lunes, 15 de febrero de 2016

El Papa en México

La llegada de Su Santidad a la Ciudad de México me agarró en medio de una tumultera para abordar el metro. Andaba con una bolsa de compras en cada brazo, a las cuales me agarré con el desespero de un socialista que por mucho que se esfuerce en consumir nunca se acercará, ni por asomo, a la huella ecológica con la que cada habitante de este mundo se ha empeñado en machacar el planeta. Hablando de nuestra relación con el medio que nos circunda, en una ciudad con más de 20 millones de habitantes y 5 millones de autos, el equilibrio se rompe con una facilidad extraordinaria. Bastaron algunos cierres de calles a propósito de la llegada del líder mundial del catolicismo, para que la urbe recordara un tráiler de The Walking Dead.

Me escurrí como pude al interior de un metro atestado, siempre apretando mis bolsas del mercado, y encomendándome a todos los santos y las vírgenes del panteón católico para que no me robaran por segunda vez el teléfono móvil. Mientras tanto, Peña Nieto y la primera dama recibían al Papa en el aeropuerto. Si fuera cronista del corazón tendría que decir que ella lucía impecable en un traje color hueso, y él medio acartonado, pero igual de feliz, por el hecho de pasearse junto a un Papa por la alfombra roja de los recibimientos. Para adjuntarle esa nota de folclor e integración que tanto vende, ahí pusieron también a unos niñitos con trajes típicos que le dieron la bienvenida al Santo Padre; que no sé cómo se las arregló para lucir tan fresco a los 79 años, tras pasar por un vuelo trasatlántico, dos horas de concordato con el Patriarca Kiril en La Habana, y un segundo avión hasta México. Después llegaron más saludos y un largo viaje en Papamóvil, en el que Bergoglio se adentró en una ciudad que mucho ha cambiado desde los tiempos en que Hernán Cortés llegó a Tenochtitlán con las primeras cruces del catolicismo, pero que sigue adorando, con fervor latinoamericano, la cultura del espectáculo.

El Papa, pese a lo que puedan decir con justeza sus muchos críticos, se ha propuesto visibilizar con este viaje los principales estigmas de una sociedad que no acaba de encontrarse; y a cuya integración el catolicismo local, más propenso a defender los palacios que a los menesterosos, en poco ha contribuido. Ello explica que aunque México siga siendo un país mayoritariamente católico, el número de fieles disminuye constantemente, en especial en las múltiples periferias sociales, que al verse poco representadas por la Iglesia se pasan al campo protestante o ensayan cultos sincréticos, como es el caso de la veneración a la Santa Muerte. La ruta del Papa en México evidencia esa voluntad de lavar en público los trapos sucios: Ecatepec, un suburbio del Estado de México, reino del narco y la economía sumergida, con un índice espantoso de feminicidos; Chiapas, paradigma de la desigualdad, uno de los principales centros donde habita población indígena, el corazón del México profundo; Ciudad Juárez, la frontera norte donde impera la ley de la selva, la antepuerta del muro maldito, máxima expresión del fracaso del tratado de libre comercio.

El miércoles próximo regresa Bergoglio a Roma y el metro de la Ciudad de México volverá a su caótica normalidad. Esperemos que tanto revuelo, más allá de los titulares y el oropel que nos mostrará la revista Hola! de la semana entrante, haya valido la pena en aras de la transformación de una sociedad que recuerda, llaga por llaga, al Cristo humano de 33 años martirizado en la cruz, pero cuyos autoproclamados representantes en la tierra se empeñan en mostrar como un príncipe en estado de gracia. Un Cristo desgraciado y dolorido, el rostro mayoritario de un México desigual que clama por su resurrección.

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