lunes, 13 de julio de 2015

Decálogo del historiador latinoamericano

(A propósito de una visita al Castillo de Chapultepec)
1. Si naces historiador en América Latina estás jodido. Mejor dedícate a la ingeniería o a la medicina privada. Construye hoteles o vende riñones. Porque si te metes a historiador, a poeta del pasado, a soñador de café con leche, te espera el futuro más triste de entre todos los futuros posibles.

2. No critiques. No inoportunes. Levanta tu copa y bebe a la salud del profeta de turno. Canta las glorias pasadas. Del presente, si está tan malo, mejor ni hables; del futuro puedes decir lo que quieras, siempre y cuando lo pintes luminoso; porque el futuro siempre, y sin excusa, nos pertenece.

3. No te pongas quisquilloso con la negritud, la feminidad y la mariconería. El mundo es de los blancos heterosexuales, al final ellos siempre ganan. Si eres negro (o defensor de negros), gay (o defensor de gays) o mujer (o defensor de la igualdad de género) a la corta o a la larga no te tomarán en serio.

4. No hables mierda. No complejices. No interpeles al poder requisando el pasado. No toques mucho el tema de la participación y el debate, y si lo haces, mejor circunscríbela a un café de barrio, a un taller comunitario; porque la patria, el presupuesto, las decisiones importantes mejor se las dejas a los políticos. Los ciudadanos, y tú entre ellos, están para obedecer lo que te digan, no para andar preguntando tanto.

5. Un buen historiador es quien puede darle una justificación temporal a las orientaciones de los políticos, para de ese modo conducir mejor al rebaño descocado.

6. Un mal historiador es aquel que no entiende lo que tiene que entender, y con sus palabras (y sobre todo, con sus actos cuestionadores) provoca la estampida del rebaño.

7. Un buen historiador termina siempre con una estatua de mármol y mucha, muchísima, cagada de palomas en su cabeza. Un mal historiador concluye sus días en un estadio con los dedos sangrantes, colgado de un poste de luz, sumergido en un baño de cicuta, lanzado de un helicóptero, repudiado por una turba enardecida, o peor, en el olvido, condenado al más profundo ostracismo.

8. Contribuye a la redacción de las historias oficiales. Nada agradaba más al poder que una sólida historia oficial, que los apalanque en el sillón del trono. La patria siempre necesita héroes y destinos manifiestos, y tú como intelectual tienes la posibilidad de convertirte en un excelente pintor de cámara. Así, con suerte terminarás presidiendo una Academia y merecerás un sincero homenaje a teatro completo.

9. Cuando escribas olvida los matices. Un buen historiador rehúye de lo complejo. Aprende de Hollywood. En la historia hay malos malísimos y buenos muy buenos. Los personajes complejos, ambiguos, sinuosos, no son importantes. A los sucesos no se le dan dos, tres, mil interpretaciones; y mucho menos tocaría preguntarse si las cosas podrían ser de otro modo. Como historiador te corresponde explicarnos por qué el mundo en que vivimos es el mejor (y único) mundo posible.

10. No seas burro, sobrevive, dicen los chinos que los dientes caen porque son rígidos y la lengua nos acompaña hasta el final porque es flexible. Cambia tu guion de acuerdo con los tiempos. Cámbialo una y otra vez. El pueblo no tiene memoria y los poderosos, como te necesitan, sabrán oportunamente olvidar tus desvaríos al servicio del sátrapa anterior.

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