lunes, 28 de septiembre de 2015

Conceptos

(A propósito de las elecciones autonómicas en Cataluña… pero aplicable a todo lo demás)



Quizás en la media hora feliz después de la cena, en la que uno, desde la placidez del estómago lleno, cree en la utilidad de la virtud y en el mejoramiento humano; o debajo de las sábanas, en la suave tibieza del amanecer, cuando recibes en paz el abrazo del ser que amas. Es quizás ese el momento de tomarse un tiempo para pensar calmadamente en el mundo que nos rodea, y separar así, distancia racional de por medio, las pocas pepitas de material valioso que se pierden dentro del gran fardo de cantaleta con la que nos acogotan a diario los medios de comunicación y los políticos.

No estoy pidiendo los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, solo un simple acto de introspección, solo una reflexión crítica para que no nos tomen desprevenidos, como siempre, tan prestos que estamos siempre a soltar la lágrima y a gritar que no pasarán.

Pensar en lo que nos dicen. Pensar en lo que nos venden. Racionalizar esas pulsaciones con las que están intentando tocar cada día nuestra fibra, para hacer de nosotros meros repetidores de todos los discursos escritos y orquestados desde todos los poderes.

Nada vende mejor a ese ente escurridizo llamado “opinión pública” como un concepto sentimentaloide y desdibujado. La patria vende. Y la libertad. La independencia. El peplo de la Marianne. Los héroes caídos y por caer. La gloria. El cielo al que van los virtuosos. La democracia. Y ahí una rastra de palancas de Arquímedes con las cuales mover el mundo. Y esos conceptos, así en abstracto, nada dicen y, sobre todo, nada cambian. No nos hacen mejores personas ni hacen, por sí mismos, mejores a los pueblos.

La patria, la independencia, la libertad, entre otros tantos, son conceptos que con el tiempo, si no se les estimula desde la praxis concreta, se van obscureciendo, van perdiendo su sentido primigenio, se asumen como valores obvios, y por obvios, incuestionables. Monolitos sobre los cuales depositar ofrendas florales, largos ejercicios de oratoria y mucha caca de paloma.

Vigilar los conceptos de aquellos discursos que pretendan oscurecerlos y así secuestrarlos, preguntarse qué significan, preguntarse cómo se insertan (o podrían insertarse) en el mundo en el que vivimos, preguntarse qué se mueve detrás de cada invocación y hasta qué punto la invocación es mero artificio de sacerdote laico, o si realmente tiene un trasfondo real, concreto, que nos permita hacer de ellos horizontes hacia los cuales dirigirnos; conceptos que nos hagan mejores personas, mejores comunidades, mejores pueblos. Solo eso.

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