miércoles, 11 de marzo de 2015

Fronteras

Dicen los mexicanos que ellos no cruzan las fronteras, que son estas quienes los cruzan a ellos. El largo costurón militarizado de tres mil kilómetros, que divide a las Américas de costa a costa, es un invento tan reciente como la penicilina y el papel sanitario. Los hombres, que nacieron libres y libres morirán, vivieron siempre donde los agarró el sueño, aquí y allá, arriba y abajo. Hasta que un día las fronteras se fueron escurriendo en el mapa de la historia, un invento de la modernidad para acabar con las guerras inherentes a la atomización feudal y garantizar la paz del comercio, una artificialidad que condiciona nuestra existencia y nos hace ser como somos: Banderas. Himnos. Leyes. Pasaportes. Monarcas y Presidentes. Guerras y Lealtades. Todo marcado por las fronteras.

Nuestra isla, también frontera entre norte y sur, ha tenido en sus escasos cinco siglos de historia la movilidad de un barco trasatlántico. Nacimos anclados a las costas de España, no muy lejos de las Islas Canarias, apenas también a unas millas náuticas del continente africano. Pero nuestro archipiélago, tan pronto fue tomando conciencia del misterio de su individualidad, levó anclas y se acercó a los puertos de la ilustración francesa, inglesa y norteamericana. En el sueño de las élites culturales, fuimos menos españoles para ser menos barrocos y más modernos, aunque en el fondo la inmensa mayoría siguió siendo africana y española, mestiza sincrética y adoradora de oscuros loas que habrían espantado la ética protestante de Max Weber.

Con la República la Isla terminó tocando puerto en Nueva York y también en Boston y sobre todo en el caliente Cayo Hueso, tan cerca este y a la vez tan lejos de lo que somos y de lo que seremos. Y después, con la Revolución, volvimos al África fundacional y a una América Latina de la cual casi nadie hasta ese momento se había sentido parte; y Tricontinental mediante resulta que fuimos africanos y asiáticos, árabes e indígenas prehispánicos, tercermundistas en el sentido más abarcador y libertario del término.

La isla, que en tanto constructo insular nació con fronteras naturales de sales y vientos, isla limitada siempre a la circunstancia acuática, reconstruye hoy en día sus fronteras; y son de nuevo los hombres quienes trazan el mapa de una cubanidad contenida en once millones y medio de isleños en la isla, y expandida a su vez en tres millones más que se reparten a lo largo y ancho del mundo.

Y un día descubriremos que la isla, aparente materialización de lo aislado, es vórtice por donde todo pasa y a donde todo llega, que la isla es antítesis de frontera, de límite, de contención; sino que es puerta a incontables vínculos, puerto de puertos, portal comunicador entre norte y sur, entre este y oeste, entre las culturas de las cuales venimos y con las cuales dialogamos, llave, ahora sí, del Golfo y antemural de las Américas.

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