lunes, 12 de octubre de 2015

París


Unos amigos tienen en la sala de su casa, en Mayami, una foto maravillosa de cuando visitaron la torre Eiffel. Allí están los dos, eternamente primaverales, rendidos ante la luz parisina. Me dicen que muchas de las personas que los visitan les preguntan si la fotografía fue tomada en las Vegas, donde hay una reproducción del ícono francés. A este paso, todos pensarán que la Ciudad Luz está copiando la arquitectura de los casinos de Nevada. Cuando les dicen que no, que para esa foto cruzaron el ancho Atlántico, les responden que deben irse sin falta a las Vegas, que es una ciudad preciosa y los casinos un sueño hecho neón.

No vale la pena luchar contra la bobería humana, el mundo ya está perdido, te puedes ir, globalización mediante, a comer pollo Kentucky en París, que el croissant, el vino y el café con leche están muy caros para un bolsillo bohemio, y que de ajenjo no sólo vive el hombre; del mismo modo que puedes creerte un Vallejo en medio de las máquinas tragamonedas y los imitadores de Elvis Presley.

Cuenta el historiador Eric Hobsbawm en su autobiografía, que los intelectuales de su generación tuvieron dos países, el suyo propio y Francia; pero que desde la segunda mitad del siglo XX todos los habitantes del mundo occidental, y finalmente el planeta entero, hemos vivido mentalmente en dos países, el nuestro y Estados Unidos de América. Debe ser cierto para muchísima gente más allá del Domo que nos circunda, pero mi generación bloqueada creció soñando con París. La culpa es de Cortázar, de Carpentier y de Vallejo, de las ediciones Huracán en pleno, y en mi caso particular de las historias que contaba Alfredo Guevara de sus años en la UNESCO.

Te vas a Paris en busca de una foto de absoluta felicidad, de una constancia de que la vida es buena, de una especie de recuerdo-talismán que te acompañe y consuele en los malos ratos. Te vas a París porque simplemente la vida es una, un breve instante, y ese instante hay que llenarlo de cosas bellas, y la belleza es una de las poquísimas maneras que tenemos los seres humanos para sentirnos libres.

París no inventó la libertad, siempre hemos sido medianamente libres y medianamente esclavos de acuerdo con nuestro tiempo y nuestra circunstancia, pero en París los hombres quizás tuvieron certeza por primera vez de su potencial emancipador; en París se soñó la libertad, se demostró que era viable, incluso la posibilidad de negarla en nombre de la propia libertad. París, con el tiempo, nos muestra los límites de los sueños, el ciclo descendente de las utopías. Del fin de la servidumbre y el absolutismo, a la proclamación de los derechos del hombre y del ciudadano, a la resistencia a muerte, a la exaltación del Terror y la llegada de los consulados y los napoleones.

Doscientos veintiséis años después de la gran revolución que sacudió al mundo, tan solo existe un monolito en recuerdo de la vieja Bastilla, un monumento en honor a los franceses que lucharon por la libertad en 1830. Nada queda de Robespierre ni de Marat: de la revolución se conserva mucho oropel y poca esencia.


La policía interrumpe el tráfico para que pase una pequeña marcha de sindicalistas franceses. Piden la renovación del metro de París para no perder sus empleos. Llevan banderas rojas y altoparlantes donde se escucha la voz inconfundible de Carlos Puebla. Carlos Puebla en París: “Aprendimos a quererte, desde la histórica altura, donde el sol de tu bravura, le puso cerco a la muerte...”. 

Ahí es donde te preguntas si no eres tú también parte de una gran película, si no eres un pequeño extra en esta gran broma que es la vida, si no terminarán de aquí a doscientos años integrándote a ti también en el relieve de un monolito o convirtiéndote en un soldado desconocido de la patria.

Pero tal vez no sea para tanto. Quizás Hobsbawm tenga toda la razón y ya Paris pasó de moda, como las revoluciones, como todo, como siempre. Mientras tanto, y como consuelo, siempre nos quedará la torre Eiffel de las Vegas.

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