martes, 1 de septiembre de 2015

El futuro


Dice la NASA que en apenas un siglo el mar se tragará a Mayami. De La Habana no habla la Agencia Espacial de Yumalandia, pero supongo que la inundación llegará también hasta las colinas de la Víbora, llevándose de por medio a todo el barrio de El Vedado, convertido así en la nueva Atlántida del siglo XXI.

Todo indica que nos pasará lo mismo que a Roma y a Cartago, que se odiaron por siglos, y ahora, de aquellos tiempos y de aquel odio, solo queda la caca seca y los huesos momificados de los antiguos guerreros, unos restos que los arqueólogos limpian con sumo cuidado, cenizas que al menor descuido se las lleva el viento.

Pero para ese entonces ya yo estaré muerto. Una pena, no podré ver cómo inauguran el primer McDonald's en Marte, o la temporada 99 de los Simpsons. Tampoco la unificación del peso cubano, la llegada de la banda ancha a mi Lawton profundo, y el día glorioso en el que la gastronomía habanera logre vender los potes de helado junto con las cucharitas plásticas, y no tener así que apalancarte el helado con el carné de identidad.

El sábado cumplí los 33 años en la Ciudad de México. Como a Whitman, me dan ganas de celebrarme y cantarme a mí mismo, y más que a mí, a mi generación entera. Comenzamos celebrando los cumpleaños con payasos, piñatas y cadenetas hechas con la revista Bohemia. Después nos emborracharnos en las fiestas de quince. Más tarde fuimos a las bodas y a los bautizos, y ahora a los cumpleaños de los hijos, sobrinos y ahijados. Desgraciadamente, no nos tocó vivir en los años del poeta Whitman, que encontró magia en una locomotora en invierno, y le cantó a la fuerza tectónica de unos Estados Unidos en progreso, en los que aún no se había cerrado el horizonte de la posibilidad, y tenía más sentido cantarle a la utilidad de la esperanza, que a las tristezas de los condenados de la tierra.

Ahora son tiempos oscuros, como diría Bertolt Brecht, pero francamente adorables. El mundo sigue girando. La gente se reproduce y de vez en cuando muere. En la Ciudad de México, con 24 millones de almas nadando en un mar de chile, cualquiera pensaría que se nace más que se muere, pero no, que tenemos de todo, menos la esperanza, cada día más perdida con la crisis del petróleo, la subida del dólar y tanta desgracia acumulada.

El futuro pinta complejo por todas partes. El mío, humildísimo habitante de este mundo loco, se ve así también. Pero no me quejo. Es que no vale la pena. Mejor brindar por el presente, disfrutar lo que hoy se tiene, luchar todo lo que se pueda, y mientras tanto aprender a nadar, en lo que se espera calmadamente a que las aguas sigan subiendo.

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