lunes, 18 de mayo de 2015

Rock

Ayer le dediqué la tarde de domingo a Queen, a Guns N’Roses y a Led Zeppelin; porque todo el mundo, hasta un servidor, tiene su pedacito de alma roquera. Incluso la Shakira, antes que la abdujera la Sony y se convirtiera en portada de la revista Hola, en la Barbie con el culo más espectacular del capitalismo-mundo.

En lo personal puedo con todo, menos con Marco Antonio Solís, que no lo paso. Juro que no lo paso. La culpa es de la empresa china Yutong. Hace unos años, cuando llegaron a La Habana los primeros ómnibus de la compañía, lo único que tenían para escuchar los choferes (y no quedarse dormidos mientras manejaban), era unos videos con estética de Power Point de Día de las Madres, donde el Solís cantaba y cantaba sus temas de karaoke suburbano. Por aquel entonces tuve que recorrer con frecuencia los caminos de mi isla y el Marco Antonio se me juntó con los baches y las vacas de la Carretera Central, los campos de marabú, y el olor a plástico nuevo y col hervida de los ómnibus chinos. Nunca más he podido escucharlo sin sentirme mareado y con ganas de vomitar.

Pero el rock anglo y pitiyanqui de los setenta y los ochenta es otra cosa. Me recuerda que también uno tiene su corazón libertario, y de vez en cuando ese corazón se muere de ganas por mandarlo todo a la mierda y tumbarse a contemplar en paz una puesta de sol frente al Caribe; que ese corazón no ha hecho mucho en esta vida, quizás nada, pero late y late por todo lo que lo conmueve y lo encabrona: París un día de lluvia, frente al calor tropical del verano y a la inercia y la ingratitud de los hombres; un libro demoledoramente bien escrito, frente a esta burocracia universal que florece en Oficodas, aduanas y aeropuertos; las cuentas que a veces dan (y casi siempre no) frente a la felicidad de tantas pequeñas cosas que no necesitan del consumo y del dinero; la ciudad, contaminada y pútrida, frente al llanto de un bebé, a la espectacularidad de un atardecer y a la contemplación de las cumbres nevadas del Popocatepetl. Para eso se nace; para eso se vive, por eso es que se lamenta la muerte el día que llega.

Qué lejos y qué cerca estoy de los ochenta y de aquellos noventa en los que a pesar de ser todos unos niños, la crisis nos hizo madurar y quizás envejecer. Y sin embargo ahí están los sonidos, ahora en YouTube y antes en los viejos casetes de cinta. La voz rasgada del Freddie Mercury entregando el alma en su Rapsodia Bohemia, y el Kurt Cobain de Nirvana, rockeando sobre el escenario como si siempre fuese la última vez. Sonidos que me hacen feliz, que me vuelven vivo. 

Porque no hay que llorar, que Celia Cruz dice que la vida es un carnaval y que las penas se van cantando. Así todo termina mezclado, el bamboleo caribeño con las carreteras de bache y sol de mi vieja Cuba, el Stairway to Heaven y la voz inconfundiblemente babosa del Solís. Y yo aquí, mientras tanto, poniéndole música a una tarde aburrida de domingo.

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