lunes, 3 de agosto de 2015

Celebración de la escritura

Así lo afirma el poeta Juan Gelman:

“con este poema no tomarás el poder” dice
“con estos versos no harás la Revolución” dice
“ni con miles de versos harás la Revolución” dice
se sienta a la mesa y escribe.

El problema, pienso yo, es que ahora nadie lee ni nadie escribe. La gente, a lo sumo, textea. La gente, a lo sumo, navega en las aguas mansas de la multimedialidad. Hasta ahí. Cuanto más, Paulo Coelho y el manual de instrucciones del televisor. Dicen que somos una generación audiovisual. Y ya con eso podemos respirar tranquilos, y dejar a los libros acumulando polvo en el estante.

“El libro ha sido expulsado de la política”, nos decía el filósofo Bolívar Echevarría, “para participar en ella ya no se requiere ser ‘un hombre leído’ o ‘de libros’; por el contrario, el serio resulta un obstáculo, es un ‘defecto’ que hay que compensar con otras virtudes mediáticas de efectos demagógicos más contundentes. El político-ideólogo es una figura que corresponde irremediablemente al pasado”.

El libro, agregaría yo, ha sido expulsado de la sociedad toda, que es decir de la política en su acepción más abarcadora. La realpolitik, el arte de la dominación a base de espectáculo, el ejercicio de encantamiento tan característico de la sociedad de masas, se ha hecho siempre, desde los faraones hasta los políticos de twitter, a través de la emocionalidad, del sermón mesiánico de iglesia, del incienso, la mirra y las banderitas.

Pero la realpolitik, antítesis de un ejercicio de participación real en los asuntos públicos, no se combate con más de lo mismo. Se combate con ideas. Y las ideas, hasta que alguien pruebe lo contrario, están contenidas en la palabra impresa, el acto más completo de abstracción y síntesis del pensamiento humano.

Por eso escribes. Escribes porque siempre hay un día después de otro; y, con paciencia, la tinta horada piedras y entendederas. Escribes no porque te creas un iluminado que tiene la misión de llenar un cerebro vacío, sino porque estás lleno de dudas, y esas inquietudes (miles de ellas) las quieren compartir con gente que posiblemente estén cómodas y felices en su colchón de certezas. Escribes porque es justo y también porque es necesario moverle el suelo a la gente; porque si no escribes explotas. Escribes porque sí, porque crees en el valor de la palabra impresa, porque crees en la libertad del alma humana... porque desconfías del incienso y las banderitas. Escribes, como Gelman, para hacer la Revolución. O, al menos, para soñarla.

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