lunes, 2 de febrero de 2015

Jagüey

Desde mi ventana veo el árbol más bonito de toda la Ciudad de México. Es verde, por cierto, como son casi siempre los árboles, incluso los pinos plásticos con los que celebramos la Navidad y los grandes cipreses que se plantan a la entrada de los cementerios. Particularmente en el tronco del árbol que alegra mi ventana mean los perros y los adolescentes del edificio aprovechan su sombra para apretarse, con un entusiasmo solo concebible en una sociedad que lleva al límite la represión moral judeocristiana, y en consecuencia estalla cada vez que encuentra algún espacio de libertad. El árbol tendrá treinta o cuarenta años, así que con toda seguridad fue plantado durante el larguísimo reinado del PRI sobre la tierra, cuando la ciudad explotó en el valle ancestral, transformándose en esta locura demográfica, ecológica y civilizatoria en la que se ha convertido el viejo Tenochtitlán azteca.

Es un jagüey, o al menos me recuerda el jagüey cubano, un árbol que resiste ciclones y otros cataclismos, un árbol que de algún modo (me) abre un paréntesis entre la contaminación y el tráfico del DF, entre los recuerdos de aquí y de allá, y (me) traslada irremediablemente a (mi) isla mayor, a (mi) Cuba siempre ambivalente entre norte y sur, sobre y rodeada por la circunstancia acuática.

Mi primera experiencia laboral fue precisamente en un pueblo del occidente de Cuba llamado Jagüey Grande, concretamente en una escuela de mierda perdida entre un mar de naranjales, sembrados durante un arranque de voluntarismo agrícola: Seríamos el primer productor de naranjas de todo el Caribe. El primer productor de toronjas latinoamericanas. El primer exportador de mandarinas del hemisferio occidental. Nuestros cítricos se consumirían desde el Berlín Oriental hasta Vladivostok, pasando por el espacio tercermundista descolonizado. Por desgracia, las plagas y sabe dios qué más nos jodieron aquel sueño, y finalmente los campos produjeron, más que críticos, unos insectos color de fuego que en las noches se escurrían por cada rendija de la escuela.

Fue en julio de 2006, un verano de esos que parece sacado de una historia de William Faulkner. Al mediodía, después del almuerzo, te asomabas desde un balcón de la escuela a contemplar una carretera por la que no transitaba ni un alma, y pensaban que en cualquier momento verías pasar por ahí, más que el cadáver del imperialismo, los restos mortales de Addie Bundren, en aquella peregrinación surrealista que hizo la familia en busca de una sepultura digna en la tierra de sus mayores. Impartí allí durante dos meses unas clases de comunicación para el cambio social. Paulo Freire y Antonio Pasquali entre aquellos naranjales de finisterra. Simón Bolívar arando en un mar de cítricos.

La modernidad (e incluso sus detractores) siguen empeñados en domar a la naturaleza y al hombre. Caminos y carreteras. Leyes y símbolos. Te envían a la escuela para aprender una larga lista con todos los nombres de los reyes muertos, y cuando la sepas entera memorizarás los nombres de los héroes republicanos, vencedores de los reyes, y más adelante la de los númenes que han emprendido las grandes revoluciones por las que los hombres matan y mueren. Todo debes saberlo para convertirte en un ciudadano de bien. Un ciudadano que produce y defeca. Que lee el periódico y paga sus impuestos. Que no resulta problemático porque dice que la política es cuestión de los políticos y la pasta de dientes una preocupación cotidiana.

Sólo muy de vez en cuando nos quedan los árboles para recordarnos la libertad de la vida, que estaba antes y estará después de los decretos-leyes a partir de los cuales se planifica el mundo. Los árboles, incluso los naranjales, que no los gobierna nadie. Al menos eso siento yo cuando abro mi ventana y contemplo la vista más bonita de todo México.

1 comentario:

  1. Salvador, encontre' tu blog ayer por pura casualidad. En dos dias - no tengo mucho trabajo en estos dias, es verdad - me lo lei completo. Me gusto' mucho. Sigue escribiendo, amigo, esperare' nuevas entradas.
    Gracias por tu talento.

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