miércoles, 25 de marzo de 2015

Under the Dome. Notas sobre prensa y socialismo en Cuba para un día después de mañana

El tema de este coloquio [1] nos anima a debatir los grandes dilemas del socialismo en la Cuba de hoy, y entre esos importantes sujetos problémicos se encuentra, por supuesto, el sistema de medios de comunicación [2]. En el último medio siglo se ha producido una revolución en las tecnologías dedicadas a la producción y distribución de información, de un impacto solo comparable a la invención de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV. En el caso particular de Cuba, la progresiva complejización de la trama social y la emergencia de nuevos actores, entre otros factores a tener en cuenta, pone en crisis el actual sistema de medios, con un organigrama en muchos aspectos similar al de la desaparecida Unión Soviética. Crisis entendida esta en un sentido gramsciano, es decir, una fase en la cual las estructuras existentes pierden sentido, al tiempo en que van surgiendo nuevas organizaciones y modos de hacer que las reemplacen.

A ello hay que sumar el cambio en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, país con el que hemos mantenido a lo largo de más de medio siglo una relación tensa, y que desde el pasado 16 de diciembre, víspera de San Lázaro, ha comenzado a plantear nuevos modos de vecindad, que no implican una relajación del antagonismo, pero sí de las formas de convivencia, entre ellos muy especialmente lo referido al campo de lo simbólico. En ese parteaguas histórico nos encontramos precisamente hoy.

Gráficamente, he comparado el bloqueo que ha impuesto el gobierno de Estados Unidos desde 1962 sobre el pueblo de Cuba con un gigantesco domo, una cúpula de cristal que nos separa del ancho mundo, que tiende a reforzar nuestra condición insular, de isleños aislados, una especie de campo de fuerza que impide a los de adentro salir y a los de afuera entrar, un gigantesco muro de contención del experimento socialista isleño. El bloqueo es un singular dique que intentó contener el maremagno revolucionario cubano dentro del espacio, ya de por sí complejo, del Tercer Mundo latinoamericano. Aprovecho entonces para aclarar el título de estas líneas, inspirando en la teleserie norteamericana Under the Dome, la cual se basa a su vez en una novela del escritor fantástico Stephen King. El argumento es muy sencillo: un pueblo amanece separado del resto del ancho mundo a causa de una inmensa cúpula. El aislamiento sostenido hace aflorar en ellos sus más oscuras pasiones. Con ello no estoy diciendo que el bloqueo nos haya vuelto a los cubanos cavernícolas, todo lo contrario, en estos cincuenta años hemos desarrollado una capacidad de inventiva francamente admirable; pero sí es cierto que la política de aislamiento yanqui, si bien no nos sacó del mapa, nos dotó de rasgos pintorescos que se sumaron al realismo mágico que ya de por sí nos caracteriza como sociedad.

Esta cuestión me permite introducir un primer elemento para el estudio de las relaciones entre socialismo y medios de comunicación en Cuba, la importancia de dotar el análisis de una perspectiva de larga duración. Teniendo en cuenta lo anterior, situemos a nuestro objeto de estudio en el Caribe insular, una nación con apenas once millones y medio de habitantes, y unos tres millones más de cubanos repartidos por el ancho mundo, con centros importantes en las ciudades de Miami, Madrid y México. 

Un pueblo nuevo, de acuerdo con la clasificación del antropólogo Darcy Riveiro, que tiene apenas quinientos años de historia, cinco siglos que coinciden con el surgimiento y desarrollo de la modernidad capitalista, de la cual a mi Isla le correspondió ocupar un rol no tan periférico como se empeña en documentar la historia del subdesarrollo, pero sí, por supuesto subordinado a las llamadas potencias centrales. De esos quinientos años, las cuatro quintas partes transcurrieron dentro de un esquema colonial, y tan solo un siglo de independencia, cincuenta de ellos bajo una República traumada, y los otros cincuenta al calor de una Revolución traumática. Quinientos años nos parece muchísimo si lo comparamos con la brevedad de vida humana, pero en tiempos históricos se trata de procesos situados prácticamente a la vuelta de la esquina. Pensemos en un país donde hoy día un amplio por ciento de población tiene bisabuelos y tatarabuelos esclavos iletrados; un país acostumbrado a los usos y costumbres de la burocracia colonial ibérica, cuya regla principal de convivencia era acatar fielmente las órdenes llegadas de Madrid pero nunca cumplirlas; un país que llega a la modernidad del brazo regio de los Borbones, artífices de la llamada política del “despotismo ilustrado”, es decir, el cambio desde arriba, el cambio desde las élites, y en relación con ello, el personalismo extremo de la actividad pública en detrimento de lo institucional.

Precisamente, entre el calor del trapiche y los espaciosos salones coloniales se gesta una sociedad históricamente gobernada por decretos-leyes, por instituciones raquíticas y deformadas, a la sombra de las cuales se articula un sistema de comunicación pública del cual hoy somos herederos directos, un sistema de comunicación fragmentado en actores y espacios más o menos limitados para el ejercicio de lo público. En lo alto de la pirámide, una élite blanca y culta, letrada, al tanto de las corrientes políticas y culturales de la ilustración europea, estadounidense y americana. Más abajo, el amplio y anchuroso mundo de la mulatería y la negritud, el mundo del sincretismo expreso y la comunicación oral y asamblearia, un universo muchísimo más conectado al Caribe y a África, que a Europa y a los Estados Unidos. Hay que aclarar sin embargo, que esta distinción resulta meramente didáctica, ya que la oralidad y la comunicación asamblearia no eran privativas de los sectores iletrados. La tradición de tertulias, discurso público, de tribuna, oratoria, mítines, nos va a acompañar también desde los círculos intelectuales y los sectores medios con mucha fuerza, en vínculo con la comunicación política. Por su parte, la irrupción de la radio fue sin duda el medio llamado a garantizar una mayor masificación de la recepción en todo tipo de públicos, aun con niveles acentuados de analfabetismo.

La práctica colonial diseña una sociedad de blancos versus negros, hombres versus mujeres, occidentales versus orientales, poderosos versus desposeídos, una sociedad antitética como el proyecto mismo de la modernidad. De aquí que podamos afirmar que nuestra sociedad, y por tanto el sistema de medios de comunicación articulado en torno a la misma, están marcados por lo que Boaventura de Sousa, denomina el colonialismo interno. Nuestros medios de comunicación actuales son precisamente herederos de esta circunstancia.

Al triunfar la revolución en Cuba, el 1ro de enero de 1959, existían unos quince diarios de alcance nacional y una decena provincial o local, seis emisoras de radio que reclamaban un alcance nacional, y otras 146 locales, cinco canales de televisión en la capital del país y uno local en la ciudad de Camagüey, una de las principales urbes del oriente cubano. Existían además tres noticiarios de cine y se editaban más de cuatrocientas publicaciones, algunas de las cuales se distribuían fuera de fronteras, como es el caso de la revista Bohemia (García-Luis, 2004). Al mismo tiempo, en algunos lugares del campo cubano, así como en grandes zonas de la periferia urbana, se vivía aun en la más abyecta servidumbre feudal, como reflejan magistralmente los realizadores Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa, en el documental El Mégano (1955), acercamiento poética a la dura realidad de los carboneros de la Ciénaga de Zapata.

No es este el espacio para abordar en profundidad la transformación ocurrida en el modelo de prensa liberal anterior a 1959, y la paulatina implementación de un nuevo organigrama, marcado en primer lugar por la nacionalización de los medios que anteriormente se encontraban en manos privadas. Lo cierto es que se organizó un sistema de comunicación que buscaba articular la construcción de un nuevo consenso revolucionario, y que se legitimará en espacios hasta ese momento preteridos en el campo de la comunicación política, como es el caso de la plaza pública y la cartelística, y en nuevas prácticas comunicativas como por ejemplo la oratoria. Tan solo quisiera remarcar la importancia de los años que median entre la nacionalización de los grandes diarios de la reacción, algunos de ellos en manos de testaferros del tirano Fulgencio Batista, y otros tradicionalmente de derechas como Diario de la Marina, y la llamada institucionalización de la prensa en Cuba, etapa marcada por la fundación del diario Granma en 1965, órgano oficial del Partido Comunista. Entre 1960 y 1965, la prensa cubana desarrolló un inmenso potencial, fue un espacio singular de debate entre diferentes tendencias y puntos de vista en torno a cómo llevar adelante una revolución socialista; se trata, en fin, de una época que merece ser estudiada con mayor detenimiento, porque fueron a mi juicio los años más lúcidos de la prensa revolucionaria cubana.

En los sesentas, el principal referente de alternatividad política, económica, cultural y mediática al sistema-mundo capitalista lo constituía la Unión Soviética. De ahí que lo lógico fuese buscar inspiración en la URSS a la hora de construir un organigrama mediático de carácter socialista. Si bien hay que aclarar que en el gremio periodístico la presencia de asesores soviéticos fue prácticamente nula, y que a diferencia de otras áreas, muy pocos profesionales cubanos de la información y la comunicación se formaron en universidades del bloque del Este, la prensa se estructuró a imagen y semejanza de las naciones del Pacto de Varsovia. Fue el llamado modelo leninista de prensa el canon aceptado, es decir, la prensa vista como propagandista colectivo, agitador colectivo y organizador colectivo. Se trataba de un modelo concebido por Lenin en los años más duros de la guerra civil rusa, el cual resultó funcional en la tarea de adoctrinar a millones de mujiks analfabetos, pero absolutamente ineficaz en un conflicto sostenido de baja intensidad como lo fue la Guerra Fría, lo que implicaba no solo la contienda a nivel simbólico con el capitalismo antagónico, sino también –y esto es muy importante- la lucha contra las deformaciones estructurales y humanas que implican la construcción del socialismo [3].

Pero lo cierto es que, presión externa y colonialismo interno mediante, se fue configurando un sistema comunicativo caracterizado por la verticalidad y la unidireccionalidad de los flujos informativos, por una atrofia de la cultura del debate; un sistema que más de una vez se ha ilustrado mediante la máxima de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y uno de los grandes adalides de la Contrarreforma: “en toda plaza sitiada la disidencia es traición”. San Ignacio, estoico en todo, no solo nos permite ejemplificar las dinámicas estructurales de nuestra comunicación pública, sino también los rasgos de un discurso mediático, la mayor parte de las veces altisonante, serio y frigio. Los medios, y más en nuestro particular y hedonista rincón del Caribe, tienen la necesidad de ser muchísimo más frescos y placenteros, menos marmóreos y más gratificantes. Ello  no quita, aclaro, que en Cuba se haga hoy periodismo de excelente calidad, y que también muchos de los problemas que enumero no existan también en diversos lugares del mundo, y del entorno latinoamericano, que nada tienen que ver con el socialismo y la plaza sitiada.

Como decía al inicio de estas líneas, Cuba se debe preparar ahora para un escenario de tensa pero a la vez pacífica vecindad con los Estados Unidos, que no solo fueron la principal potencia militar y económica del siglo XX, sino que siguen siendo una potencia desde el punto de vista simbólico, con industrias del entretenimiento y la información de alcance global. En los umbrales de este muy particular contexto podríamos hacer un ejercicio de imaginación y pensar en dos grandes proyectos de país, y de sistemas de comunicación, a los cuales podríamos llegar en los próximos veinte o treinta años.

En primer lugar, pensemos en un proyecto pesimista. Las relaciones con los Estados Unidos, inevitable a mediano y largo plazo, repetirían en Cuba la historia homérica del Caballo de Troya. No nos vencieron mediante la guerra, pero nos dejaron a las puertas de nuestras murallas un regalo inesperado. No se trata esta vez de un caballo, sino de una veintena de multinacionales dispuestas a investir en Cuba y un millón de turistas que coexistirán con once millones de isleños, en su inmensa mayoría vírgenes del consumo moderno, desde McDonald’s hasta la telerrealidad estilo Gran Hermano. El colonialismo interno, la cultura de plaza sitiada y la consagración del receptor pasivo habrán terminado por acelerar la hipertrofia del espacio público y su consecuente despolitización. Como ocurriera treinta años antes en la Unión Soviética, un pueblo hambriento de consumo se lanzaría a una orgía de banalidad y estulticia [4] que daría al traste con cuanto de positivo ha tenido la obra cultural de la Revolución Cubana.

Por su parte, un proyecto optimista (escenario por el que apuesto y lucho) implicaría el paulatino empoderamiento de los sujetos sociales, mediante el diseño de mecanismos de construcción del consenso que excedan el clima de guerra y de plaza sitiada, lo cual implica el ejercicio colectivo del poder y la constante fiscalización del mismo. La modernidad inventó la división de poderes y el control ciudadano, ideales que la burguesía posteriormente acaparó únicamente para sí. Pero la prensa socialista puede y debe ejercer de cuarto poder, de perro guardián, de fiscal de la República. Como afirmaba el investigador y periodista Julio García Luis, 

El socialismo implica una enorme concentración de poder. Uno de los déficits históricos –y fuente de trágicos errores- ha estado en las fallas a la hora de establecer mecanismos políticos y principios de participación popular que obliguen al ejercicio colegiado del poder y establezcan formas permanentes de autocuestionamiento interno, de carácter crítico y autocrítico, que lo limiten y controlen, evitando cualquier deformación (2013, p. 110).

Para ello se ha de distinguir entre la noción de medios estatales y medios públicos. Los primeros se subordinan al gobierno, a un aparato ejecutivo. Los segundos son patrimonio de la República Socialista, obedecen a los intereses de la sociedad en su conjunto.

Mucho se ha debatido en torno a la creación de un Ministerio de Información y Comunicación en Cuba, amparado en una Ley de Prensa que establezca derechos y deberes del gremio periodístico, y asigne por ley el espacio que corresponde a los medios de comunicación dentro de la sociedad. El periodista e investigador Raúl Garcés, decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, aclara sin embargo que una ley de prensa no resolvería, per se, los males de la prensa cubana: 

Ella [la ley de prensa] dotaría de respaldo jurídico el desempeño profesional de los periodistas, reivindicaría a la información como derecho público y articularía de modo más orgánico las relaciones con las fuentes, entre otras ventajas. Pero, alerto, no será la solución de todos nuestros problemas. Varias orientaciones del Partido y el Buró Político precedentes, que, aun sin fuerza legal, tienen la fuerza moral de las instituciones que las originaron, han sido sometidas por las fuentes a la vieja práctica de “se acata, pero no se cumple” (Garcés, 2013).

Aspiro a vivir en un país en el que cada día existan más ciudadanos, que no es lo mismo que consumidores, un país donde la gente se preocupe más por la desigualdad en la repartición de la riqueza, por el cuidado del medio ambiente, por el ejercicio de sus derechos políticos; que por la calvicie, la pasta dental, o los senos caídos. La libertad de consumir, incluso de consumir una mayor cantidad de información, no es sinónimo de liberación humana, si esta no viene acompañada de la posibilidad real para producir contenidos propios. Todo un tema a discutir, porque hay una relación directa entre la producción de sentidos y la politización ciudadana, entre el acceso real al espacio mediático y el acceso a lo público.

Pero hablamos de un país donde prácticamente no existe analfabetismo, y donde hay además miles de profesionales altamente calificados, a lo que se suma una diáspora de cubanos que siguen soñando y queriendo a Cuba, cubanos que más temprano que tarde espero sean asumidos al tronco vital de la nación. En todo ello puede verse un potencial.

El domo que nos circunda y nos contiene está a punto de estallar, el fin del bloqueo es una idea a la cual ya le llegó su momento, y ahora tan solo se trata de una cuestión de tiempo; y también, por supuesto, de que todos empujemos el muro de la hostilidad y del recelo mutuo. El socialismo cubano, más allá del domo, en ese día después de mañana, no es precariedad ni sobrevida. No es contingencia. Es la garantía de contar con derechos humanos que son negados en la práctica totalidad del tercer mundo y cada vez más en los países centrales: Educación y salud pública de calidad. Derecho a trabajar por una vivienda digna. Derecho al ocio. Y también, por supuesto, derecho a la información y a la cultura, a una información y a una cultura que libere, no que enajene, que fecunde, no que castre.

La existencia de medios públicos, no privados, constituye a mi juicio un potencial importante de cara al futuro, ya que permite concebir unos medios con auténtica vocación de servicio social. El mercado tiende por naturaleza a la concentración, y en la esfera mediática la concentración es sinónimo de univocidad informativa, al tiempo de que las grandes corporaciones no son fiscalizadas por la ciudadanía porque nadie les elige. Pero como afirma Julio García Luis, la propiedad social “no puede ser identificada (…) con una estatalización de la prensa, sino, principalmente, como el derecho de toda la sociedad organizada a tener medios” (2013, p. 158).

En el plano mediático son trascendentales los retos a enfrentar. En primer lugar, la superación del organigrama soviético, el cual asigna a los medios de comunicación el papel de instrumentos (herramientas) para la lucha de clases, pero poco aporta en lo referente a la socialización del poder y la función fiscalizadora de la prensa en la sociedad. Se trata de superar la tendencia a la catequesis del comisario político, a la iluminación de la clase de vanguardia, tan característica del socialismo real soviético. A ello se suma la masificación de las tecnologías (ya no nuevas) de la información y la comunicación, sobre todo ese internet que debe acabar de llegar a cada uno de nuestros hogares en Cuba. 

Tradicionalmente lo comunicativo se ha asociado a lo mediático, una perspectiva que obvia el espacio comunitario y la comunicación asamblearia asociada al mismo, un área con un potencial extraordinario en una Cuba que avance en la socialización-masificación del poder. Posicionemos entonces a lo comunitario como el espacio de superación por excelencia del Estado moderno, y por tanto a la comunicación comunitaria como alternativa al modelo tradicional de comunicación, asentado en la hegemonía del Estado. Comunicación asamblearia como espacio de materialización de la diversidad del barrio, de la comunidad; y pienso así en áreas de amplio potencial, como por ejemplo las emisoras de radio comunitarias, con una amplísima tradición en América Latina, pero escaso desarrollo en la isla; pero también, en una dimensión macro, en la publicidad de los debates parlamentarios, germen de una verdadera democracia socialista. A ello se suma el desarrollo y extensión de la blogosfera cubana, que hoy día va dando sus primeros pasos, aunque únicamente dentro del círculo de una elite cultural con acceso a internet, y entre los cubanos de fuera de fronteras.

Termino preguntándome: ¿Es socialista la prensa cubana de hoy? Y más allá de eso, ¿qué entender por prensa socialista? ¿Bastaría para que un periódico fuese socialista que se encontrara en manos estatales, o que no dependiera su sostenimiento de la publicidad comercial? Yo diría que no. El socialismo, como proyecto de futuro, implica trascender el orden impuesto por el mercado-mundo, implica la liberación y el empoderamiento de los sujetos sociales, implica darle voz, darle palabras, a los de abajo, retornar la comunicación al sujeto, lo cual ha de pasar por el advenimiento de una cultura de la información y la transparencia. El socialismo es un reino de libertad en la tierra, o simplemente no es, y como proyecto de lo alternativo tiene el deber de retomar el sentido primigenio de la comunicación, del latín communis, es decir, poner en común, sepultado por prácticas transmisivas, unidireccionales, verticalistas descendentes, que niegan el componente esencial de un cambio real: la participación de los sujetos en el mismo.

Hay que tomar nota de la crisis del modelo comunicativo del socialismo real soviético y también analizar críticamente un conjunto de prácticas (algunas exitosas, otras fracasadas) de los intentos latinoamericanos por revertir la comunicación hegemónica. Se trata entonces de un horizonte hacia al cual avanzar, de una utopía, de la posibilidad de construir un orden social basado en la equidad, en el respeto a las diferencias, en la libertad individual y en los derechos colectivos. Falta muchísimo, quizás falte todo aun por hacer, pero valdría la pena internarlo.

Ciudad de México, 24 de marzo de 2015

Notas:

[1] Ponencia presentada en el Coloquio “Dilemas y perspectivas del socialismo en Cuba hoy”, organizado por el grupo de investigación “Filosofía, derechos y sociedad”, de la Academia de Derecho A, del CHyCS-UACM y el Colectivo RADAR (24 de marzo de 2015, Ciudad de México).

[2] Los sistemas de comunicación pública son organizaciones encargadas de transformar materias y energías, con el fin concreto de proveer a la comunidad de determinados comunicados, informaciones, que les permitan reproducirse y legitimarse desde el punto de vista político, económico y social. Diciéndolo mal y pronto, los sistemas de comunicación son estructuras productoras y distribuidoras de relatos, de visiones del mundo.

[3] Afirma Julio García Luis: “Si decenas de miles de cuadros administrativos y políticos se acostumbraban a actuar sin que su labor quedara expuesta al juicio de la opinión pública, esto podría ser una fuente irremediable de corrupción, insensibilidad, ineficiencia y tendencias autoritarias” (2013, p. 111).

[4] La descripción de esa Cuba derrotada la ofrece pictóricamente el ensayista Rafal Rojas (2006), cuando habla de un mercado sin república, y una democracia sin nación. Ello “quiere decir que La Habana, Santa Clara y Santiago de Cuba podrían convertirse en downtowns con enclaves coloniales, republicanos y revolucionarios, rodeados de populosos cinturones de miseria, sobre los cuales se levantarán expressways que conducen a monótonos suburbs y outskirts de clase media y desembocan en gigantescos malls y cadenas de fast food. En ese escenario, más parecido a San Juan o Río de Janeiro que a Miami o Los Ángeles, deberán actuar sujetos tristemente felices, apáticos y triviales, cursis y relajados, extravagantes y simples, que atisbarán el pasado de Cuba como una prehistoria ridícula, como la absurda tragicomedia de unos extranjeros en la isla: sus antepasados. Ese que, a falta de un gentilicio para la ucronía, llamaremos ‘el cubano de mañana’ no sufrirá de amnesia, porque nunca habrá gravitado hacia la memoria, ni se sentirá huérfano o desorientado, ya que será incapaz de leer las huellas de su linaje. Los únicos vestigios de la nación cubana que lo emplazarán, en cada esquina, será los de la sensualidad criolla: la cocina, el baile, la música, el sexo, la expresión… En el cuerpo, la geografía, el paisaje de la cultura, y no su espíritu, la sustancia inmoral de esta historia: un don que el heredero recibe sin la certeza acreedora del legado” (p. 44).

Referencias:

Garcés Corra, Raúl. 2013. "Siete tesis sobre la prensa cubana". Ponencia introductoria al debate del Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) el 13 de julio de 2013. [En línea] URL http://www.cubadebate.cu/opinion/2013/07/14/siete-tesis-sobre-la-prensa-cubana/#.VQ7gk_yG_xQ Fecha de consulta: 22 de marzo de 2014.

García Luis, Julio. 2013. Revolución, socialismo, periodismo. La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI. La Habana: Ed. Pablo de la Torriente.

___. 2004. “La regulación de la prensa en Cuba. Referentes morales y deontológicos”. Tesis presentada en opción al Grado Científico de Doctor en Ciencias de la Comunicación. Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

Rojas, Rafael. 2006. Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano. Barcelona: Ed. Anagrama.

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