viernes, 17 de abril de 2015

Evocación del entusiasmo

Estudié en una pequeña y folclórica escuela de barrio. Un día, mientras cursaba el sexto grado, nos tocó asistir a un concurso municipal de tablas gimnásticas, una fiesta de mover brazos y piernas al ritmo de la música, al estilo del Arirang norcoreano. La tabla ganadora sería elegida por un jurado compuesto por los maestros de educación física del municipio, pero nos aclararon que el entusiasmo de las delegaciones pesaría sobre la decisión final, es decir, se premiaría la participación del público. 

Y a mí, que soy un desastre rítmico, me llevaron básicamente para aplaudir, para gritar, para chillar, para darlo todo.

Cuando terminaron las coreografías formaron a cada delegación en el patio de la escuela a la espera de la decisión del jurado. Así estábamos, pura gritería, bajo el sol inclemente de mayo, cuando una muchachita de mi aula, precoz en todo, jefa de la tabla coreográfica, miró a la capitana del equipo vecino y sin mucho trámite le soltó:

-¿Qué pinga es? ¿Qué pinga tú miras?

Y ya. Eso fue todo. Le partió para arriba y la agarró por el moño. La otra respondió, y los tules con los que las niñas de los años ochenta se hacían sus peinados terminaron rodando por el patio. Y hubo patadas. Arañazos. Sacudones de pelos. Escupidas. Mentadas de madre. 

Regresamos ese día a casa victoriosos. Nuestra capitana, la muchacha con las tetas más grandes de todo el sexto grado, defendió a cabalidad los colores de nuestra delegación. 

-¡Ganamos! ¡Perdimos! ¡El palo que le metimos!-, gritamos a lo largo de todo el recorrido.

Después, en el preuniversitario, se organizaban periódicamente las emulaciones por grados. En una de aquellas, los muchachos de un año menor que nosotros intentaron pasar por nuestras aulas en una especie de conga explosiva, en la que proclamarían su superioridad en el estudio y el trabajo. Eso fue el acabose. Con la limpieza de nuestros inodoros no se jugaba. Con la brillantez de nuestros pasillos tampoco. Con los arreglos florales hechos con piedrecitas, ramas y marpacíficos muchísimo menos.

Mi gente esperó a los visitantes a la entrada del bloque docente. Los esperó pacientemente. Los esperó con pequeños puñados de tierra tomados de las jardineras cercanas. Y combatieron. Combatieron por el suelo del docente y por la limpieza de los inodoros. Alguien sacó una bolsa de tomates maduros y también fueron lanzados al ocupante indigno. Nunca pudieron completar semejante provocación. Ganamos ampliamente.

Siempre hay a nuestro alrededor excelentes razones para apelar a la chusmería, a la liberación de eso que llevamos dentro, de nuestros instintos más soeces y cavernícolas. Siempre hay buenos motivos para mentarle la madre a algún hijo del prójimo. Y a veces, incluso, el uso de la violencia se naturaliza a un punto tal, que quien apela a la racionalidad del diálogo termina  también con la madre mentada. Por flojo. Por ingenuo comemierda.

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