lunes, 18 de enero de 2016

Mónaco (con wifi)

No estoy –aunque me encantaría- en el pequeño y elitista Principado de la costa del Mediterráneo, sino en un parquecito de La Habana del sur, las tierras incultas e inexploradas que se extienden más allá del Vedado y Miramar, y en la cual, contra todo pronóstico, entre baches y a golpe de metrobuses y boteros, seguimos viviendo la mayor parte de los habaneros.

Hasta allí, de algún modo, llegó el cable que hace tanto zarpó de la Guaira venezolana y arribó, meses más tarde, como si se tratara de una virgencita de la Caridad, a las costas de Cuba. El cable no nos trajo la palabra de dios, pero sí el YouTube, el Facebook y el IMO, la internacionalización del cubaneo y la posibilidad de asomarnos tímidamente a un siglo XXI signado por guerras y desgracias de todo tipo, por el calentamiento climático, pero también por la revolución cultural que significó internet.

Un muchachito menudo y tierno, como el Platero de Juan Ramón Jiménez, le arrebata el teléfono móvil a una señora gorda en tirantes, como la Bola de Cebo de Guy de Maupassant, quien contaba distraída a su hija de Hialeah los chismes de la jornada. Durante el tiempo que duró la conexión, delincuencialmente frustrada, la hija fue puesta al tanto de los precios de la libra de carne de puerco en estos días de fin de año, al tiempo que la madre vio los primeros dientes de la nieta más pequeña y el nuevo color con el cual pintaron el cuarto de la beba.

El lumpen proletario concentrado en el parque, que es bueno y solidario, y respeta los derechos de propiedad, se lanzó contra el pichón de carterista y lo entregó sano y salvo a los policías que custodian la zona desde una distancia estratégica, lo cual le permite a la gente conversar sin sentirse particularmente vigilada; y controlar también la tentación que provoca en los ladrones el despliegue, al aire libre, de computadoras portátiles, teléfonos inteligentes y tabletas, que ponen en duda nuestra condición de país subdesarrollado y maltrecho.

Mientras tanto, se me acerca otro muchacho, este sí con absoluta cara de tránsfuga, y me propone tarjetas de conexión en bolsa negra. Etecsa, uno de los mejores ejemplos de las limitaciones existenciales de la empresa estatal socialista, el sanctasanctórum sobre el cual Marino Murillo encomienda el proceso de actualización económica que emprende Cuba, vende tarjetas que te permiten la conexión a internet en puntos wifi a 2 pesos convertibles (aproximadamente 2 euros) la hora. La decisión radica entonces en conectarse una hora a internet o comprar una libra de bistec de cerdo, alimento que ha tenido en los últimos meses la cualidad dichosa de aumentar su precio al mismo ritmo con el que disminuye la cotización del barril de petróleo en el mercado mundial. El problema es que casi nunca Etecsa tiene a su haber las dichosas tarjetas. Me lo dice esa mañana, cuando intenté comprarlas, una empleada aburrida de la empresa, con la misma voluntad para comerse el mundo que una mosca en pleno invierno. Así que toca recurrir al tránsfuga del parque, quien dilecto me vende la tarjeta de conexión a 3 pesos convertibles, el equivalente a la libra de bistec de cerdo y ahora también a una libra de yuca, arroz y frijoles, la comida entera del 31 de diciembre.

La gente, como los tertulianos de los cafés parisinos del siglo XVIII, se reúne en el parque del Mónaco, en el sur de La Habana profunda, para acercarse al misterio, aun insondable, del internet. Piensa Barack Obama que la Web nos hará libres. Responde Machado Ventura que los megabytes del imperialismo no pasarán. Mientras tanto, en lo que todos se ponen de acuerdo en aquellas cosas que son buenas o no para nosotros, los cubanos del parque, bajo la lluvia, el sol y el sereno, como los pioneritos exploradores y las federadas combativas, aprovechamos el wifi para verle la cara a los parientes de medio mundo.

Nadie hace otra cosa que hablar. Nadie hace otra cosa que preguntarle al pariente el número de transferencia de la Western Union que garantizará una muy cristiana y pacífica Navidad. Más que aquella prensa ilustrada que consumían los parroquianos del Siglo de las Luces, los sans culottes del Mónaco se quedan con la literatura de cordel. Muchísima video conferencia, algo de chateo y lo demás se va en el Facebook, una red social para encontrarnos a todos, para atraernos a todos y atarnos (bien fuerte) en las tinieblas. Al menos eso nos dijo hace un tiempo Edward Snowden.

Clima complicado el de estas islas, que del sol aplastante, sin mucho anuncio, se pasa al aguacero tropical. La gente se apresura a recoger sus pertenencias. Las pantallas se cierran. Despedidas. El picnic termina. Como Mónaco, esta vez sí el Principado de los Grimaldi, los habaneros somos habitantes de otro Mediterráneo, mar entre tierras, mar Caribe que une y a la vez separa. Como el internet del parque del Mónaco, que gracias a él el Domo que nos circunda se hace más precario e insustancial. Nunca los cubanos de ambos lados del Estrecho hemos estado tan cerca y a la vez tan lejos. Cosas del internet.

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