lunes, 7 de noviembre de 2016

Donald Trump

Hace apenas unos siglos, el hecho de que llegara a Roma un Papa loco, al Cuzco un Inca sanguinario, o a Estambul un Turco con delirio de grandeza, cambiaba un poco la configuración geopolítica del trozo de planeta a donde perteneciera el Atila de turno, se peleaba alguna guerra, y después todo el mundo a lo suyo. Pero ya no. La Tierra se ha vuelto verdaderamente global y las armas tienen ahora la infinita capacidad de freírnos en masa.

Mañana martes la humanidad se enfrenta al dilema de elegir como presidente de los Estados Unidos a Donald Trump, un viejo millonario, mecenas del cabaret, con más de Borgia que de Lorenzo el Magnífico. El presi de turno nos gobernará a todos, pero todos no lo elegiremos. Sólo pueden hacerlo, en representación de los habitantes de la aldea-mundo, aquellos que ostenten la ciudadanía de las barras y las estrellas.

Trump es producto de un sistema en crisis. Trump le habla a una América profunda que añora aquella vida de postal feliz que tuvieron los americanos blancos, rubios y protestantes en los años dorados de la segunda posguerra, cuando la Pax Americana llegaba desde Alaska hasta Vladivostok, y desde el Cabo de Hornos hasta Australia. Trump le habla también a aquellos que añoran los años de Ronald Reagan, cuando Estados Unidos estaba a punto de ganarse el premio mayor de la Guerra Fría y el Telón de Acero caía muerto de hastío.

Trump le está diciendo a esos americanos lo que desean desesperadamente escuchar: que el calentamiento climático es un invento del gobierno chino, que los empleos se los roba una recua de mexicanos malnacidos, que América puede ser grande otra vez si se concentra en sí misma, si vuelve a ser la tierra de granjeros y pequeños propietarios con las que soñaba Benjamin Franklin. Trump nunca se reconoce parte de un sistema que exige a gritos su refundación, un sistema que está ahora encontrando soluciones fascistas a sus propios dilemas, que está imponiendo la fuerza a la negociación en los modos de construir el consenso. Si gana Trump, tendremos rápidamente enemigos a los cuales combatir, conspiraciones que denunciar, crímenes absolutos que castigar, “enemigos de América” a los cuales cocinar en infinitas hogueras. Y después pasará lo de siempre: todas aquellas promesas incumplibles se diluirán en la niebla.

El mundo, no solo los Estados Unidos, claro que se merecen un cambio, pero un cambio de verdad, un cambio de civilización. Lo que no nos merecemos es más circo. Por dios. No más.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Socialismo real y medios de comunicación

Hace unos meses, el periodista francés Sébastien Madau, redactor de La Marseillaise, tuvo la amabilidad de enviarme un largo cuestionario, en el que entre otros temas hablamos de la prensa y el socialismo. Aprovecho y comparto algunos breves fragmentos de esa entrevista.

lunes, 15 de agosto de 2016

Los muertos

Escuché en una película mexicana decir que el pasado son todos nuestros muertos. Así de fuerte y así de profundo. A uno de los personajes se le interroga por qué no cambiaba de vida, por qué no escapaba de una realidad dura, cruel, inhumana, por qué no cruzaba la pinche frontera. El hombre se toma su tiempo y responde que ahí, en ese rancho de mala muerte, estaban enterrados sus muertos, y que uno no se puede ir ahí no más, porque sí, olvidando lo que se deja atrás.

Aunque en lo personal soy más de Hernán Cortés que de Moctezuma, o lo que es lo mismo, disfruto más del fuego que se levanta al quemar uno las naves, que del calor (y las sudoraciones) que se desprenden del hogar de los ancestros, no dejo de pensar en los muertos (personales y colectivos) que me acompañan en esta feliz travesía que es la vida.

Cargar con tus muertos te hará quizás más sabio, y además, que no es poco, con toda seguridad te permite estar menos solo. Recuerdas en qué se equivocaron ellos, e intentas en la medida de lo posible no volver a meter la pata. Haces tuyos sus triunfos y completas los sueños para los cuales a ellos no les alcanzó el tiempo. Los muertos también te acompañan, los muertos son tu memoria prolongada, los compañeros que dejaste atrás en la aventura de la supervivencia, y que ahora te toman del brazo, cuesta arriba y cuesta abajo, por los caminos de la vida.

A veces la memoria se quiebra y las genealogías terminan desencontrándose, pobres de aquellos que olvidaron a sus primeros padres y están condenados a empezar de cero. En otros casos, los vivos se encargan de barrer un pasado que no les conviene, y construirse una historia donde solo caben algunos difuntos, los que interesan al presente de turno.

De todos modos, quiérase o no, somos un coctel de genes y por nuestras venas corre una combinación retorcida de parientes que se remontan al hombre (y a la mujer) de las cavernas, y que pasa por doscientas generaciones de aldeanos desdentados, hasta llegar a eso que eres tú, un muerto en camino a serlo, cuya máxima aspiración es, en definitiva, aparte de sembrar el árbol y luchar por la paz mundial, dejar lo tuyo, semen mediante, a la próxima generación de humanos; y así por los siglos de los siglos, hasta que nos lo permita el calentamiento climático y la inmensa bobería de esta especie humana de muertos compartidos, ya sean Adán y Eva, o la vagina y el pene de la primera mujer y el primer hombre del continente africano.

lunes, 8 de agosto de 2016

Río de Janeiro, una vez más


La inauguración de los juegos olímpicos de Río de Janeiro dejó en evidencia una de las mayores calamidades de nuestra patria latinoamericana: la anemia congénita de sus instituciones, el no poder deslindar entre lo que de veras trasciende y aquellos hechos circunstanciales que dependen de los vaivenes de la política. El subdesarrollo, decía el escritor cubano Edmundo Desnoes, es precisamente la incapacidad estructural para acumular experiencias.

Brasil merecía algo mejor que esos diez segundos de un temeroso y abucheado Michel Temer inaugurando los primeros juegos de Suramérica. Los de Río eran los juegos de Dilma Rousseff. Me habría encantado ver a una mandataria latinoamericana, sobreviviente de la cárcel y del cáncer, diciéndole al mundo que en este continente machista y blanco puede gobernar con éxito una mujer; y junto a Dilma la ocasión merecía que estuviesen presentes los jefes de Estado de toda nuestra región, desde México hasta Argentina, pasando por las islas del Caribe. En definitiva, estos eran también nuestros juegos olímpicos, los juegos de un continente que hace unos años parecía comenzar a situarse en el escenario global.

Pero prevaleció la política barata y oportunista. Dilma fue alejada del poder mediante una intriga palaciega (los hechos de corrupción que se le atribuyen a su partido, hasta donde se sepa, no afectan directamente a la mandataria) y América Latina vuelve a otro de sus frecuentes ciclos pendulares.

En lo único que se han puesto de acuerdo la izquierda y la derecha latinoamericana es que ambas tienen una visión borbónica del Estado. Para Tirios y Troyanos se trata de un gueto propio, de una estructura encargada de refrendar los derechos de un grupo sobre el resto de la sociedad. De ahí que cada giro político vaya acompañado de un profundo ajuste de cuentas, de la destrucción sistemática del pasado reciente, de la “desinfección” de instituciones que deberían, al menos en teoría, ser inmunes a los bandazos presidenciales, como es el caso de los tribunales de justicia, las contralorías y los medios de comunicación.

Pero no. No hay altura de miras. No hay una concepción estratégica de la política. Prevalecen los caciques y el chusmero, la miopía política; y mientras tanto, se aleja cada vez más el sueño de nuestros padres fundadores de un continente integrado, con todos y para todos, que garantice a sus ciudadanos la mayor suma de felicidad posible.

lunes, 1 de agosto de 2016

La cantaleta

No importaba que la URSS hubiese fenecido una década antes, en aquella escuela desempolvaron viejas banderas rojas, abrillantaron unos fusiles AKM de juguete hechos con calamina, y montaron una coreografía donde campesinos, obreros e intelectuales avanzaban marchando hacia un horizonte que debía de ser muy profundo y luminoso, al menos si uno se guiaba por la expresión, sonriente y a la vez “esclarecida”, que los estudiantes-actores debían lograr sobre la escena.

Se vivían los últimos estertores del realismo socialista a gran escala, aunque la consagración del kitsch y el patrioterismo de telenovela no había sido sólo un invento soviético, sino la readaptación de prácticas populacheras que se remontaban cuanto menos a los iconos ortodoxos rusos, y a los santos y las estampillas católicas, hasta llegar a las flores plásticas y los tapeticos bordados con los que adornar la mesa del televisor.

Aquella actividad en honor al natalicio de Vladimir I. Lenin, realizada en medio de la crisis económica y espiritual más espantosa que había sufrido el país en todo un siglo, dejaba un dulce sabor en los corazones de los profesores de marxismo-leninismo que organizaron el acto; docentes cuyo salario había alcanzado para vivir con dignidad en tiempos de vacas gordas y que ahora, bicicleta en mano, no lograba recomponer la cuadratura del círculo, por más que se invocase una y otra vez aquello de a cada cual según su trabajo, a cada quien según su capacidad.

Aquellas banderas color sangre, aquellas poesía de rima consonante y adjetivos frondosos, tranquilizaba también a los más veteranos miembros del consejo de dirección, que seguían -diez años después- esperando una orientación del Ministerio para cambiar en sus mentes los viejos atlas geográficos, donde aún se representaba entera la Yugoslavia del mariscal Tito, así como la unión indestructible entre checos y eslovacos, y por supuesto el inmenso manchón de tinta roja que era la Unión Soviética.

Lo que podía haber sido una cantata en honor a Lenin, una composición barroca y multitonal como ha de ser toda buena historia, en la que intervendrían múltiples solistas, actores-interpretantes que sacasen las luces y las sombras de aquel inmenso experimento de mundo mejor y posible que fue la URSS, terminaba así en la más soporífera de las cantaletas, una repetición molesta al oído, pero repleta de tranquilos y complacientes lugares comunes; y el más común de entre todos, la reconfortante sensación de que la historia, cansada de tanto andar, se había detenido, que todo estaba en calma hasta nuevo aviso, a la espera de tiempos mejores, quizás para siempre.

lunes, 25 de julio de 2016

Vida

De poder, le daría al joven Werther de Goethe una patada en los huevos. Me cuesta mucho tolerar eso de que la gente se pase el día en un jardín deshojando margaritas entre suspiro y suspiro. Y de contra suicidarte. Hermano, por muy noble y alemán que seas, lúchala. Porque la vida, ese brevísimo pestañazo entre el limbo y la negra noche, merece intensidad, darle con todo; de lo contrario es un desperdicio.

Releo una carta que el poeta y trovador Silvio Rodríguez, un jovencísimo Silvio de apenas 23 años, le escribió al fundador del Instituto Cubano de Cine, Alfredo Guevara. El autor de “Ojala” y “Óleo de una mujer con sombrero”, el buscador de unicornios, se encontraba pasando una larga temporada a bordo de una embarcación de la flota pesquera cubana. En la misiva, fechada el 3 de noviembre de 1969, Silvio le cuenta a Alfredo:

“Aparte de vivir, vivir a los cuatro puntos cardinales, con todo rigor, con toda intensidad, con toda energía, tengo algunos modestos frutos palpables de la navegación y la aventura. Pudiera decir que, hasta la fecha -faltan 4 días para dos meses- hay 28 canciones y 63 poemas, que hacen un libro, ya estructurado. Tres cuentos también. Pero lo más importante son mis ojos, que los siento más abiertos y seguros de lo que ven, aunque como es de presumir, con su correspondiente dosis de vejez agregada”.

Abrir los ojos y llenarlos de luz, como dice Silvio, quizás sea la mejor imagen que describe el acto de vivir a plenitud. De la luz a la iluminación, y de la iluminación a la gracia, al convencimiento de que es posible de algún modo elevarse por sobre la reproductividad del diario existir; que uno también tiene en sus manos la capacidad de romper cadenas y salir de la cueva de Platón a que te bañe el sol de la mañana.

Al que aprovecha la vida le preocupa el tiempo, el tiempo vital, los días que se escurren. Recuerdo una carta del cineasta cubano Tomás Gutiérrez Alea, fechada el 15 de septiembre de 1964. Titón, quien cuatro años más tarde se consagraría con el filme Memorias del subdesarrollo, tenía entonces 35 años y ya una conciencia clara de la finitud de la existencia, y en consecuencia de la necesidad de hacer, de decir, de crear:

“Trabajo bastante”, apunta Titón, “preparo argumentos para el año próximo. Es una carrera con el tiempo. Una vez me dijeron que cuando uno cumplía 30 años, el tiempo empezaba a correr más rápidamente. Y es verdad (…) Por otra parte, tengo muy claro lo que se llama ‘presencia de muerte’, una sensación de provisionalidad, de estar aquí por un tiempo ya muy corto y de no estar preparado para irme, de no haber completado mi vida”.

La vida se completa creando. Y aunque para algunos resulte disquisición estéril, la vida se completa creando belleza en libertad, arte pleno, intentando la consecución de un mundo milimétricamente mejor que el que recibimos de nuestros padres. Y para eso, hermano, para eso hay que joderse, para eso hay que luchar, algo que al parecer nunca entendió el buenísimo para nada joven Werther.

lunes, 18 de julio de 2016

La educación

El filósofo Bertrand Rusell decía que el propósito de la educación era enseñar a cada uno de nosotros a defendernos contra las “seducciones de la elocuencia”. Nada más complicado entonces que educar, sobre todo en un mundo donde los libros de texto son biblias laicas, y donde cada ideal se recubre de sucesivas capas de pintura ideológica, resistente a todo ejercicio de crítica intelectual, a toda racionalización, a todo distanciamiento; y al final terminan como manchas de humedad en la pared, como costras que nadie arranca por temor a verse acusados de herejía.

Las escuelas tradicionales son las mejores vendedoras del Estado absoluto hegeliano, del Fin de la Historia, de ese Olimpo a donde hemos llegado y desde el cual nos corresponde, querámoslo o no, ver completico el valle de Canaán. No importa que aun la mayor parte del pueblo elegido (a todos los pueblos los elige alguien) se encuentre en el camino, y que otra buena parte se haya ahogado en las aguas del Mar Rojo. Llegamos y vencimos. Celebremos todo. Y el que no brinque, ay, el que no brinque es tonto, y los tontos se reprueban.

También en las escuelas aprendemos el agradecimiento, y mientras más utilitariamente se agradezca pues mucho mejor. Recordemos en apretado cuadro que el agradecimiento traerá siempre nuevos beneficios. Y al menos aquí, en este occidente culturalmente desdibujado en el que vivimos, agradezcamos bien fuerte a todos los héroes patrios, desde Caupolicán hasta el último tribuno, por darnos bandera y libertad, por sacarnos de la esclavitud y de la tiranía. Y a cantar el himno y a agitar banderas en ese tedeum al seudocivismo que se oficia en cada matutino.

Supongo que si las escuelas, los maestros, las monjitas, los medios de comunicación, los trabajadores sociales, los oradores de barricadas, la familia, los comisarios de la cultura, los políticos del noticiero de televisión y una larga recua de patentadores del entusiasmo colectivo se preocuparan realmente por propiciar una buena educación, libertaria y descolonizada, los Estados perderían el mal cemento que los une, y terminaríamos todos en una suerte de nihilismo hippie.

Pero quizás no. Quizás, contra todo pronóstico, enseñar a la gente a pensar con cabeza propia, a desconfiar de las certezas, de las genealogías, las haría realmente libres. Libres de todo cuento. Libres de toda bobería. Libres de toda repetición de fechas y nombres de muertos. Libres de tanta historia encartonada. Libres, claro que sí, de esa elocuencia empobrecedora de la que hablaba Rusell.

lunes, 11 de julio de 2016

Cuba

Hace unos días escuché al trovador Frank Delgado desde la profundidad de la Colonia Roma, en la Ciudad de México, y me imaginé de aquí a treinta años, quizás vestido con una guayabera súper chea, y con los ojos aguados porque alguien me habló de Cuba. Mis ancestros tenían que haber emigrado a Tombuctú y no a La Habana. Tombuctú quizás doliera menos, Tombuctú quizás fuese un lugar más concreto con el que soñar y no esa idea, cada vez más idea, que es la Cuba de todos mis sueños.

Desgraciadamente mi tiempo biológico, sin lugar a dudas breve como toda vida humana, no coincide con la temporalidad nacional. Tengo apenas treinta y tres en una nación que ha llegado a la senectud sin sentir aun lo que es la gracia, ese estado de madurez en el que surgen filósofos y poetas, y no mulos y remeros, donde la gente se sienta en un café a desentrañar el misterio de la vida; y no se desentiende de todo, bajo la estridencia adormecedora del reguetonero de turno: mi reino por un culo en movimiento; mi reino por un visado.

A Cuba la sigo buscando por todas partes, la busco más allá del nacionalismo estúpido, del complejo absoluto de aldeano vanidoso; y sobre todo de esas historias-genealogías basadas en la lucha de contrarios, que de ser parteras de la historia, se convierten en el ancla que justifica el hecho de que todo tiempo futuro, que toda posibilidad superadora, habrá de ser exactamente igual, o incluso peor que la circunstancia presente.

Seguimos chapoteando en nuestra peculiar prehistoria, la tragedia de un pueblo novísimo que no acaba de encontrarse, que comenzó hace siglos su particular camino hasta la tierra prometida, pero que de tanto andar se cansó de profetas y de reinos de ensueño bañados de leche y miel. Al final seguimos siendo los mismos viejos piratas, los mismos marranos malnacidos, buscadores de fortuna e hijos de la gran puta, los mismos subnormales que zarpamos de España en las naos del Almirante, creyendo que el mundo era un huevo que cabía en la palma de la mano, desconfiando de la modernidad, más amantes del Quijote que de Alonso Quijano, sin acabar de entender, en nuestra suprema ignorancia, que el objetivo no era arribar a las costas de una isla que llamamos Fernandina y después Cuba, sino encontrar allí, de algún modo, nuestra propia y sincera felicidad.

Por eso cuando escuché a Frank Delgado me trasladé a los tiempos en que marxistamente me creí un protagonista activo de la Historia, aquí en mayúscula, y no un humilde, humildísimo peón de ajedrez en una partida eterna que desde hace siglos quedó en tablas, sin que acabe de llegar al fin la orientación de que los contrincantes deben intercambiar las fichas y darle de una vez agua al dominó.

Me da igual. Soy feliz propietario de una idea feliz de Cuba. No necesito del olor de un tabaco, ni de un altar yoruba para sentirme y ser más cubano que el más alto de los tribunos defensores de la patria. La patria anda conmigo. Enterita: Café con leche. Luz solar. Humedad. Y todos mis muertos. Mármol por mármol y tumba por tumba. Y José Martí y las flores del framboyán. Y el viento habanero meciéndose entre las arecas. Y la relatividad de los inviernos. Y la relatividad, aún más relativa, de los políticos y de las consignas. La Cuba ilustrada, no la Cuba desesperanzada y reguetonera. Cuba de barrio, libro y playa, la Cuba de mí mismo de frente al mar. Y en paz.

lunes, 4 de abril de 2016

Adolescente

Cometí el error de terminar el domingo oyendo a Bon Jovi, como en el pre, en la vieja Escuela Lenin, tanto tiempo hace ya; y el compañero Jovi me lleva irremediablemente a pensar en las cosas de mi vida, que son tantas, algunas buenas, otras mejores, pero todas absolutamente inciertas. Estoy regresando a las ambivalencias del adolescente. Y a los 33 años sentirse adolescente, adolecer, no deja de tener su encanto. Es como deshojar margaritas en una tarde habanera de frente frío, solo que ya en Cuba casi nunca bajan los termómetros y las margaritas, si es que existen, a mí se me pierden en un mar de escoba amarga y romerillo.

Ser adolescente es vivir en una crisis de indeterminación. Estar pero no ser. Ser pero no estar. Sentirte permanentemente desacomodado: Ni niño ni adulto. Y esta adolescencia me hace extrañar a Cuba con mis dos cojones. Extrañarla de veras. Y lo más jodido es que el país que añoro no existe en lo absoluto. El país que extraño es un invento. Posiblemente nunca ha existido. La república de todos mis sueños aún no nace, aunque estoy convencido de que algún día existirá. Posiblemente no la vean mis hijos, tampoco mis nietos, pero está en mi corazón en cuanto a su posibilidad. Una república con todos, con todos, y para el bien, para la felicidad, de todos.

¿Cómo cocinar un ajiaco con negros y blancos, mulatos más y mulatos menos, occidentales, mayamenses y orientales, defensores de la planificación socialista y de la libre empresa, depredadores neoliberales y militantes de Green Peace, anexionistas e independentistas de todos los colores, y los gays y los heterosexuales, y los gladiolos y las mariposas, y los barrios y las comunidades perdidas junto a los rascacielos del Vedado, y los dueños de paladares junto a los obreros de la Antillana de Acero, y los espiritistas y las federadas, y los abakuás y los católicos...?

Se me va el aire de pensar en ello y me pongo a boquear como un pez recién capturado. Echémosle la culpa a la contaminación de la Ciudad de México. Mejor echarle la culpa a la contaminación, que me pone a pensar boberías, y no a los rigores del tiempo presente, a las interpretaciones de la historia, que algunos niegan y olvidan, y otros hacen de ella la mejor justificación para eternizar el presente.

Ni memoria ni olvido. Ni pasar página así porque sí, pero tampoco quedarse la vida entera en este tomo de anexos en el que andamos metidos desde que se acabó la Unión Soviética. ¿No sienten ganas de ver qué hay más allá? ¿Y si es una hoja en blanco? A mí al menos me entra la tentación de arrebatarle el lápiz al Balzac de turno y ponerme a escribir yo mismo sin que nadie me esté dictando. Llevo toda una infancia tomando el dictado. Y quiero crecer. Supéralo, hermano, supera esa vocación de lector de tabaquería. Piensa mejor en un coro sin solistas: quiero que la historia la escribamos todos. Pero no me hagan caso. Son cosas del domingo y de Bon Jovi, son tan solo dramas de adolescente.

lunes, 29 de febrero de 2016

Bombillos


Un 24 de diciembre, hace aproximadamente diez años, estuve en un pueblito de las afueras de La Habana cambiando bombillos incandescentes por ahorradores. Ese día, bien temprano en la mañana, nos reunieron a un centenar de jóvenes estudiantes universitarios en el patio de una escuela local para explicarnos en qué consistiría nuestra tarea.

Un joven dirigente estudiantil, con el entusiasmo de Lenin y la verborrea de Mayakovski, nos explicó la importancia de la actividad: un bombillo ahorrador chino, digno representante de las potencias emergentes del tercer mundo, consumía ocho veces menos que un bombillo tradicional incandescente norteamericano o soviético, los dos viejos y decadentes imperios del siglo XX. Con nuestro aporte estábamos contribuyendo al ahorro en el país. Además, con tanto gasto energético crecía más el agujero de la capa de ozono y aumentaba el calentamiento global. A este paso nos freíamos todos. La humanidad estaba al borde del colapso y nos tocaba a nosotros salvarla.

El orador era un muchacho elocuente. No debía tener más de veinticinco años pero lucía mucho mayor con sus gafas de intelectual y su pelo alborotado. Llegó al matutino medio sudado, como si antes hubiese corrido en una media maratón, o pronunciado arengas en diez actos más de este tipo. Era al parecer una persona sumamente ocupada. No más llegar, pidió que se activara en la escuela un puesto de mando y que se elaboraran partes cada tres horas sobre la actividad que íbamos a hacer. El país confiaba en nosotros, enfatizó. Era esta una tarea de sumo impacto.

Nos repartieron a cada uno una mochila llena de bombillos nuevos, una mochila gigante de esas que usan los alpinistas.

-¡Abajo el Incandescente!-, gritó el pequeño comisario al final de su discurso.

-¡Abajo!- respondimos nosotros.

-¡Qué viva el Ahorrador!-, gritó él nuevamente.

-¡Qué viva!-, concluimos nosotros.

Y arranqué con mi mochila azul, color de mar, a recorrer las calles polvorientas del pueblito. Como si fuera un Testigo de Jehová, fui tocando de puerta en puerta. Traía conmigo la buena nueva: traía bombillos. Señor, señora. Compañero, compañera. Que vengo a cambiarle sus bombillos incandescentes. Que así se ahorrará no sé cuántos kilowatts la hora, y no sé cuántos barriles de petróleo le ahorrará al país, que subsidia el precio de la energía. Que el barril de petróleo está muy caro. Que el país es pobre. No. No estoy repartiendo motores de agua ni ollas eléctricas para hacer arroz. Lamento que haya que cambiarle la junta a su refrigerador, pero hoy no es el día. Solo cambio bombillos. Cambio bombillos nuevos por bombillos viejos. Me tiene que entregar el viejo, me lo tengo que llevar para destruirlo. Cada bombillo incandescente debe ser destruido. Esa es la consigna. Que no. Que no lo frotaré. De los bombillos incandescentes no salen genios como de las lámparas viejas. Que no. Que tampoco estoy aquí para conceder milagros. Me encantaría hacerlo, pero no es posible. No, señora, las luces del árbol de Navidad no cuentan. Aproveche que hoy es Nochebuena y las enciende. Yo que sé cuánto gastan las luces de un árbol de Navidad pero siempre valdrá la pena.

Al concluir la jornada regresé al “puesto de mando” con mi mochila llena de bombillos incandescentes. En el centro de la plaza de formación habían puesto una lona inmensa. De las mochilas azules, color del mar, fuimos sacando los viejos bombillos americanos y soviéticos, la antigua creación de Edison que fenecía ante la nueva tecnología china.

Fuimos lanzando los bombillos contra la lona. Al chocar contra el suelo los bombillos estallaban. Partículas de fino cristal, ligamentos partidos, puré de vidrio y polvo. Mientras tanto, comenzaba la Nochebuena.

lunes, 22 de febrero de 2016

Fraternidad

La primera y única vez que un presidente de Estados Unidos en ejercicio visitó Cuba fue en 1928, para participar en la VI Conferencia Panamericana. Por aquel entonces Fidel Castro tenía dos años, y al Che Guevara le faltaban cinco meses para venir al mundo en su natal Argentina. Terminaban los alegres años veinte, aun había fe en el progreso y en el orden mundial representado en los hombres de levita. El mundo no había pasado por la Gran Depresión, el auge del nazifascismo y la Segunda Guerra Mundial. Stalin, mientras tanto, apenas comenzaba a consolidarse en el trono dorado de Moscú. Tampoco se conocía la penicilina, el plástico o las cremalleras. La radio iba ganando terreno como el medio de comunicación que haría historia, y Hollywood iniciaba la edad dorada del cine sonoro. La Habana se rendía ante el eclecticismo arquitectónico y la “gente bien” inauguraba los palacetes más impresionantes en el barrio de El Vedado, el cual se conectaba a la periferia urbana mediante el tranvía.

Según se cuenta, Coolidge, trigésimo presidente de los Estados Unidos (1923-1929), fue conduciendo en su carro particular hasta Cayo Hueso donde se embarcó en el barco acorazado USS Texas. Se pasó toda la noche navegando y a la mañana siguiente arribó al puerto de Carenas. Del viaje de Coolidge a Cuba no se sabe mucho más. Todavía no existía el Twitter y el señor no ofreció conferencias de prensa, su estancia se resume al discurso que pronunció en la Conferencia Panamericana. Fue, por cierto, la única visita al extranjero que el presidente realizó durante su mandato.

La visita de John Calvin Coolidge Jr. coincidió con el estreno de los jardines aledaños a un Capitolio aún a medio construir –lo inauguraría el dictador Machado un año más tarde, el 20 de mayo de 1929-. De hecho, fue debido a la celebración de la Conferencia Panamericana que se le cambió el nombre al antiguo Campo de Marte, el cual comenzó a llamarse desde entonces “Plaza de la Fraternidad Americana”. En el centro de la parcela mayor se sembró una ceiba, conocida como el Árbol de la Fraternidad Americana. Este árbol había sido sembrado originalmente en el barrio del Cerro el 20 de mayo de 1902, en homenaje a la proclamación de la República, y fue trasladado al nuevo parque el 24 de febrero de 1928, unos días después que Coolidge regresara a Washington. La planta se abonó con tierra de cada una de los 28 estados que participaron en la Conferencia Panamericana.

Ochenta y ocho años más tarde, el Air Force One de Barack Obama aterrizará en el aeropuerto José Martí, ubicado a 18 kilómetros de la capital cubana. Mucho ha cambiado el mundo desde entonces. En casi un siglo de profundos desencuentros los Estados Unidos y Cuba han estado varias veces a punto de lanzarse al cuello del adversario. La isla, a una noche de viaje en barco desde el cercano Cayo Hueso, levó anclas y tomó distancia de su vecino norteño.

La ceiba de la Fraternidad, pese a todo, continuó creciendo, fertilizada quizás por el amplio cinturón de ofrendas que le lanzan los cubanos, desde calabazas hasta centavos prietos. Fraternidad, del latín fraternitas, es decir, el afecto y el vínculo entre hermanos o entre quienes se tratan como tales; fraternidad como símbolo de que es posible hablar, reconocerse, coexistir. Obama llegará pronto a Cuba. Esperemos que la ceiba, árbol sagrado en estas tierras de cosmovisiones sincréticas, acabe de conceder a cubanos y estadunidenses el milagro, sino de la fraternidad, al menos -que no es poco- el de la convivencia civilizada y pacífica.

jueves, 18 de febrero de 2016

La prensa cubana en la República


Texto de presentación de la antología Periodistas cubanos de la República. Compilado por Ivet González, Aline Marie Rodríguez y Salvador Salazar. La Habana: Ediciones Temas, 2016, pp. 16-28.

La República: «ni angélica ni diabólica; humana»
Monseñor Carlos Manuel de Céspedes (1936-2014)

Solo mencionar su nombre implica detenerse en aclaraciones… La llamada República (I) es, sin dudas, una época compleja de la historia cubana: no solo por lo que fue, sino por los tabúes y velos de silencio que la siguen cubriendo hasta hoy. Los acontecimientos, avances y retrocesos en el desarrollo nacional que marcaron el período de 1902 a 1958 desbordan este y muchos libros.

Las cinco décadas de andar republicano, en el ámbito particular de la prensa, recogen momentos clave como el nacimiento del periódico moderno, la radio y la televisión, que tuvieron un desarrollo amplísimo en el país y en todo el territorio de Latinoamérica y el Caribe. Sucedió entonces el despegue y la expansión de todo un sistema de prensa que, con sus limitaciones y exclusiones, acogió a los más diversos signos políticos de la época, ya fueran conservadores a ultranza o de una vanguardia manifiesta.

Así lo confirman las aún insuficientes investigaciones que han requisado la prensa durante esta etapa tan llena de claroscuros, y que de manera general demanda nuevas miradas que la rescaten del olvido. Como afirma el historiador Eusebio Leal,

toda la historia republicana es muy importante para su estudio; porque se corre el riesgo siempre de simplificaciones, de reducciones muy mecánicas, en las cuales falta la capacidad de investigar situaciones concretas nacionales e internacionales, el papel de las grandes personalidades en la historia de Cuba, el de las vanguardias políticas y culturales que fueron tan importantes y que borran por completo la imagen del proceso republicano como desierto de virtudes (Leal, 2001).

Entre las grandes personalidades y vanguardias políticas y culturales que menciona Leal, urge rescatar a figuras que dedicaron su oficio a la noticia dentro del escenario sumamente complejo de un país que ganó una guerra de independencia contra la metrópoli española y dio sus primeros pasos como República incompleta e intervenida por los Estados Unidos.

El periodismo moderno cubano surgió en el contexto de una República caracterizada por la profunda desigualdad entre clases y grupos sociales, lo que explica la paulatina configuración de sistemas comunicativos pensados en varios tiempos. Es decir, si bien una amplia mayoría iletrada establecía mecanismos informativos basados en la oralidad y la comunicación asamblearia, se irán estableciendo también espacios de ejercicio de una opinión pública letrada entre diversos componentes de la clase media urbana, así como de la alta burguesía (II). Ello explica que Cuba desarrollara durante ese período un sistema de medios de comunicación de entre los más avanzados dentro del entorno latinoamericano, limitado a regiones geográficas y grupos sociales privilegiados.

Dentro de este contexto peculiar, el periodista e investigador cubano Julio García Luis señala la presencia «de una tradición de notables figuras, a la vez del pensamiento y del periodismo, polemistas y críticos brillantes que marcaron pautas intelectuales y éticas» (2004). Grandes plumas que enriquecieron la práctica periodística durante la República y dejaron un legado invaluable, muchas veces desconocido para Cuba y el resto del continente.

Este libro intenta ser un homenaje a todas las personas que en este país han apostado al viejo y a veces incomprendido oficio de contar el día a día. Recoge la obra de autores y autoras que hasta el momento no había sido compilada ni divulgada por editoriales locales ni internacionales. Además, se intentó que estuviera representada una variedad de temas, géneros y estilos abordados durante el período, así como el equilibrio en las voces de hombres, mujeres, personas afrodescendientes y de distintas procedencias.

El conjunto de firmas aquí recopiladas muestra la diversidad de pensamientos y luchas sociales de la época, como la inclusión racial, el feminismo y el sindicalismo. Intenta ponderar el trabajo reporteril de periodistas, que tal vez no tuvieron un estilo trasgresor, pero se encumbraron por el ejercicio constante, rápido y oportuno en la información de actualidad, así como a la hora de descubrir zonas ocultas de la sociedad de entonces.

lunes, 15 de febrero de 2016

El Papa en México

La llegada de Su Santidad a la Ciudad de México me agarró en medio de una tumultera para abordar el metro. Andaba con una bolsa de compras en cada brazo, a las cuales me agarré con el desespero de un socialista que por mucho que se esfuerce en consumir nunca se acercará, ni por asomo, a la huella ecológica con la que cada habitante de este mundo se ha empeñado en machacar el planeta. Hablando de nuestra relación con el medio que nos circunda, en una ciudad con más de 20 millones de habitantes y 5 millones de autos, el equilibrio se rompe con una facilidad extraordinaria. Bastaron algunos cierres de calles a propósito de la llegada del líder mundial del catolicismo, para que la urbe recordara un tráiler de The Walking Dead.

Me escurrí como pude al interior de un metro atestado, siempre apretando mis bolsas del mercado, y encomendándome a todos los santos y las vírgenes del panteón católico para que no me robaran por segunda vez el teléfono móvil. Mientras tanto, Peña Nieto y la primera dama recibían al Papa en el aeropuerto. Si fuera cronista del corazón tendría que decir que ella lucía impecable en un traje color hueso, y él medio acartonado, pero igual de feliz, por el hecho de pasearse junto a un Papa por la alfombra roja de los recibimientos. Para adjuntarle esa nota de folclor e integración que tanto vende, ahí pusieron también a unos niñitos con trajes típicos que le dieron la bienvenida al Santo Padre; que no sé cómo se las arregló para lucir tan fresco a los 79 años, tras pasar por un vuelo trasatlántico, dos horas de concordato con el Patriarca Kiril en La Habana, y un segundo avión hasta México. Después llegaron más saludos y un largo viaje en Papamóvil, en el que Bergoglio se adentró en una ciudad que mucho ha cambiado desde los tiempos en que Hernán Cortés llegó a Tenochtitlán con las primeras cruces del catolicismo, pero que sigue adorando, con fervor latinoamericano, la cultura del espectáculo.

El Papa, pese a lo que puedan decir con justeza sus muchos críticos, se ha propuesto visibilizar con este viaje los principales estigmas de una sociedad que no acaba de encontrarse; y a cuya integración el catolicismo local, más propenso a defender los palacios que a los menesterosos, en poco ha contribuido. Ello explica que aunque México siga siendo un país mayoritariamente católico, el número de fieles disminuye constantemente, en especial en las múltiples periferias sociales, que al verse poco representadas por la Iglesia se pasan al campo protestante o ensayan cultos sincréticos, como es el caso de la veneración a la Santa Muerte. La ruta del Papa en México evidencia esa voluntad de lavar en público los trapos sucios: Ecatepec, un suburbio del Estado de México, reino del narco y la economía sumergida, con un índice espantoso de feminicidos; Chiapas, paradigma de la desigualdad, uno de los principales centros donde habita población indígena, el corazón del México profundo; Ciudad Juárez, la frontera norte donde impera la ley de la selva, la antepuerta del muro maldito, máxima expresión del fracaso del tratado de libre comercio.

El miércoles próximo regresa Bergoglio a Roma y el metro de la Ciudad de México volverá a su caótica normalidad. Esperemos que tanto revuelo, más allá de los titulares y el oropel que nos mostrará la revista Hola! de la semana entrante, haya valido la pena en aras de la transformación de una sociedad que recuerda, llaga por llaga, al Cristo humano de 33 años martirizado en la cruz, pero cuyos autoproclamados representantes en la tierra se empeñan en mostrar como un príncipe en estado de gracia. Un Cristo desgraciado y dolorido, el rostro mayoritario de un México desigual que clama por su resurrección.

lunes, 8 de febrero de 2016

Apocalipsis

Temblores de tierra en Santiago de Cuba; ataques de histeria de la corriente de El Niño, que ha causado penetraciones de mar en el malecón habanero y lluvias torrenciales en plena estación seca; sublevación de los carretilleros (vendedores ambulantes de viandas y frutas) por la amenaza de los controles de precios; y la papa, mientras tanto, y por lo perdida, sigue estando en la categoría del néctar y la ambrosía, mangares de dioses. El 2016 no ha comenzado con mucho entusiasmo medioambiental que se diga. Y para ponerle la tapa al pomo ahí está el Zika, un virus con nombre de mona, que posiblemente tocará puertos cubanos antes de que concluya el semestre.

A este paso, y con tanta trompeta ecológica sonando, se pone uno a pensar en que quizás a la Isla le espera un destino similar al de la Atlántida. Ironía, para hundirnos en el mar ya no será necesario traicionar previamente la gloria que se ha vivido. La causa no será la apertura del primer McDonald's en La Habana, sino el calentamiento climático. La naturaleza, que cuando le da por joder es más malosa que el imperialismo, se encargará de borrarnos del mapa. Ya imagino al Platón de turno hablando de un pueblo mítico, que estuvo a punto de producir diez millones de toneladas de azúcar en una zafra, pero terminó finalmente entre las aguas de Poseidón, que son también las de Yemayá.

Mientras tanto nos volvemos leyenda, la cubanidad, que es terca sobre todo en tiempos de desgracias, aflora de los modos más sorprendentes posibles, siempre bajo la muy criolla abjuración de los términos medios. Está dicho: cubano que se respete o no llega o se pasa. Y la Isla produce lo mismo comandantes guerrilleros que militantes del Tea Party. Resulta ahora que dos cubanos de segunda generación tienen posibilidades de llegar al trono rojo de Yumalandia. Supongo que haya que ponerse contento de tener a un compatriota en la Casa Blanca, y que también cualquier republicano que derrote a Donald Trump en las primarias le está haciendo un favor inmenso a la humanidad presente y futura.

Sin embargo (y muy personalmente) me dan que pensar los muchachos. Demasiado conservadores. Demasiado bíblicos. Demasiado anti-emigrantes. Y para ser herederos del arroz congrí y del plátano burro frito, demasiados amantes de Wall Street y del mercado salvaje como para que puedan tomarse en serio. Con respecto a la relación entre Washington y La Habana, ambos compañeros, el Marco Rubio y el Ted Cruz, proponen regresar a la política del garrote y las cavernas: Nada de embajada para los comunistas de mierda. Nada de turistas para los comunistas de mierda. Palo al gobierno y, de paso, palo a los once millones de cubanos que ya tienen bastante con la amenaza del terremoto, la rebelión de los carretilleros, la corriente de El Niño y la desaparición de las papas.

Los republicanos, recordemos a Bush Segundo, siempre se han preciado de tener comunicación directa con el dios de las trompetas y los diluvios universales, con el dios del castigo y las espadas de fuego. Razón de más para temerles. Razón de más, también, para ir augurando el fastidio de que nos manden a construir diques (las trincheras de inundan) antes que suban las aguas.

lunes, 1 de febrero de 2016

San Lorenzo Tlacoyucan

Al sur de la flamante Ciudad de México, hasta hace nada Distrito Federal, están las colinas sembradas de nopal, pueblitos donde lo azteca y lo hispano, más que superponerse se amanceba en calma, sin demasiado conflicto, como transcurren casi siempre aquí las cosas.

“Yo creo en dios, nada más que en él... y bueno, en los santos y en la Virgen de Guadalupe”, escucho decir a un vendedor de frutas en el pueblo. San Lorenzo espera al Papa Francisco, que llegará en unos días al Zócalo y al Tepeyac guadalupano. La Ciudad de México está llena de carteles dándole la bienvenida. Y a veces la gente, que es libre y se expresa, descarga sus opiniones sobre las gigantografías: “Pedófilos y ladrones”, escribió alguien con un rotulador en un cartel del camino, “váyanse a chingar a su madre”.

Hace quinientos años, meses más, meses menos, la Iglesia y la Espada cristianizaron el Valle de México. No era la primera vez que una cultura se cargaba a la anterior y terminaban fundiéndose en el abrazo de la coexistencia, más que forzosa, forzada. Los pueblos de las colinas evidencian la fusión de lo Uno con lo Otro: San Juan Tepenáhuac, San Jerónimo Miacatlan, San Antonio Tecomitl, y el propio San Lorenzo Tlacoyucan, en nahualt, “tierra verdascosa o llena de jarilla”. La jarilla, por cierto, es una pequeña planta de flores amarillas originaria de estas Américas. San Lorenzo es, por su parte, uno de los mártires cristianos de la antigua Roma. Terminó achicharrado en la parrilla el 10 de agosto del año 258. Un nombre más que propicio para expresar sacrificio y culpa, todo lo que necesitas para vivir, aparte de amor, en este valle de lágrimas.

Te tomas un camión en la estación de Taxqueña, al sur de la ciudad, y atraviesas todo Xochimilco, el último reducto de las chinampas, las trajineras y los canales que antes cubrían todo el Valle de México, y después te adentras en la delegación de Milpa Alta. No lleves objetos de valor. El dinero escóndelo. El teléfono móvil también. Hay quienes cuentan que asaltaron el camión. Así que cada vez que sube alguien lo miras de reojo esperando que saque un cuchillo, una tranca, o te encañone con un poster de Kate del Castillo, y te pida la bolsa o la vida. Pero no. Solo se monta un payaso. El payaso más triste de todo Tenochtitlán, quien comienza a declamar los chistes más machistas que se han escuchado desde los tiempos del Virreinato a la fecha. Y como la gente, ingrata gente, hace como que no lo ve, hace como que no lo escucha, él les espeta que no es un perro, y que hay que atenderlo, lo quieras o no, porque es un buen hombre con mujer, suegra y dos hijos, que estuvo seis años en el Reclusorio por perder el Camino, y que ahora solo pretende ganarse la vida honradamente, payaseando, en este humilde camión de México.

Llegas al pueblo sobre la montaña y allá arriba hace un frío de tres pares de cojones. La gente no parece entenderlo. La gente no tiene frío. La gente hace el mercado. La gente siembra su nopal. La gente vende sus cosas y apacienta a unos perros tamaño XL que andan por todas partes: Sarnosos los unos. Relucientes los otros. Con esa felicidad tranquila que tienen los perros de pueblo, siempre luchando las sobras del almuerzo y a las perras en celo.

“Se busca a Benjamín M. Es un asesino”. Así dice un cartel colgado en la puerta de la delegación del pueblo. Y ahí aparece la cara triste de un hombre parecido al Chapo Guzmán, el Cristo Súper Star del malandraje americano. Parece mentira que alguien pueda matar y morir en un pueblo tan tranquilo, tan en calma, un pueblo con su Iglesia, su Cementerio y su Parque, todo como dios manda. Junto al cartel con el “Se Busca” hay otro bando que cita a la gente para resolver un asunto que atañe a todos. En San Lorenzo, y pese a los intentos por neoliberalizar la vida, existe aún propiedad comunal. Hay parcelas que son de todos y todos han de decidir qué se siembra y cómo repartirse el fruto del trabajo. “La defensa de la tierra es la defensa de nuestra cultura”, termina diciendo el bando, y bastaría sumergir los dedos en la arenisca para sentir los largos ciclos de las estaciones y los tiempos, los cuales se remontan al águila posada sobre el nopal con la serpiente en el pico, o quizás a los días aún más oscuros que antecedieron a la llegada de los aztecas.

Viéndolo desde esas tierras brumosas, el Valle de México ha cambiado poco en todos estos siglos. Todo es gris y ondulado, casi que prehispánico. Pero se trata de un espejismo. “Vamos a bailar la conga”, se escucha desde una bocina, “La conga de Panamá / Óyeme, mamita / Qué buena estás”. Y también, como no podía ser de otro modo, globalización mediante, te das de bruces con el Taxi de Osmani García, retumbando en medio de los cerros del nopal: “Yo la conocí en un taxi / En camino al club / Yo la conocí en un taxi / En camino al club / Me lo paro / El taxi / Me lo paro / El taxi / Me lo paro / El taxi / Me lo paro / El taxi...”.

La cultura, como San Lorenzo en su parrilla, se sigue cocinando, lo quieras o no. Y oyendo el Taxi desde lo alto de los cerros milenarios ya entiendes en carne propia lo que quiso decir el viejo Canclini cuando nos hablaba de hibridación.

lunes, 25 de enero de 2016

La verdad revelada

La Verdad (Gian Lorenzo Bernini, 1645)
Dice Carlos Marx que el Estado, tal y como lo conocemos, es un hato de explotadores defendiendo sus intereses; que el Estado es por tanto una institución clasista que ejerce fuerza y consenso, garrote y zanahoria, sobre la sociedad en su conjunto. Las revoluciones enterrarían al Estado, pero mientras se hacían los funerales, se paseaba en carroza al muerto y se le lloraba un poco, un nuevo orden institucional ejercería su fuerza libertaria sobre la burguesía vencida.

Lo que no previó Marx, ni pensó nadie, es que los funerales de la modernidad-mundo serían más largos y fastuosos que los de la Mamá Grande; y que ese Estado otro tendría que generar en su interior mecanismos de fiscalización y control, de construcción colectiva del consenso; porque para llegar, si es que se llegaba, a esa felicidad suprema, completa y grandiosa, que auguraban los libros de texto y los carteles del realismo socialista, faltaban aun siglos de accionar humano en los que nadie, absolutamente nadie, haría las cosas de un modo perfecto.

Marx, como todos nosotros, es heredero de la modernidad cristiana. Una edad donde la Razón y la Ciencia, como antes lo hizo el báculo de San Pedro, se han encargado de predicar la Buena Nueva. La política moderna es el arte de la predicación, de trasmitirle al vulgo, del mejor modo posible, lo que desde arriba se asume como correcto, de revelarles a todos la Verdad. Un buen político es un buen predicador, es un buen trasmisor de ideas, es un buen evangelista. Un buen ciudadano es, en teoría, un tipo que escucha y obedece; o mejor, que entrega su responsabilidad individual y colectiva al San Juan Bautista de turno, mientras se dedica a luchar por la supervivencia, porque ya se tiene bastante con pagar la renta y llegar a fin de mes, como para estarse preocupando por lo que hacen los políticos con el presupuesto.

La gente está tan entretenida en luchar por la vida que no le alcanza el tiempo para existir realmente. Y a veces, simplemente, cuando les llega el turno de expresarse, de decir lo que sienten, los siglos de silencio atrofiaron del todo su capacidad comunicativa. Y no hay nada que decir. Y no hay nada que hacer. Parecería que todo está dicho, cuando en realidad no se ha tomado aún la palabra. Parecería que con el silencio se aprueba, cuando el silencio es en sí la mayor derrota posible, el triunfo de la inacción, el triunfo del granito por sobre la vida, de la fe sobre la capacidad crítica.

Pero ni la política es andar predicando ni el ejercicio pleno de la ciudadanía es pasársela empujando un carro bajo la voz de mando del cochero. El cambio social, sea este el que sea, no está contenido en un manifiesto que pueda llevarse bajo el brazo, de puerta en puerta, como hacen los Testigos de Jehová. No se trata de convertir a nadie. De revelarle a nadie que las cosas pueden ser y hacerse de otro modo. Preguntarle a la gente. Preguntar y volver a hacerlo. Y, sobre todo, no tenerle miedo a lo que cada cual pueda responder.

lunes, 18 de enero de 2016

Mónaco (con wifi)

No estoy –aunque me encantaría- en el pequeño y elitista Principado de la costa del Mediterráneo, sino en un parquecito de La Habana del sur, las tierras incultas e inexploradas que se extienden más allá del Vedado y Miramar, y en la cual, contra todo pronóstico, entre baches y a golpe de metrobuses y boteros, seguimos viviendo la mayor parte de los habaneros.

Hasta allí, de algún modo, llegó el cable que hace tanto zarpó de la Guaira venezolana y arribó, meses más tarde, como si se tratara de una virgencita de la Caridad, a las costas de Cuba. El cable no nos trajo la palabra de dios, pero sí el YouTube, el Facebook y el IMO, la internacionalización del cubaneo y la posibilidad de asomarnos tímidamente a un siglo XXI signado por guerras y desgracias de todo tipo, por el calentamiento climático, pero también por la revolución cultural que significó internet.

Un muchachito menudo y tierno, como el Platero de Juan Ramón Jiménez, le arrebata el teléfono móvil a una señora gorda en tirantes, como la Bola de Cebo de Guy de Maupassant, quien contaba distraída a su hija de Hialeah los chismes de la jornada. Durante el tiempo que duró la conexión, delincuencialmente frustrada, la hija fue puesta al tanto de los precios de la libra de carne de puerco en estos días de fin de año, al tiempo que la madre vio los primeros dientes de la nieta más pequeña y el nuevo color con el cual pintaron el cuarto de la beba.

El lumpen proletario concentrado en el parque, que es bueno y solidario, y respeta los derechos de propiedad, se lanzó contra el pichón de carterista y lo entregó sano y salvo a los policías que custodian la zona desde una distancia estratégica, lo cual le permite a la gente conversar sin sentirse particularmente vigilada; y controlar también la tentación que provoca en los ladrones el despliegue, al aire libre, de computadoras portátiles, teléfonos inteligentes y tabletas, que ponen en duda nuestra condición de país subdesarrollado y maltrecho.

Mientras tanto, se me acerca otro muchacho, este sí con absoluta cara de tránsfuga, y me propone tarjetas de conexión en bolsa negra. Etecsa, uno de los mejores ejemplos de las limitaciones existenciales de la empresa estatal socialista, el sanctasanctórum sobre el cual Marino Murillo encomienda el proceso de actualización económica que emprende Cuba, vende tarjetas que te permiten la conexión a internet en puntos wifi a 2 pesos convertibles (aproximadamente 2 euros) la hora. La decisión radica entonces en conectarse una hora a internet o comprar una libra de bistec de cerdo, alimento que ha tenido en los últimos meses la cualidad dichosa de aumentar su precio al mismo ritmo con el que disminuye la cotización del barril de petróleo en el mercado mundial. El problema es que casi nunca Etecsa tiene a su haber las dichosas tarjetas. Me lo dice esa mañana, cuando intenté comprarlas, una empleada aburrida de la empresa, con la misma voluntad para comerse el mundo que una mosca en pleno invierno. Así que toca recurrir al tránsfuga del parque, quien dilecto me vende la tarjeta de conexión a 3 pesos convertibles, el equivalente a la libra de bistec de cerdo y ahora también a una libra de yuca, arroz y frijoles, la comida entera del 31 de diciembre.

La gente, como los tertulianos de los cafés parisinos del siglo XVIII, se reúne en el parque del Mónaco, en el sur de La Habana profunda, para acercarse al misterio, aun insondable, del internet. Piensa Barack Obama que la Web nos hará libres. Responde Machado Ventura que los megabytes del imperialismo no pasarán. Mientras tanto, en lo que todos se ponen de acuerdo en aquellas cosas que son buenas o no para nosotros, los cubanos del parque, bajo la lluvia, el sol y el sereno, como los pioneritos exploradores y las federadas combativas, aprovechamos el wifi para verle la cara a los parientes de medio mundo.

Nadie hace otra cosa que hablar. Nadie hace otra cosa que preguntarle al pariente el número de transferencia de la Western Union que garantizará una muy cristiana y pacífica Navidad. Más que aquella prensa ilustrada que consumían los parroquianos del Siglo de las Luces, los sans culottes del Mónaco se quedan con la literatura de cordel. Muchísima video conferencia, algo de chateo y lo demás se va en el Facebook, una red social para encontrarnos a todos, para atraernos a todos y atarnos (bien fuerte) en las tinieblas. Al menos eso nos dijo hace un tiempo Edward Snowden.

Clima complicado el de estas islas, que del sol aplastante, sin mucho anuncio, se pasa al aguacero tropical. La gente se apresura a recoger sus pertenencias. Las pantallas se cierran. Despedidas. El picnic termina. Como Mónaco, esta vez sí el Principado de los Grimaldi, los habaneros somos habitantes de otro Mediterráneo, mar entre tierras, mar Caribe que une y a la vez separa. Como el internet del parque del Mónaco, que gracias a él el Domo que nos circunda se hace más precario e insustancial. Nunca los cubanos de ambos lados del Estrecho hemos estado tan cerca y a la vez tan lejos. Cosas del internet.