lunes, 11 de mayo de 2015

Soñando con lluvia en La Habana

En algún lugar del mundo está hoy lloviendo. Puede ser en Madrid o en Londres, en la perplejidad de Machu Picchu o en un barrio del alto Bogotá. Puede llover sobre los puestos de maíz, en las callejuelas barrocas de la Ciudad de México, o sobre el Atlántico insondable, por encima del mar y por debajo de los aviones comerciales.

Pero quizás, con suerte, esté diluviando sobre mi viejo patio, sobre mi vieja casa, sobre mi vieja ciudad; quizás, con suerte, el agua caiga sobre las arecas y les limpie el polvo que acumula la vida del barrio: mugre de la mugre, arenilla de construcciones, hollín de carros viejos, la polvareda de los olvidos; quizás, por un minuto, como en las novelas de Alejo Carpentier, una tormenta esté destruyendo y regenerando la vida en mi Habana profunda, en mi Habana la de siempre.

Lluvia que desborda alcantarillas, lluvia que limpia y a la vez ofrece una pausa entre el calor y el calor, entre el hoy y el hoy, un pequeño y singular mañana que ponga en crisis la cotidianidad aburrida del presente.

Soñando con una lluvia que desde aquí no siento, recuerdo el olor de mi propio patio y el milagro de las plantas que después de tanta sequedad se alzan con desespero a la vida, la breve naturaleza atrapada entre cuatro mustias paredes de barrio. La lluvia tropical, libre como ninguna, que irá a parar de algún modo al mar circundante. Y el yodo y el salitre omnipresentes cederán por un minuto el terreno a la hierba mojada, a la textura perdida de la selva intensa; y volverá todo a ser nuevo y a la vez pretérito; y gracias a lo mágico de la lluvia torrencial, se unirán sin mucho esfuerzo los tiempos del presente, del pasado y del futuro; de los nuevos y los viejos; de los muertos y los vivos; de los quedados y de los idos.

La Habana será otra vez la ciudad de las bodegas en las esquinas donde tomar café con leche acompañado de pan untado en mantequilla; la ciudad de las vitrolas y los bares de esquina; la urbe del bistec con papas fritas. Será también la ciudad intensa que, como Ícaro, intentó tomar el sol por asalto, pero que a causa de su herejía terminó sitiada. La ciudad que hoy, con más paciencia que prisa, comienza a abrirse paso hacia el mañana. Y de algún modo inexplicable las calles de los barrios obreros de Alamar y San Agustín terminarán en la tortuosidad de las plazas de la Habana Vieja; y el Capitolio y el Palacio Presidencial junto al primer Cabildo y la Plaza de la Revolución. Y por un minuto nada importará, porque la lluvia nos hará atemporales y por tanto eternos.

Incluso desde aquí, en un barrio más de los mil barrios de la Ciudad de México, a cinco horas de avión y diez de olvidos, la voluntad de Tlaloc, dios mesoamericano de las lluvias, llega a mi vieja Habana, en la periferia del Imperio Azteca, en la periferia del Imperio Español, en la periferia del Imperio gringo de las barras y las estrellas; en el corazón, ahora sí, al menos por una vez, de las dos Américas.

Porque en algún lugar del mundo está lloviendo. Y esa lluvia me lleva, irremediablemente, al mundo breve de los sueños felices.

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