miércoles, 1 de abril de 2015

Santana

Le dedicó su concierto a la Virgen de Guadalupe y habló de la unidad de la nación azteca. Tenía que ser el mito del Tepeyac, el único referente que une a campesinos, trabajadores de maquilas, grandes patricios de la Nueva España, intelectuales de Starbucks, y a estos niños a quienes la sociedad ya les robó su inocencia, quienes pasan a mi lado vendiendo caramelos, cigarros y unas camisetas con el rostro afiebrado de Carlos Santana, el genio de la guitarra eléctrica, uno de los artistas más internacionales del México profundo y mestizo.

Alguien, a mi lado, gritó qué viva México, cabrones, y la gente aplaudió con el entusiasmo de una nación que se resiste a ser solo violencia y narcotráfico, colonialismo interno, contaminación y desmanes de gringos pinches de su madre; un país que es también el mejor exponente de una modernidad barroca y desencontrada, de una modernidad basada en la antítesis y en el profundo desgarramiento social; pero que estalla en la luminosidad del muralismo, en la magia de los patios interiores, en la diversidad de los acentos y las comidas, en una cultura complicada y compleja, y por compleja y complicada difícil de encerrar en el marco de los estereotipos y las simplificaciones.

Nadie sabe a ciencia cierta dónde empieza y dónde termina este país de mil rostros, pero que de algún modo ha incorporado los mitos fundacionales de la raza, el águila, el nopal y la serpiente. Los mitos son tan fuertes que han logrado resistir, hibridándose, a la vitalidad avasalladora de la cultura gringa-universal. México cruzó el río Bravo y reconquistó California y Texas. Los pilgrims hoy traen en la proa de su barco la imagen de la Guadalupe, y la América del pie apple y los waffles es también la América del jalapeño y la tortilla.

Allí está también México, en el ícono bidimensional de la Guadalupe, en el sabor y la textura del maíz, en los tianguis y las vendutas callejeras; en el barroquismo y la complejidad de la cortesía mexicana, que precisa de mil retruécanos para decir que no; en una burocracia ancestral que se inspira en los usos y las formas del Reino de Castilla, en las prácticas de los escribas del viejo imperio de los tlatoanis, y en los fueros y los oropeles de una república decimonónica y virreinal. Resistencia desde la fe, la paciencia y la resignación aparente; resistencia en el hecho de tomarlo todo sin entregar lo que ya se traía por dentro.

Como Santana, con tantos Grammys y tanta mexicanidad. Desde el público le gritaron algo y este rápidamente le respondió no mames, pinche güey. Después dijo en inglés que esperaba que esa fuera una noche memorable. Y lo fue. Rock and roll mestizo, la guitarra eléctrica, la batería rollingstoniana, junto al tambor de África. Una sonoridad barroca y transcultural que incorpora y recrea ritmos y modos de expresión, que van desde el Bronx neoyorkino hasta el corazón profundo de la Ciudad de México, pasando por toda la costa del Golfo, la plantación esclavista y la milpa prehispánica. Santana, con los ojos semicerrados y la música fluyéndole libre entre los dedos. Santana, pinche güey de la cultura mexicana en su dimensión global.

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