martes, 3 de marzo de 2015

El blog de Salvador Salazar, contra la altisonancia y el aburrimiento

Redacción IPS Cuba ipscuba@ipscuba.net

Tomado de:

(en IPS salió publicada una versión más breve, en el blog se incluye el texto íntegro de la entrevista)

Entrevista exclusiva con un bloguero cubano que respeta las opiniones del contrario, pero que cree en lo que cree y, por lo tanto, lo dice.

Salvador Salazar siempre soñó con tener una columna en un diario, pero la imposibilidad de encontrar un sitio de este tipo en los medios cubanos lo llevó a abrirse un espacio en la blogosfera. Se llama El blog de Salvador Salazar, así de lineal, porque dice su autor que sus letras son él, en estado puro. "Así pienso y así veo el mundo", asegura. "Escribo lo mismo para el cubano que espera al domingo para cocinar el pollo de la bodega, que para aquel con un carro parqueado a la salida del efficency en Miami".

Polémico, con amigos lo mismo en Venezuela que en Miami, que cree en la izquierda, en Marx, en Gramsci, y tan sincero que confiesa no saber bailar e importarle un comino que ganen en el béisbol los Industriales o Pinar del Río... Salvador Salazar accedió a dialogar con Cuba 2.0.

¿Qué te motivó a abrirte un blog?

Estudié periodismo porque me encanta escribir. Mi sueño ha sido siempre tener una columna en un periódico, en un gran diario de esos que se leen los domingos, en los que sale una pequeña foto del autor y un gran titular que lo dice todo. No había encontrado ese espacio. Nuestros medios tienen muy pocas páginas y yo no soy ni tan talentoso ni tan grande como para que me dediquen media cuartilla, una vez por semana. Está la Web, que es cierto que no llega a todo el mundo; pero ante la disyuntiva de no escribir o hacerlo para un público reducido, me quedé con lo segundo. Y se disfruta. Se disfruta muchísimo.

Creo que el periodismo debe ser serio. No mentir. No difamar. No insultar. Pero también debe ser hedonista, placentero. A veces, de tanta altisonancia, nos morimos del aburrimiento. Y se puede creer en el mejoramiento humano, en la utilidad de la virtud y en la dignidad plena del hombre y al mismo tiempo gozar en los carnavales. Ahí están Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente Brau, el mismo Raúl Roa. Como dicen los españoles, ellos tenían salero, picaresca.

Hay un conjunto de palabras que yo desterraría del vocabulario periodístico: intransigente, glorioso, heroico, aguerrido, inquebrantable. Una cosa son las letras que se escriben sobre el mármol y otra el ejercicio de una profesión que debe enamorar al lector. Se puede decir lo mismo sin tener que ponerse uno el gorro frigio y cantar La Internacional.

El blog se llama de Salvador Salazar para remarcar, desde el cabezal, que no obedece a ninguna línea editorial, que soy yo en estado puro. Así pienso y así veo el mundo. Claro, no me olvido de mi contexto. Como diría Ortega y Gasset, soy yo y mi circunstancia. Quien escribe es un joven cubano, miembro de la Unión de Periodistas de Cuba, que le debe todo lo que es y todo lo que será a la Universidad de La Habana; que tiene amigos donde puede hacerlos, lo mismo en Venezuela que en Miami; que respeta las opiniones del contrario, pero cree en lo que cree y, por lo tanto, lo dice. Y yo creo en la izquierda, en Marx y en Gramsci. Me quedo con el Lenin pragmático de la NEP y, pese al triunfo sobre el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, sepultaría a Stalin en el basurero de la historia. En muchos sentidos contaminó a la izquierda con una cultura verticalista más propia del imperio zarista que de la praxis libertaria que ha de acompañar a la revolución de los que nada tienen.

Escribo también para controlar la neurosis que provoca el paso del tiempo y el hecho de vivir en un barrio de mierda donde el tiempo es sinónimo de depauperación. Ahora estoy estudiando un doctorado en el DF mexicano, pero mis orígenes, lo que soy y lo que probablemente seré, están indisolublemente ligados a mi Lawton profundo, al polvo y al churre, a la cultura de la guapería y el reggaetón, a la desesperanza. Escribir es luchar contra eso.

¿Para quién escribe Salvador Salazar?

Mi lector modelo es un tipo (o una tipa) de treinta y pico de años, como yo. Con niños o sin ellos. Con un perro o un gato. Con un afiche de los Van Van en la sala de la casa o una serigrafía de Sosa Bravo. Con el pollo de la bodega esperando a que llegue el domingo para ser cocinado, o el carro parqueado a la salida del efficency en Miami. Me da igual. Eso sí, escribo para alguien a quien todavía le quede algo en las entrañas. Alguien que sufra. Que ame. Que se moleste con las cosas que están mal. Alguien a quien no le dé lo mismo. Cuando la gente se convence de que no puede cambiar el mundo, entonces todo, absolutamente todo, está perdido.

Me encantaría escribir también para las amas de casa de mi barrio, para el carnicero, para el cuentapropista forrador de botones, para el médico y el ingeniero; pero desgraciadamente el cable que hace tanto salió de la Guaira venezolana no acaba de llegar a mi Habana profunda. Algún día, cuando la Virgen del Chiquinquirá se ponga de acuerdo con nuestra Caridad del Cobre y, sobre todo, con la mediación del San Patricio yanqui, las puertas que nos bloquean se abrirán. Sueño con ese momento. Está llegando.

Uno puede encontrar en tu blog de todo un poco: desde los balseros, el primero de mayo, tu ciudad, los amigos que ya no están... todo pasado por el prisma de tu visión muy personal sobre cada asunto ¿De qué no puede dejar de hablar Salvador Salazar? ¿Cuál crees que sea el papel de un bloguero?

En el verano terrible de 1994, cuando las balsas, yo era todavía un niño. Creo que eso me marcó para toda la vida. La crisis de los balseros hizo aflorar nuestros más oscuros demonios. En cierto sentido volvimos a las cavernas; fueron años duros, durísimos, que marcaron el inicio de una angustia existencial que no acaba de conjurarse. ¿Qué será de Cuba? ¿Qué será de los cubanos, de aquí a 200 o 300 años, cuando ya no estén los que están, ni los que vendrán, ni los que sigan a los que vengan? Esa angustia creo que sale de un modo u otro en cada texto de mi blog.

Eso de ser un bloguero me parece más un vendedor de maní que un intelectual. Prefiero quedarme con la definición tradicional y rotularme simple y llanamente como periodista, escritor, sujeto crítico; es decir, con la voluntad necesaria para tomar distancia del objeto (sea el que sea) y racionalizarlo. ¿Qué te voy a decir del papel de un bloguero, de un periodista, en una sociedad? Es la misma que tenía el menanti (noticiero) renacentista, la misma por la que abogaron los padres de la ilustración europea y americana. Nada ha cambiado. Se trata de dotar de relatos a una determinada comunidad, relatos que le permitan reproducirse y cohesionarse como grupo social. El periodismo ayuda a mejorar la sociedad, a transformarla.

México, Cuba, Venezuela... ¿se bloguea igual desde —y sobre— cada una de estas realidades? ¿Qué le han aportado cada una a ti y a tu blog?, ¿qué preocupaciones sobre tu entorno te persiguen a cada lugar que vas?

A estas alturas del campeonato, medio siglo más tarde de nuestra particular toma de la Bastilla, algunos se preguntan si la Revolución Cubana no fue una especie de conjura para que una determinada generación se hiciese del poder. Pero basta caminar un poco la América Latina para entender que estamos parados sobre un barril de pólvora. Ayer mismo andaba en el metro del DF y se me acercaron dos niños de 4 o 5 años, la edad de mi ahijado. Hablaban entre ellos alguna de las muchas lenguas de los pueblos precolombinos. Sin darme tiempo a reaccionar, se lanzaron al suelo para limpiarme los zapatos a cambio de una moneda. Es terrible. Es irracional que en una de las veinte primeras economías del mundo un niño indígena se arrastre a cambio de una moneda. La modernidad capitalista y mercantil nos llevó al cosmos e inventó las computadoras y la penicilina, pero se asienta en el dominio absoluto de los que tienen sobre los que no. Eso no funciona. El orden social es insostenible. La pregunta radica entonces en qué orden lo habrá de sustituir.

Cada país es una realidad diferente y los cubanos, isleños aislados, nos hemos impuesto una cultura monocromática. Y hay que aprender a respetar las diferencias. Que si eres negro, que si eres gay, que si eres indígena, que si te gusta Maná o los Rolling Stones, es tu decisión, tu modo de vida y hay que respetarlo. La República, ese sueño que venimos construyendo, ha de ser el espacio donde quepamos todos, absolutamente todos. La Revolución Cubana visibilizó a los de abajo, a los parias del reino de este mundo. Dio salud y educación a los carboneros de la Ciénaga de Zapata, subió la cultura a las montañas del Escambray y la Sierra Maestra, fundó escuelas y hospitales, nos permitió acceder mediante precios risibles a los teatros y al cine. Ahora se trata de hacer una Revolución 2.0., de empoderar a estos sujetos que ya están escolarizados, que son cada vez más diversos como diverso es el mundo.

Tuve la oportunidad de estudiar un año en Salamanca y de paso enamorarme irremediablemente de España. Creo que ese es el único país donde los cubanos no nos sentimos del todo extranjeros. Ellos, los españoles, se dicen europeos, pero en el fondo de su alma son latinoamericanos. El modelo de convivencia democrática española, como bien sabemos, está en plena crisis. Allí está la eclosión del partido Podemos como un ejemplo de la ira ciudadana en contra del bipartidismo. Pero los españoles aprendieron a convivir respetando las diferencias después de matarse los unos a los otros en una guerra civil espantosa. Cuba ha tenido en cierto modo un destino similar al de la Grecia Antigua, nuestra cultura se ha venido expandiendo a diferentes lugares del mundo y, sobre todo, al territorio de la América continental. Allá está, por ejemplo, la ciudad de Miami que es hoy, gústele a quien le guste y pésele a quien le pese, una extensión cultural de la isla grande. A los cubanos nos une muchísimo más de lo que nos separa. Y hay que concentrarse en eso, en lo bueno, en ese patriotismo del que hablaba Félix Varela, que no es más que el amor que tiene todo hombre al país en que ha nacido y el interés que toma en su prosperidad. Esa es mi preocupación y por lo tanto, es algo que me acompaña, esté donde esté y vaya adonde vaya.

Tu sentimiento de cubano que vivió en carne propia la caída del campo socialista es un sello que distingue a cada uno de tus textos ¿En qué medida tu experiencia de vida ha incidido en tu manera de ver la cubanía? ¿Qué es, para Salvador y los jóvenes de su generación, ser cubano?

A los 32 años ya eres irremediablemente cubano. Un cubano atípico, eso sí. No sé bailar, no tomo ron, no me gusta la cerveza, me importa un comino que ganen en el béisbol los Industriales o Pinar del Río. Pero me emociono con Cuba. Me emociono de una forma patológica. Vengo de una familia donde Cuba siempre ha estado muy presente. Una tía abuela vivenció la Reconcentración de Weyler, algunos parientes fueron mambises, mi abuela en sus tiempos de estudiante normalista se enamoró de Julio Antonio Mella. Al final terminó casándose con mi abuelo, que era catedrático y guardó prisión por oponerse a la dictadura de Machado. Un profesor de literatura con ideas que, desde el simplismo, llamaríamos conservadoras; era amigo de Enrique José Varona y de Sanguily. No sé. De algún modo todo eso lo llevas dentro y necesitas soltarlo. Una vez me encabroné con una inspectora del gobierno municipal. Fue a ponerme una multa porque estaba construyendo y tenía escombros en la puerta de mi casa. No me los podía comer. Mi barrio está lleno de porquerías y aquella mujeruca se concentró en mis escombros. Le dije que nosotros estábamos allí antes de que ella llegara, que ella era tan solo una oscura inspectora, y que en definitiva nosotros estaríamos de algún modo después que ella fuese sustituida. Y en efecto. Así ocurrió. Pero, claro, me quedé con la multa puesta. Podría verse esto como una filosofía de vida un tanto pequeño-burguesa. Pero ¿qué intelectual no es irremediablemente pequeñoburgués?

La caída del campo socialista fue, en lo económico, una desgracia de la que aún hoy no nos hemos recuperado. Pero en lo espiritual fue una bendición. Aquello no era socialismo, porque el socialismo ha de ser un reino de libertad en la tierra. La caída del campo socialista nos devolvió a José Martí, a la generación del 30, a los padres fundadores de la patria cubana. Los tiempos históricos son inmensos en comparación con la brevedad de la vida humana. A la larga, Cuba (y la cubanía) saldrán fortalecidas de esta crisis.

De mi generación no hablo. ¿Quién soy yo para generalizar? En todas partes y en todos los tiempos hay mentecatos y también muchísima gente brillante. Solo espero que la crisis, la angustia existencial del vivir diario, no haya acabado del todo con los grandes valores que nos sustentan como pueblo, que todo no termine en la chusmería, en el culto a la pacotilla y en los problemas cotidianos.

¿Qué otros blogs sigues? y más allá de blogs ¿qué te gusta leer?

Cada día, a las cinco de la mañana, comienzo la jornada leyendo Cubadebate y El Nuevo Herald de Miami. De ahí salto para El Universal de Venezuela y Correo del Orinoco. Leo también cada día El País de España. El tiempo no da para más. Leo lo que puedo y lo que encuentro. No soy fanático de nada, pero en el mundo de hoy día hay dos personas que admiro muchísimo, y por lo tanto intento seguir. Uno es Pepe Mujica, que dentro de poco dejará la presidencia del Uruguay. Un hombre franco, que dice lo que piensa. Es tan sincero que a veces se olvida que se trata de un político. Mujica, con su frugalidad y su pragmatismo, me llena de esperanzas. El otro es el Papa Francisco. Al principio decían que era un facha, un tipo de derechas, pero ha hecho más de lo que cualquiera se hubiese imaginado. Y hay que agradecerle que haya intercedido porque las cosas se acaben de arreglar entre Estados Unidos y Cuba.

¿Qué aportes crees que tienen los blogs cubanos, y en particular el tuyo, para transmitir una visión más completa de la Cuba contemporánea?

Quisiera trascender la idea de que la función social de un medio de comunicación es básicamente descriptiva. Los medios no están solo para describir la realidad, sino para interpretar, para problematizar, para cuestionar, para complejizar. No creo que mi blog contribuya demasiado a trasmitir una visión más completa de la Cuba contemporánea, es solo una pequeña gota en un océano de ceros y unos, en un océano donde desgraciadamente los cubanos que viven en Cuba encuentran muy pocos puertos, dados nuestros problemas con la conexión a internet. Pero me encantaría contribuir en algo a mejorar mi país, a mejorar mi realidad. Y si no lo logro, al menos lo intento.

A menudo recurres, con un sentido del humor muy propio, a determinados símbolos, quizás para reforzar una imagen más gráfica de Cuba: el picadillo de pavo congelado, la croqueta Prodal, las uñas acrílicas, el yogurt de soya ¿Podrías regalarnos una descripción de Cuba en símbolos de este tipo?

Solo Dios sabe cuánto me gustaría superar la croqueta Prodal y el yogurt de soya. Quisiera hablar de poesía, de angustias existenciales como las que tienen los pueblos nórdicos, de las obras del metro de La Habana, de las primeras olimpiadas en Cuba. Estoy cansado de oír que somos un pueblo pobre y sufrido. Está bueno ya. Tenemos cientos de miles de profesionales, todos sabemos leer y escribir. Nos sobra salud y dientes en la boca. Hay que refundarse. Dejar esa vocación tercermundista y dependiente y echar para adelante. Flexibilidad. Pragmatismo. Buena voluntad. Los once millones que estamos en Cuba y los dos o tres millones de la diáspora.

Cuba es más que todas esas cosas, más que nuestro horroroso mercado interno –te puedes pasar una semana detrás de un rollo de papel sanitario-, más que el calor y los ómnibus llenos, más que la cultura de la uña acrílica y del mulo que trafica con ropa ecuatoriana llena de lentejuelas, más que esos balcones apuntalados y esos edificios de apartamentos soviéticos que parecen salidos de un relato de Kafka. Cuba, esa que llevamos dentro, es todavía un país en construcción, un país tan reciente en la historia que aún está definiéndose, encontrándose, situándose en el mapa. Falta aún muchísimo por hacer. Ahí está el lienzo de la cubanidad y ahí están los pinceles. Si lo hacemos mal, podemos terminar convirtiéndonos en el Guernica de Picasso, aunque yo apuesto por un lienzo de Flavio Garciandía: Todo lo que necesitamos es amor.

Ciudad de México, 23 de enero de 2015

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