lunes, 22 de junio de 2015

El José Martí de la Ciudad de México

José Martí, el intelectual más grande que nos ha dado Cuba, flota en un mar de grasa de frituras y olor a pegamento, a pocos pasos de la estación del metro Hidalgo, en pleno corazón de la Ciudad de México. Su estatua, como la de los héroes anónimos, los soldados desconocidos y los poetas verdaderos, pasa desapercibida dentro de un maremagno de toldos y vendederas.

No es una denuncia, posiblemente a él le daría igual, no creo que Martí fuese un tipo a quien le quitara el sueño las cagadas de paloma.

Pero los muchachos que inhalan pegamento a los pies de mi héroe nacional, esos que nunca saldrán en los billetes de quinientos y mil pesos, son la antítesis de aquel sueño martiano, tan hermoso y a la vez tan olvidado, de una República de todos y con todos; un ideal no solo para soñar con los destinos de Cuba, sino de una América Latina polarizada entre el señorío más encumbrado y el vasallaje más abyecto.

Nadie recuerda a los niños que inhalan pegamento en la estación del metro, son el último eslabón en la cadena del detritus humano. Eso probablemente le quitaría el sueño a Martí, y de paso a cualquier persona que se considere justa.

La droga es la última demanda de un consumidor que pronto dejará de serlo, la droga es una anomia del sistema-mundo que necesita sujetos felices y sanos, que trabajen y consuman, que coman, que defequen; y que vuelvan a trabajar para comer, consumir y defecar. En algún punto del camino las fuerzas centrípetas del mercado lanzan de sí a un burujón de infelices no trabajadores, no consumidores. Ellos no existen. Ellos son nada. Ellos nacen, malviven y mueren en el universo precario de la economía informal. Su casa es su calle. Su meta es conseguir dos monedas y comprar un poco de pegamento para oler. Para olvidar. Para dejar de ser lo poco que se viene siendo.

Hemos olvidado que los sistemas sociales tienen como razón de ser la felicidad y el bienestar humano. De todos los humanos. No sólo de aquellos que puedan comprarse un Iphone o tener casa en cualquier quinta avenida. Los gobiernos no están para levantar estatuas y conmemorar natalicios de héroes, para tomar champagne en honor a la gloria que se ha vivido, sino para trabajar por el amplio porcierto de seres humanos habitantes del averno del no-ser.

La estatua de José Martí en la Ciudad de México, rodeada de fritangas y desgraciados, es quizás el más grande homenaje al hombre que fue más intelectual que político, más poeta que tribuno, a quien deseó echar su suerte, su eternidad, con los pobres y los parias de la tierra.

lunes, 1 de junio de 2015

La Ermita de la Caridad

Hace casi un año visité la Ermita de la Caridad del Cobre, en el Mayami profundo, el símbolo religioso más importante de esa Magna Cuba en la que se ha ido convirtiendo con los años el sur de la Florida. Fue un verano en el que también tomé café con leche y pan con mantequilla en el restaurant Versalles, el sanctasanctórum del llamado exilio histórico; y me emocioné muchísimo en el Club San Carlos de Cayo Hueso, pequeña y húmeda ciudad que parece sacada de un set de Piratas del Caribe. Desde allí José Martí, hace ya tanto, pronunció sus discursos encendidos a los tabaqueros cubanos; y está el famoso -y también kitsch- trozo de cemento que marca las 90 millas entre Cuba y los Estados Unidos, quizás la frontera más mentada del diferendo entre el mundo anglo y nuestra latinidad concentrada; diferendo que alcanza tintes dramáticos en ese gran costurón que arranca en el Pacífico mexicano, atraviesa el continente de oeste a este, y culmina en nuestras islas del Caribe, siempre a medio camino entre el norte de las barras y las estrellas, y el sur hispano, indígena y africano.

La Ermita de la Caridad, con su pequeña réplica del malecón habanero, y el mismo mar azul intenso que baña las costas de Cuba, fue visitada en estos días por el presidente Barack Obama. El mandatario de Yumalandia no es católico y supongo que no esté muy al tanto del milagro de Oshun-Caridad del Cobre: la unión de varias razas y credos en una misma representación sincrética. A mí tampoco se me da muy bien este problema de la religión practicante y la humildad pecadora, pero ese día, en la penumbra refrigerada de aquel templito primermundista, le pedí de veras a la Virgen, y le pedí por Cuba, y lo hice con la misma intensidad con la que un año antes me acerqué al oscuro misterio del alma cubana en el Santuario del Cobre.



Las cosas están cambiando para todos los cubanos, y el cambio se produce a una velocidad tal que debemos aferrarnos a las esencias para no resultar despedidos por la fuerza centrípeta de la historia, que en el caso nuestro se traduce por una parte en el síndrome del Zanjón -el pueblo cansado por diez años de lucha desgastante que se entrega a lo que venga, con tal de que lo que venga lo haga en paz-; y por otra, la acción avasalladora del mercado, institución que subsume lo débil y lo diverso, lo particular y lo subjetivo.

El milagro de Oshun-Caridad del Cobre consistiría precisamente en lograr en que nos refundáramos todos y juntos, los de aquí y los allá, los negros y los blancos, las mujeres y los hombres, y que nadie quede fuera de lo que ha de ser un proyecto colectivo e incluyente de nación.

No le temo al cambio y mucho menos al país que vendrá. Hace un año se lo pedí a la Virgen: Movimiento. Paz. Buscar aquello que nos une y no lo que nos separa. Lo demás vendrá poco a poco. Ha de llegar. Ahora lo que falta es saber qué le habrá dicho el presidente de los Estados Unidos a la virgen cubana y, sobre todo, ver si Cachita le concederá milagros al compañero Obama.