lunes, 23 de marzo de 2015

El Papa Ratzinger (o cómo logré quedarme en casa descansando un Viernes Santo)

El 29 de marzo de 2012, a las cinco de la mañana, La Habana ya está en pie. Acostumbrados a las concentraciones masivas, todo el mundo prepara en cuestión de minutos un kit de supervivencia básica: gafas y gorra para cubrirnos del sol (han aclarado que no podrá llevarse sombrillas a la “actividad”), una botella con agua, caramelos para equilibrar la glucosa en sangre, y el inevitable pan-con-concretas-nuestro-de-cada-día, que a eso de las nueve de la mañana, ya a punto de comenzar el acto, nos sabrá a gloria.

El punto de concentración es la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, desde donde marcharemos (en apretado y combativo cuadro) hasta el área que nos han asignado en la Plaza de la Revolución. Alguien me aclara que estas áreas son llamadas “corrales” en la jerga de los organizadores, por aquello de que todos somos el “rebaño” de Dios. No me gusta ser concentrado en un corral, por muy oveja de Dios que dicen que sea. Quizás Dios me fría en aceite de oliva hirviendo por este pensamiento, pero es la consecuencia de haber nacido en un país comunista: no me enseñaron a temerle a Dios, de hecho no estoy para nada seguro de su existencia… aunque me encantaría poder creer. Como afirma el poeta Emerson, si Dios no existiera tendríamos que inventarlo, pero nunca un Dios con espada de fuego en mano castigue al que no le teme. Prefiero quedarme con un dios de Greenpeace.

Hay un cuento magnífico de la época de la Revolución Francesa, en la que un revolucionario moribundo se negaba a recibir de manos de un cura la extremaunción. Cuentan que había pasado mucha gente a convencerle, pero el tipo nada de nada, sus convicciones materialistas le hacían rehuir del camino divino. Entonces se acercó un sacerdote y lo convenció en cuestión de minutos.

–¿Le hablaste de la vida eterna?, –le preguntó la gente, –¿Le contaste de la felicidad que implica pasarse la vida a la diestra del Señor?

–No, respondió el cura, –me limité a hablarle de los horrores del Infierno.

Esta mañana la consigna es clara y por demás evidente: No se trata de un acto político, por lo que no se aplaudirá. No se gritarán consignas ni se ondearán banderas. No se saltará mientras se corea aquello de “el que no brinque es yanqui”. Debemos permanecer de pie, si es posible en actitud piadosa, y escuchar humildemente todo lo que tenga a bien decirnos el Santo Padre, que tuvo la iniciativa de venirse a Cuba, donde apenas el 3% de la población va a misa los domingos, pero donde la Iglesia es después del gobierno la institución mejor organizada, con retículas en los rincones más insospechados del país.

A las cinco y media de la mañana comenzó a clarear. Ya a esa hora miles de personas se congregan en las inmediaciones de la Plaza de la Revolución, el corazón político del país durante las últimas cinco décadas. En el punto más importante de la plaza, donde se juntan las miradas del Che, Camilo y Martí, se ha levantado una tribuna desde donde el Papa, legendario sucesor de San Pedro en la Tierra, ha venido desde la lejana Roma a predicar entre nosotros la buena nueva. Juan Pablo II, Pontífice, después Beato y ahora Santo exprés, nos convocó en el mismo lugar en 1998, y desde un altar estratégicamente ubicado a un costado de la plaza, invitó a que el mundo se abriera a Cuba y Cuba al mundo. Lo que no dijo Juan Pablo, es que estas cosas siempre se dan con mucha, muchísima, calma.

Su sucesor, Benedicto XVI, llegó a la Plaza de la Revolución ahora en grande. Catorce años de “creciente entendimiento” entre la Iglesia y el gobierno, de pérdida mutua de desconfianza, le permitieron al heredero de San Pedro oficiar misa a los pies del Apóstol, en el mismo sitio en que Fidel Castro pronunciaba sus grandes discursos. Benedicto XVI fue recibido unos días antes al pie del avión por la plana mayor de la curia cubana, la Conferencia de Obispos Católicos en pleno, la cual soportó estoicamente los treinta y tantos grados de calor húmedo tan característicos de la ciudad de Santiago de Cuba. Dentro de las sotanas negras y con los capelos rojos ardiendo al sol, la alta jerarquía eclesiástica hacía votos para que nadie metiera la correspondiente pata. Y es que es difícil no meter la pata con un Papa alemán, acostumbrado al cumplimiento estricto de los horarios, la etiqueta y el protocolo. Y además, debe ser todo un poema ver cómo se ponen de acuerdo la burocracia vaticana, con dos mil años de praxis ininterrumpida, y nuestra burocracia local, que a veces en tiempos, formas y hermetismos parece inspirada en el Concilio de Trento.

Cuando comienza la misa ya hace un calor insoportable. Primero pasa Benedicto, enfundado en su papamóvil, entre una multitud que le celebra. Es el segundo pontífice que veo, el primero fue Juan Pablo, quien pasó ante mí por la carretera que comunica el aeropuerto con la ciudad, la vez que me llevaron por la escuela para hacer bulto.

Rápidamente me aburro. De Juan Pablo a Ratzinger median diez tomos de teología, y la aversión del segundo por el activismo político declarado. El primero era un Papa futbolista y dominguero. Este es un alemán letrado. Y cuando me aburro converso. Y siempre en la Plaza te encuentran público con el que interactuar, y más si compartes “corral” con media Universidad de La Habana. Hablo y hablo hasta que una señora se me acerca y me manda a callar. No solo me insta al silencio, sino que me acusa de pichón de ateo y castro-comunista. Entre esta beata fundamentalista, y una fundamentalista presidenta de CDR, se me antoja una conexión sospechosa, esa tendencia tan humana a la imposición de un pensamiento único (y para ellos) verdadero. Finjo humildad y me callo la boca, mientras Ratzinger sigue desbrozando letanías ante una Plaza abarrotada y calurosa.

La visita dicen que fue un éxito. La Iglesia tiene el don de la paciencia y el gobierno la capacidad de gotear concesiones. Juan Pablo le tumbó a Fidel el feriado de Navidad. Y todos nos regocijamos cada 25 de diciembre de gozadera laica. Ahora Ratzinger logró con Raúl el Viernes Santo como día de asueto. Y nada, que estamos esperando a Francisco como cosa buena, porque todo indica que ahora sí nos vamos a quedar con todos los feriados de la Semana Santa.

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