiende de todo, bajo la estridencia adormecedora del reguetonero de turno: mi reino por un culo en movimiento; mi reino por un visado.

A Cuba la sigo buscando por todas partes, la busco más allá del nacionalismo estúpido, del complejo absoluto de aldeano vanidoso; y sobre todo de esas historias-genealogías basadas en la lucha de contrarios, que de ser parteras de la historia, se convierten en el ancla que justifica el hecho de que todo tiempo futuro, que toda posibilidad superadora, habrá de ser exactamente igual, o incluso peor que la circunstancia presente.

Seguimos chapoteando en nuestra peculiar prehistoria, la tragedia de un pueblo novísimo que no acaba de encontrarse, que comenzó hace siglos su particular camino hasta la tierra prometida, pero que de tanto andar se cansó de profetas y de reinos de ensueño bañados de leche y miel. Al final seguimos siendo los mismos viejos piratas, los mismos marranos malnacidos, buscadores de fortuna e hijos de la gran puta, los mismos subnormales que zarpamos de España en las naos del Almirante, creyendo que el mundo era un huevo que cabía en la palma de la mano, desconfiando de la modernidad, más amantes del Quijote que de Alonso Quijano, sin acabar de entender, en nuestra suprema ignorancia, que el objetivo no era arribar a las costas de una isla que llamamos Fernandina y después Cuba, sino encontrar allí, de algún modo, nuestra propia y sincera felicidad.

Por eso cuando escuché a Frank Delgado me trasladé a los tiempos en que marxistamente me creí un protagonista activo de la Historia, aquí en mayúscula, y no un humilde, humildísimo peón de ajedrez en una partida eterna que desde hace siglos quedó en tablas, sin que acabe de llegar al fin la orientación de que los contrincantes deben intercambiar las fichas y darle de una vez agua al dominó.

Me da igual. Soy feliz propietario de una idea feliz de Cuba. No necesito del olor de un tabaco, ni de un altar yoruba para sentirme y ser más cubano que el más alto de los tribunos defensores de la patria. La patria anda conmigo. Enterita: Café con leche. Luz solar. Humedad. Y todos mis muertos. Mármol por mármol y tumba por tumba. Y José Martí y las flores del framboyán. Y el viento habanero meciéndose entre las arecas. Y la relatividad de los inviernos. Y la relatividad, aún más relativa, de los políticos y de las consignas. La Cuba ilustrada, no la Cuba desesperanzada y reguetonera. Cuba de barrio, libro y playa, la Cuba de mí mismo de frente al mar. Y en paz.

1 comentario:

  1. Estimado periodista , siempre me gustan tus articulos , nuestra Cuba , que sera de ella , una vez me preguntaron , si preferia una Historia sin fin o un fin espantoso , elegi una historia sin fin ,al espantoso le cogi miedo y asi esta nuestra patria , en esa historia , de para atras o igual, con tantas necesidades materiales y civicas y humanas tambien , los muertos descansan en paz , pero nuestros vivos , esoa que nos quedan Gracias a Dios , que sera de ellos?Perdona cualquier palabra mal utilizada , soy una simple mujer fuera de su hogar.

    ResponderEliminar