domingo, 22 de noviembre de 2015

Brevísima plegaria centroamericana


Año de mierda este que termina con sangre y gas pimienta. Yihadismo en Beirut, Paris y Bamako, y unos milicos hijos de su madre gaseando a casi 2 mil compatriotas míos en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua. Migrantes no son. Nos dicen. Son delincuentes. Nos dicen. Analistas consideran que son emigrantes pequeño burgueses, decadentes y pitiyanquis, a quienes les dio por hacer lo que hacemos todos los americanos desde que nuestros padres cruzaron el Atlántico por vez primera hace cinco siglos. Movernos. Andar. Buscarnos la vida donde mejor lo estimemos. Analistas, por cierto, a quienes me gustaría conocer personalmente algún día, e invitarlos a un café con leche para que me iluminen con la claridad de sus argumentos.

¿Por qué se van? ¿Les lavó la mente la sociedad de consumo? ¿Se cansaron de la frugalidad de la botella de aceite y el caldito de pollo en el quiosco del barrio? ¿Es demasiado tentador el premio de la Ley de Ajuste Cubano? Eso no me importa. Importa que son cubanos. Ciudadanos de un gran país. Hijos de una gran nación. Hermanos nuestros. Y nadie gasea a un hermano sin que esto tenga consecuencias. Nadie llama delincuente a un hermano sin que salga al menos con la madre mentada.

Pero cada día entiendo menos el mundo y a sus políticos, cada vez me extraña más la naturaleza humana. Sufro por París. Y por Beirut. Y por Bamako. Y por los míos. Por los míos, atrapados en el limbo de la circunstancia maldita del emigrante, seres sin tierra, seres sin patria, pequeñísima y olvidaba nota al pie en los grandes relatos con los que se va escribiendo esta historia nuestra.

Estamos viviendo un cambio de época. Está en el aire. A veces las épocas cambian de un día para otro y en ocasiones se necesitan veinte años para acelerar la prisa y destrabar la pausa. Da lo mismo. Cambiamos de época y en los tiempos que vendrán, que están viniendo, ya no podrá hablarse de apocalípticos e integrados, de gusanos y revolucionarios, de patriotas y mercenarios, de cubanos de dentro y cubanos de afuera, porque el mundo y nuestra geografía se están desdibujando. La isla comienza en el Cabo de San Antonio pero quizás termina en Hialeah y quizás en Madrid o en Fiji. Como consecuencia del calentamiento climático el agua ya comienza a subir, y a este paso dentro de poco nos quedaremos sin el territorio insultar, sin nuestra querida isla aislada, al tiempo que la propia cubanidad se desborda y encuentra en todas partes, y todo encuentro es en sí un acto de solidaridad, de empatía, de humildad con el otro.

Hay casi 2 mil cubanos en el corazón de Centroamérica. 2 mil cubanos cuyos derechos merecen defensa. 2 mil cubanos aislados a quienes amenaza un torbellino de retórica. Salvarlos. Asistirlos. Esa es mi plegaria.