lunes, 25 de enero de 2016

La verdad revelada

La Verdad (Gian Lorenzo Bernini, 1645)
Dice Carlos Marx que el Estado, tal y como lo conocemos, es un hato de explotadores defendiendo sus intereses; que el Estado es por tanto una institución clasista que ejerce fuerza y consenso, garrote y zanahoria, sobre la sociedad en su conjunto. Las revoluciones enterrarían al Estado, pero mientras se hacían los funerales, se paseaba en carroza al muerto y se le lloraba un poco, un nuevo orden institucional ejercería su fuerza libertaria sobre la burguesía vencida.

Lo que no previó Marx, ni pensó nadie, es que los funerales de la modernidad-mundo serían más largos y fastuosos que los de la Mamá Grande; y que ese Estado otro tendría que generar en su interior mecanismos de fiscalización y control, de construcción colectiva del consenso; porque para llegar, si es que se llegaba, a esa felicidad suprema, completa y grandiosa, que auguraban los libros de texto y los carteles del realismo socialista, faltaban aun siglos de accionar humano en los que nadie, absolutamente nadie, haría las cosas de un modo perfecto.

Marx, como todos nosotros, es heredero de la modernidad cristiana. Una edad donde la Razón y la Ciencia, como antes lo hizo el báculo de San Pedro, se han encargado de predicar la Buena Nueva. La política moderna es el arte de la predicación, de trasmitirle al vulgo, del mejor modo posible, lo que desde arriba se asume como correcto, de revelarles a todos la Verdad. Un buen político es un buen predicador, es un buen trasmisor de ideas, es un buen evangelista. Un buen ciudadano es, en teoría, un tipo que escucha y obedece; o mejor, que entrega su responsabilidad individual y colectiva al San Juan Bautista de turno, mientras se dedica a luchar por la supervivencia, porque ya se tiene bastante con pagar la renta y llegar a fin de mes, como para estarse preocupando por lo que hacen los políticos con el presupuesto.

La gente está tan entretenida en luchar por la vida que no le alcanza el tiempo para existir realmente. Y a veces, simplemente, cuando les llega el turno de expresarse, de decir lo que sienten, los siglos de silencio atrofiaron del todo su capacidad comunicativa. Y no hay nada que decir. Y no hay nada que hacer. Parecería que todo está dicho, cuando en realidad no se ha tomado aún la palabra. Parecería que con el silencio se aprueba, cuando el silencio es en sí la mayor derrota posible, el triunfo de la inacción, el triunfo del granito por sobre la vida, de la fe sobre la capacidad crítica.

Pero ni la política es andar predicando ni el ejercicio pleno de la ciudadanía es pasársela empujando un carro bajo la voz de mando del cochero. El cambio social, sea este el que sea, no está contenido en un manifiesto que pueda llevarse bajo el brazo, de puerta en puerta, como hacen los Testigos de Jehová. No se trata de convertir a nadie. De revelarle a nadie que las cosas pueden ser y hacerse de otro modo. Preguntarle a la gente. Preguntar y volver a hacerlo. Y, sobre todo, no tenerle miedo a lo que cada cual pueda responder.

No hay comentarios:

Publicar un comentario