lunes, 22 de febrero de 2016

Fraternidad

La primera y única vez que un presidente de Estados Unidos en ejercicio visitó Cuba fue en 1928, para participar en la VI Conferencia Panamericana. Por aquel entonces Fidel Castro tenía dos años, y al Che Guevara le faltaban cinco meses para venir al mundo en su natal Argentina. Terminaban los alegres años veinte, aun había fe en el progreso y en el orden mundial representado en los hombres de levita. El mundo no había pasado por la Gran Depresión, el auge del nazifascismo y la Segunda Guerra Mundial. Stalin, mientras tanto, apenas comenzaba a consolidarse en el trono dorado de Moscú. Tampoco se conocía la penicilina, el plástico o las cremalleras. La radio iba ganando terreno como el medio de comunicación que haría historia, y Hollywood iniciaba la edad dorada del cine sonoro. La Habana se rendía ante el eclecticismo arquitectónico y la “gente bien” inauguraba los palacetes más impresionantes en el barrio de El Vedado, el cual se conectaba a la periferia urbana mediante el tranvía.

Según se cuenta, Coolidge, trigésimo presidente de los Estados Unidos (1923-1929), fue conduciendo en su carro particular hasta Cayo Hueso donde se embarcó en el barco acorazado USS Texas. Se pasó toda la noche navegando y a la mañana siguiente arribó al puerto de Carenas. Del viaje de Coolidge a Cuba no se sabe mucho más. Todavía no existía el Twitter y el señor no ofreció conferencias de prensa, su estancia se resume al discurso que pronunció en la Conferencia Panamericana. Fue, por cierto, la única visita al extranjero que el presidente realizó durante su mandato.

La visita de John Calvin Coolidge Jr. coincidió con el estreno de los jardines aledaños a un Capitolio aún a medio construir –lo inauguraría el dictador Machado un año más tarde, el 20 de mayo de 1929-. De hecho, fue debido a la celebración de la Conferencia Panamericana que se le cambió el nombre al antiguo Campo de Marte, el cual comenzó a llamarse desde entonces “Plaza de la Fraternidad Americana”. En el centro de la parcela mayor se sembró una ceiba, conocida como el Árbol de la Fraternidad Americana. Este árbol había sido sembrado originalmente en el barrio del Cerro el 20 de mayo de 1902, en homenaje a la proclamación de la República, y fue trasladado al nuevo parque el 24 de febrero de 1928, unos días después que Coolidge regresara a Washington. La planta se abonó con tierra de cada una de los 28 estados que participaron en la Conferencia Panamericana.

Ochenta y ocho años más tarde, el Air Force One de Barack Obama aterrizará en el aeropuerto José Martí, ubicado a 18 kilómetros de la capital cubana. Mucho ha cambiado el mundo desde entonces. En casi un siglo de profundos desencuentros los Estados Unidos y Cuba han estado varias veces a punto de lanzarse al cuello del adversario. La isla, a una noche de viaje en barco desde el cercano Cayo Hueso, levó anclas y tomó distancia de su vecino norteño.

La ceiba de la Fraternidad, pese a todo, continuó creciendo, fertilizada quizás por el amplio cinturón de ofrendas que le lanzan los cubanos, desde calabazas hasta centavos prietos. Fraternidad, del latín fraternitas, es decir, el afecto y el vínculo entre hermanos o entre quienes se tratan como tales; fraternidad como símbolo de que es posible hablar, reconocerse, coexistir. Obama llegará pronto a Cuba. Esperemos que la ceiba, árbol sagrado en estas tierras de cosmovisiones sincréticas, acabe de conceder a cubanos y estadunidenses el milagro, sino de la fraternidad, al menos -que no es poco- el de la convivencia civilizada y pacífica.

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