martes, 24 de febrero de 2015

Tlatelolco


Mas, ¿qué en ti busca mi anhelante vista
con inútil afán? ¿Por qué no miro
alrededor de tu caverna inmensa
las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
que en las llanuras de mi ardiente patria
nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
y al soplo de las brisas del Océano,
bajo un cielo purísimo se mecen?
“Oda al Niágara”, José María Heredia

Miércoles de Ceniza en la explanada de las tres culturas: El ajolote (pez caminante) nadando entre los antiguos canales prehispánicos; la Iglesia con sus torres europeas y sus altares nevados; y afuera, especie de frontera entre “barbarie” y civilización moderna, los edificios de prefabricado que circunscriben la plaza.

Tlatelolco se extiende bajo el sol fuerte de las cumbres del Valle de México. Santiago Apóstol, caballero de la cristiandad, junto a Cuauhtémoc, último de los grandes tlatoanis del imperio azteca, el estratega-artista a quien, como Boabdil de Granada, tocó rendir al león español la gran ciudad de Tenochtitlán. Murieron cuatrocientos mil aztecas en la batalla final. ¡No pasarán! Hoy nadie los recuerda. Los muertos son polvo en el polvo y tiempo en el tiempo.

Comienza la Cuaresma, la gran estación de invierno de todas las putas de la cristiandad. La iglesia consagrada a Santiago, agrietada ya por tanto terremoto y por tanto construir lo mismo con las mismas piedras de raíz volcánica, es hoy un gentío de ayuno y culpa, un gentío rodeado por los puestos de frituras de maíz y los tacos de canasta. Todo es mejor con maíz, hasta la fe.

Entra el penitente y sale con una cruz de ceniza dibujada en la frente, cenizas fabricadas con la quema de los guanos benditos del año anterior. El cristianismo es también una religión de ciclos, una religión pagana. Hace un año celebraron la entrada del Salvador a Jerusalén, asistieron después al suplicio y a la crucifixión, y por último al testimonio del renacimiento y la vida eterna. Como el grano de maíz, que se siembra, crece, se multiplica y muere; como las fases de la luna y el sangrar de las mujeres: todo orden no tiene ni principio ni fin, solo múltiples recomenzares que se pierden en la noche oscura de los tiempos.

Para historias está Tlatelolco, el sanctasanctórum del barroco americano, donde todo se amalgama, donde todo es posible. El honor y la gloria. La violencia insensata. Nadie sabe cuántos muchachos cayeron en la matanza absurda del Sesenta y Ocho. En Tlatelolco la utopía quedó clausurada, los represores se encargaron de que el cielo no fuera tomado por asalto. Tan solo quedaron las ánimas, como las ruinas de los viejos templos, testigos del ejercicio absurdo del poder sobre los hombres.

Pero allí, a la entrada del templo católico, a un paso de lo que otrora fuera el mercado más grande del imperio azteca, sobre los restos de las antiguas pirámides, hay una tarja dedicada a México y dedicada a América:

El 13 de agosto de 1521
Heroicamente defendido por Cuauhtémoc
Cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés.
No fue triunfo ni derrota
Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo
Que es el México de hoy.

Hay infinita humildad en esta fórmula, y no negaré también que hipocresía de cultura barroca, caldosa turbia de notables virreinales y políticos republicanos, que buscaban en “la paz” y en “la concordia” la perpetuación de un orden social excluyente. Pero en esa fórmula está también el sueño de la paz, su posibilidad concreta, la piedra sobre la cual levantar el Estado en América Latina.

Perdieron los menesterosos porque nació un modelo de Estado asentado sobre el olvido sistemático de las grandes mayorías. Un orden muerto porque en su corazón no había ciudadanos, seres cívicos, politizados, interesados en la cosa pública, en los asuntos de la colectividad. Los cuatrocientos mil que murieron peleando bajo las órdenes de Cuauhtémoc eran soldados, como los miles de campesinos que pasaron de servir al Tlatoani a reverenciar a su Majestad Católica; a votar más tarde en las elecciones, a remover sus harapos al son de los grandes caudillos, pastores de hombres. Pobres iletrados que no tienen modos de ejercer su libertad, el gran drama de una América Latina dividida en castas.

Y yo, mientras tanto, como Heredia, me pongo a buscar las palmas en la perplejidad del Niágara. Y yo, como Heredia, pensando en el alumbramiento de un pueblo nuevo como es el mío, que escriba un epigrama como este en su loza fundacional. Con todos, dijo Martí, y para el bien de todos. Sin vencedores ni vencidos. Ciudadanos todos. Solo así, de ese modo, el país que vendrá podrá atemperar la ambivalencia neurótica entre la consagración del McDonald’s y el no pasarán a ultranza.

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