lunes, 20 de julio de 2015

Sobre el deshielo, La Habana y los nuevos relatos

Dice Walter Benjamin que cuando una era se derrumba, la Historia se descompone en imágenes y no en relatos. Fotogramas, diría yo, a partir de los cuales rescribir nuestras propias alegorías, la crónica de lo que hoy somos, la visión de aquello que seremos algún día; un nuevo relato de la existencia que se oponga al discurso referencial, antes hegemónico, ahora en crisis, de la era que nos antecedió.

El 17 de diciembre pasado, el día en que los cubanos de ambos lados del Estrecho vimos rodar los primeros témpanos del deshielo, di un largo recorrido por el barrio habanero del Vedado, y acabé contemplando la demolición del hospital pediátrico Pedro Borrás Astorga. Ubicado en la antigua Avenida de los Presidentes, a un costado del obelisco dedicado a José Miguel Gómez, el Borrás tenía una de las fachadas Art-Déco más impresionantes de la ciudad. Cerrado “temporalmente” a finales de los ochenta para una reparación capital, convirtió lo transitorio en eterno, y a lo largo de décadas de abandono acabó erigiéndose en un monumento a la ineficiencia, al desvío de recursos, al tropicalismo barroco de las empresas constructoras; y también, por supuesto, al modus operandi de una nación sitiada, en la que cada componente importado requiere siglos para llegar a puerto, y cada inversión se redirecciona según los dictados de una economía en guerra. Con calma, que tampoco Roma languideció en un día, buldóceres y excavadoras iban triturando los viejos ladrillos, la vieja argamasa, el viejo acero pulverizado por el salitre y la dejadez.

El 17 de diciembre, día de San Lázaro y fecha del equinoccio primaveral entre La Habana y Washington, actualización del diferendo, anuncio simbólico, o lo que fuere, quedó en mi mente indisolublemente relacionado con la demolición del Pedro Borrás. El hospital, al menos para mí, simbolizó ese día la constatación material de una relación desencontrada entre Cuba y los Estados Unidos. Una relación en la cual nos jodimos todos. Los de allá, porque ignorando las causas objetivas de un estallido revolucionario, por demás inevitable, aislaron a Cuba e hicieron de La Habana la catedral de la rebelión latinoamericana y mundial. Los de acá, porque el cerco permitió fundar iglesias y legitimar dogmas, naturalizar procederes que sólo se resisten y justifican en un escenario de plaza sitiada.

Ya el Borrás terminaron de demolerlo. Hace unos meses, cuando lo vi por última vez, era un inmenso campo baldío, un terreno de nadie que de persistir el contexto económico desgraciado terminará irremediablemente convertido en un parque o en un parqueo; pero que, deshielo mediante, podría albergar alguno de los nuevos edificios de una Habana que ansía refundarse. Una Habana que espero no vuelva a la vieja gloria de una República Art-Déco de minorías felices y mayorías encerradas en la región del no-ser; ni a la desgracia de un país en guerra y calamidad constante; sino a un orden de prosperidad e inclusión, de inclusión y felicidad, que ha de pasar, irremediablemente, por unir fotogramas de reconciliación y diálogo, y escribir así un nuevo relato donde quepamos todos.

lunes, 13 de julio de 2015

Decálogo del historiador latinoamericano

(A propósito de una visita al Castillo de Chapultepec)
1. Si naces historiador en América Latina estás jodido. Mejor dedícate a la ingeniería o a la medicina privada. Construye hoteles o vende riñones. Porque si te metes a historiador, a poeta del pasado, a soñador de café con leche, te espera el futuro más triste de entre todos los futuros posibles.

2. No critiques. No inoportunes. Levanta tu copa y bebe a la salud del profeta de turno. Canta las glorias pasadas. Del presente, si está tan malo, mejor ni hables; del futuro puedes decir lo que quieras, siempre y cuando lo pintes luminoso; porque el futuro siempre, y sin excusa, nos pertenece.

3. No te pongas quisquilloso con la negritud, la feminidad y la mariconería. El mundo es de los blancos heterosexuales, al final ellos siempre ganan. Si eres negro (o defensor de negros), gay (o defensor de gays) o mujer (o defensor de la igualdad de género) a la corta o a la larga no te tomarán en serio.

4. No hables mierda. No complejices. No interpeles al poder requisando el pasado. No toques mucho el tema de la participación y el debate, y si lo haces, mejor circunscríbela a un café de barrio, a un taller comunitario; porque la patria, el presupuesto, las decisiones importantes mejor se las dejas a los políticos. Los ciudadanos, y tú entre ellos, están para obedecer lo que te digan, no para andar preguntando tanto.

5. Un buen historiador es quien puede darle una justificación temporal a las orientaciones de los políticos, para de ese modo conducir mejor al rebaño descocado.

6. Un mal historiador es aquel que no entiende lo que tiene que entender, y con sus palabras (y sobre todo, con sus actos cuestionadores) provoca la estampida del rebaño.

7. Un buen historiador termina siempre con una estatua de mármol y mucha, muchísima, cagada de palomas en su cabeza. Un mal historiador concluye sus días en un estadio con los dedos sangrantes, colgado de un poste de luz, sumergido en un baño de cicuta, lanzado de un helicóptero, repudiado por una turba enardecida, o peor, en el olvido, condenado al más profundo ostracismo.

8. Contribuye a la redacción de las historias oficiales. Nada agradaba más al poder que una sólida historia oficial, que los apalanque en el sillón del trono. La patria siempre necesita héroes y destinos manifiestos, y tú como intelectual tienes la posibilidad de convertirte en un excelente pintor de cámara. Así, con suerte terminarás presidiendo una Academia y merecerás un sincero homenaje a teatro completo.

9. Cuando escribas olvida los matices. Un buen historiador rehúye de lo complejo. Aprende de Hollywood. En la historia hay malos malísimos y buenos muy buenos. Los personajes complejos, ambiguos, sinuosos, no son importantes. A los sucesos no se le dan dos, tres, mil interpretaciones; y mucho menos tocaría preguntarse si las cosas podrían ser de otro modo. Como historiador te corresponde explicarnos por qué el mundo en que vivimos es el mejor (y único) mundo posible.

10. No seas burro, sobrevive, dicen los chinos que los dientes caen porque son rígidos y la lengua nos acompaña hasta el final porque es flexible. Cambia tu guion de acuerdo con los tiempos. Cámbialo una y otra vez. El pueblo no tiene memoria y los poderosos, como te necesitan, sabrán oportunamente olvidar tus desvaríos al servicio del sátrapa anterior.