lunes, 1 de febrero de 2016

San Lorenzo Tlacoyucan

Al sur de la flamante Ciudad de México, hasta hace nada Distrito Federal, están las colinas sembradas de nopal, pueblitos donde lo azteca y lo hispano, más que superponerse se amanceba en calma, sin demasiado conflicto, como transcurren casi siempre aquí las cosas.

“Yo creo en dios, nada más que en él... y bueno, en los santos y en la Virgen de Guadalupe”, escucho decir a un vendedor de frutas en el pueblo. San Lorenzo espera al Papa Francisco, que llegará en unos días al Zócalo y al Tepeyac guadalupano. La Ciudad de México está llena de carteles dándole la bienvenida. Y a veces la gente, que es libre y se expresa, descarga sus opiniones sobre las gigantografías: “Pedófilos y ladrones”, escribió alguien con un rotulador en un cartel del camino, “váyanse a chingar a su madre”.

Hace quinientos años, meses más, meses menos, la Iglesia y la Espada cristianizaron el Valle de México. No era la primera vez que una cultura se cargaba a la anterior y terminaban fundiéndose en el abrazo de la coexistencia, más que forzosa, forzada. Los pueblos de las colinas evidencian la fusión de lo Uno con lo Otro: San Juan Tepenáhuac, San Jerónimo Miacatlan, San Antonio Tecomitl, y el propio San Lorenzo Tlacoyucan, en nahualt, “tierra verdascosa o llena de jarilla”. La jarilla, por cierto, es una pequeña planta de flores amarillas originaria de estas Américas. San Lorenzo es, por su parte, uno de los mártires cristianos de la antigua Roma. Terminó achicharrado en la parrilla el 10 de agosto del año 258. Un nombre más que propicio para expresar sacrificio y culpa, todo lo que necesitas para vivir, aparte de amor, en este valle de lágrimas.

Te tomas un camión en la estación de Taxqueña, al sur de la ciudad, y atraviesas todo Xochimilco, el último reducto de las chinampas, las trajineras y los canales que antes cubrían todo el Valle de México, y después te adentras en la delegación de Milpa Alta. No lleves objetos de valor. El dinero escóndelo. El teléfono móvil también. Hay quienes cuentan que asaltaron el camión. Así que cada vez que sube alguien lo miras de reojo esperando que saque un cuchillo, una tranca, o te encañone con un poster de Kate del Castillo, y te pida la bolsa o la vida. Pero no. Solo se monta un payaso. El payaso más triste de todo Tenochtitlán, quien comienza a declamar los chistes más machistas que se han escuchado desde los tiempos del Virreinato a la fecha. Y como la gente, ingrata gente, hace como que no lo ve, hace como que no lo escucha, él les espeta que no es un perro, y que hay que atenderlo, lo quieras o no, porque es un buen hombre con mujer, suegra y dos hijos, que estuvo seis años en el Reclusorio por perder el Camino, y que ahora solo pretende ganarse la vida honradamente, payaseando, en este humilde camión de México.

Llegas al pueblo sobre la montaña y allá arriba hace un frío de tres pares de cojones. La gente no parece entenderlo. La gente no tiene frío. La gente hace el mercado. La gente siembra su nopal. La gente vende sus cosas y apacienta a unos perros tamaño XL que andan por todas partes: Sarnosos los unos. Relucientes los otros. Con esa felicidad tranquila que tienen los perros de pueblo, siempre luchando las sobras del almuerzo y a las perras en celo.

“Se busca a Benjamín M. Es un asesino”. Así dice un cartel colgado en la puerta de la delegación del pueblo. Y ahí aparece la cara triste de un hombre parecido al Chapo Guzmán, el Cristo Súper Star del malandraje americano. Parece mentira que alguien pueda matar y morir en un pueblo tan tranquilo, tan en calma, un pueblo con su Iglesia, su Cementerio y su Parque, todo como dios manda. Junto al cartel con el “Se Busca” hay otro bando que cita a la gente para resolver un asunto que atañe a todos. En San Lorenzo, y pese a los intentos por neoliberalizar la vida, existe aún propiedad comunal. Hay parcelas que son de todos y todos han de decidir qué se siembra y cómo repartirse el fruto del trabajo. “La defensa de la tierra es la defensa de nuestra cultura”, termina diciendo el bando, y bastaría sumergir los dedos en la arenisca para sentir los largos ciclos de las estaciones y los tiempos, los cuales se remontan al águila posada sobre el nopal con la serpiente en el pico, o quizás a los días aún más oscuros que antecedieron a la llegada de los aztecas.

Viéndolo desde esas tierras brumosas, el Valle de México ha cambiado poco en todos estos siglos. Todo es gris y ondulado, casi que prehispánico. Pero se trata de un espejismo. “Vamos a bailar la conga”, se escucha desde una bocina, “La conga de Panamá / Óyeme, mamita / Qué buena estás”. Y también, como no podía ser de otro modo, globalización mediante, te das de bruces con el Taxi de Osmani García, retumbando en medio de los cerros del nopal: “Yo la conocí en un taxi / En camino al club / Yo la conocí en un taxi / En camino al club / Me lo paro / El taxi / Me lo paro / El taxi / Me lo paro / El taxi / Me lo paro / El taxi...”.

La cultura, como San Lorenzo en su parrilla, se sigue cocinando, lo quieras o no. Y oyendo el Taxi desde lo alto de los cerros milenarios ya entiendes en carne propia lo que quiso decir el viejo Canclini cuando nos hablaba de hibridación.

2 comentarios:

  1. Querido Salvador: me encanta tu blog, siempre lo leo y me parece una mirada tan fresca de nuestra realidad, me parece que eres capaz de percibir lo complejo, lo contradictorio de nuestro mundo, en este caso, de nuestro México, Gracias por tus reflexiones y muchos saludos a ti y a Adriana.

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    1. Ernesto, gracias a ti por leerme, gracias de verdad. Un abrazo grande para ti, tu esposa y el niño. A ver cuándo nos vemos!!!

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