lunes, 6 de abril de 2015

Panamá: de las barricadas a los salones


Este fin de semana se reunirán en el istmo de Panamá los líderes de las Américas, desde Canadá hasta Argentina. Por primera vez en medio siglo ahí estaremos los cubanos. El domo que nos contiene al fin se astilla y rompe. La Cumbre promete engrosar los archivos históricos de este siglo que recién comienza, en especial el encuentro tan esperado entre Raúl Castro y Barack Obama, si no cae sobre las cabezas de ambos mandatarios un piano de cola, como siempre ocurre antes del clímax en los dibujos animados de la Warner Brothers, o mejor, los diez millones de firmas con los que se hará acompañar Nicolás Maduro para exigir la abolición del decreto que sanciona a siete funcionarios venezolanos y, algo mucho peor, la insensatez de que Venezuela es una “amenaza extraordinaria” a la seguridad nacional de Estados Unidos. A no ser que la Fuerza Armada Bolivariana pretenda bombardear a Washington con arepas, dudo que Caracas (o cualquier otra nación de América Latina) tengamos la menor capacidad (o intención) de invadir el lejano norte, a no ser con muchísimos emigrantes que nos envíen remesas. 

Paralelamente, y de algún modo que todavía no me logro imaginar, se sentarán en una misma mesa diversos actores de la Cuba de hoy. Bajo un rótulo tan inaprensible como el de “sociedad civil” se reunirán damas de blanco y federadas, gladiolos y girasoles, jóvenes intelectuales e intelectuales ya no tan jóvenes. La OEA, el Ministerio de Colonias del que habló el canciller Raúl Roa, se ha vuelto un Woodstock de las ideologías, de los modos de entender el mundo. Está bueno eso, y estaría mejor si la OEA también hablara con más fuerza de la independencia de Puerto Rico y del fin de la ocupación británica en las Islas Malvinas, por tan solo mencionar dos temas siempre preteridos en la agenda regional. 

Solo espero, por el bien de los trece millones de cubanos que también somos sociedad civil aunque no estemos por esos días en Panamá, que la gente allí presente vaya con la idea de escuchar, de escucharse, y no con la tan iberoamericana tendencia a lanzar al vacío sus propios discursos, a escribir sus propias noticias, a declamar sus propios parlamentos, sin dignarse tan siquiera a tomar en cuenta la visión del adversario.

El regreso de Cuba a este foro regional es un acto de justicia, y además una muestra de civilidad y decencia poco frecuente a un mundo que cada vez más apuesta por los balazos y menos por la diplomacia. La gente para entenderse necesita hablar. Es también un reto tremendo el pasar de las barricadas a los salones de negociación, pues implica guardar fusiles y complejizar ideas; ya no bastará con denostar al imperialismo yanqui ni al comunismo cubano, sino que ahora habrá que demostrar con ideas claras los límites y las posibilidades de los proyectos de país que enarbolen tirios y troyanos. Para los que apostamos por el diálogo civilizado, o mejor aún, por una civilización basada en el diálogo, la Cumbre es ya, digan lo que digan y hagan lo que hagan, una excelente noticia.

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