lunes, 9 de febrero de 2015

Las paredes blancas

 
Hogares de paso, nidos de recién casados, recién llegados y recién comenzados. Puertos donde carenar la tormenta del divorcio. Sin perros y sin niños. Sin muebles y sin recuerdos. La casa que se resetea de gente cada nuevo amanecer: los gritos y el polvo, las marcas del tiempo, la sangre y la felicidad, los cadáveres de nuestras desgracias, la foto del Escambray, el libro de Salamanca, un pequeño cuadro donde se ve el mar y un pescador bajo la luz del trópico habanero, las imágenes de los muertos: Colonia, República, Revolución y Tiempos Presentes, cinco o seis generaciones que pasaron por el mundo antes que tú, con sus dramas y sus goces particulares. Genes de tus genes… Todo se lo traga el blanco de las paredes, un color para comenzar de nuevo, en paz con la historia, o mejor, sin ella.

La casa blanca es como el lienzo desnudo al que se enfrenta el pintor, o la página en blanco ante la que temblaba García Márquez. Un útero, una posibilidad, tan solo una posibilidad de algo. Recomenzar desde cero. Estrellarse o triunfar.

El casero que te entrega las llaves y mira con desconfianza tu parco historial crediticio, que es también un mundo de paredes blancas. El casero que te pide que defeques con mesura para no tupir los caños, que no manches de vino sus inmaculadas paredes, que hagas el amor solo lo justo, y de ser posible guardes los viernes para no ofender el puritanismo del prójimo, traer pocas visitas y nunca a un gato, a una guitarra o a un político, no escuchar música con el volumen alto, y menos tararear estribillos incomprensibles que hablan de la locura, el amor y la soledad de una isla del Caribe.

Caminas por la casa igual que si fuera un museo de arte abstracto. Las manos anudadas tras la espalda, el aliento contenido del forastero de provincia ante un deslumbrante anuncio de neón. Te inhibe aquel blanco inmaculado que recubre e impersonaliza todo, hasta a ti mismo, que eres ahora un ente sin recuerdos, una no-memoria, un consumidor que paga la renta con puntualidad (de otro modo perderías tu reino de paredes blancas), que va al trabajo o a la universidad, que hace sus abluciones en el Ganges del supermercado de la esquina… que podría ser hasta feliz… pero que en el cine llora cuando ve películas que describen el mundo más allá del blanco: los jardines de rosas y los libros de suave carátula, la plenitud azul del mar, la melancolía gris de los atardeceres, la complejidad polícroma que conjura el blanco espectral de los fantasmas.

Porque ya no estás Allá ni de Allá eres. Y tampoco estarás nunca Acá del todo, ni del todo serás de Acá.

Pero un día, pese a todo, llegará la primera rosa y el primer jarrón que la contenga. El primer olor de café y la perplejidad del maíz. Reirás con los chistes del televisor y te conmoverán unas noticias que hasta hace poco eran abstractas desgracias internacionales.

Y pintarás esas paredes de rojo y de azul, el color de lo que eres; pero también de verde y de amarillo, de negro y de magenta, de todos los colores con los que sembrarás tu árbol y conquistarás por fin el reino de las paredes blancas.

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