jueves, 22 de octubre de 2015

Lisboa


Isleño aislado, es la primera vez en mi vida que cruzo una frontera por vía terrestre. Me despierta un guardia de inmigración, linterna en mano, para pedirme los documentos. Todo en regla al parecer. Viva Schengen. El tren sigue su rumbo en medio de la niebla que envuelve a esa hora de la madrugada el centro de la península ibérica. Estoy en el Lusitania, heredero del tren en el que llegó en 1948 a España el futuro rey Juan Carlos, procedente de Estoril, para ser educado bajo la atenta mirada de Francisco Franco. Pero no es este el coche de un Borbón, sino un simplísimo vagón de clase-turista, en el que se acomodan estudiantes y jubilados, quienes no pueden permitirse el lujo de un coche cama, o al menos el de un asiento reclinable. No me importa. La última vez que me subí al ferrocarril fue para ir desde La Habana hasta Santiago de Cuba y subir al Pico Turquino, una de las experiencias más memorables de mi vida, e intensa al punto de entrar al baño del tren y encontrarme con un cerdo, a quien evidente llevaban de contrabando.

Lisboa me recuerda en todo a Cuba. No solo a la Habana, sino también a esas ciudades a medio camino entre la explosión del mar abierto y la tranquilidad contenida de una bahía de bolsa, como es el caso de Matanzas o Cienfuegos. Lisboa es posiblemente la capital más humilde de entre todas las de Europa occidental. Conserva aún en muchos sitios una estética ochentera: viejos edificios de cristal sucio, grandes megaestructuras venidas a menos en tiempos de desgracia, una publicidad que aún no abruma, un ritmo de ciudad-pueblo, de capital porque no le queda más remedio que serlo. Es, como La Habana, una ciudad que existe en torno al mar, que respira gracias a este, una ciudad en la que a las palomas no les queda más remedio que compartir su espacio en el cielo con miles de gaviotas y alcatraces.

Podría perderme en Lisboa. Podría olvidarme de mi nombre, de mi circunstancia, de mi destino. Podría olvidarme latinoamericano en Lisboa, o quizás, reconocerme ahí latinoamericano del todo. Y ser uno más. Ser quizás todos y quizás nadie. Subir las cuestas empinadísimas de una ciudad construida en las laderas de un farallón y terminar mis días en una casita pintada de blanco, con tejas rojas, adherida sobre las faldas de la montaña. Y tomarme cada mañana un expreso en algún cafecito de barrio, mientras se ven los barcos atravesar el río Tajo en busca del mar. Podría ser, quizás, un trazo más de la pequeña y colorida acuarela que es Lisboa.

Sólo se podría escribir como José Saramago si se vive allí. Entonces comienzas a entender el sentido más profundo de una prosa en la que se destila la humedad del puerto, el frío tenue de las piedras, el repique de las campanas y la indeterminación barroca del habitante de una ciudad donde todo es precario e incierto, una ciudad que existe entre los terremotos, los incendios y las colinas delirantes, un puerto más que ciudad, como mi propia Habana, donde la humedad lo envejece todo prematuramente, donde lo único eterno es el concepto de la provisionalidad.


La torre de Belem, un inmenso castillo de arena, marca el finisterra de la Europa occidental. Más allá el horizonte termina en agua. Desde allí partieron los grandes navegantes del siglo XV. Desde allí comenzó el milagro de redondear la tierra. Al contemplar la desembocadura del Tajo me da por imaginarme qué habría sido de este mundo si el recorrido se hubiera realizado en sentido inverso, si la “descubierta” hubiese sido Europa y no las Américas. Imaginar un día en el que los estupefactos habitantes de la medieval Lisboa vieran llegar tres grandes naves procedentes del imperio azteca, y que al desembarcar un representante de Moctezuma reclamara esas tierras en nombre de sus dioses y para gloria mayor de su señor.

Pero el pasado fue como fue y de ahí venimos. Y yo sigo siendo un isleño que extraña el mar. El mío. Aún en Lisboa.

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