lunes, 16 de febrero de 2015

Ciatalgia

Viernes de ciatalgia. Qué bonito cagarse de dolor a los treinta y dos años. A esa edad se anota uno en Greenpeace y se pone a defender la caca de las ballenas en Nueva Zelanda. A Cristo lo crucificaron con treinta y tres, después de un año de activismo político en el Medio Oriente. Lo subieron a la Cruz bien jodido… pero sin ciatalgia.

Mientras tanto, a ti te duele la espalda y descubres que toda la gloria de mundo se va a la mierda a causa de un nervio o una vértebra mal posicionada.

Entonces consultas al médico. Con pena. Porque ya está dicho: esta es una edad para pasártela templando, y no con un dolor de viejo reumático y apapachado.

Pero tienes ciatalgia. Y todo duele como la madre.

El médico que está merendando, te dicen, pero al final llega. El médico que tiene ojos burlones, prehispánicos, virreinales, republicanos; y no se pone la bata blanca, el palio bajo el cual se inviste de las dignidades de su profesión, desde Hipócrates a los médicos generales e integrales que, como el azúcar de otro tiempo, los cubanos exportamos a lo largo y ancho del enfermizo mundo. El médico que pide que te quites la camisa y te pongas de pie en el centro de la consulta.

Y ahí te quedas. Sin camisa. Como un preso de Auschwitz a punto de ser gaseado, despojado de tu poca dignidad, tiritando por el frío mañanero del DF mexicano y también por el dolor, culebra venenosa que recorre tu espalda, desde el cogote hasta el umbral de las nalgas.

Te mueves y te duele.

Caminas y te duele.

Estornudas y te duele.

Y mientras duele eres menos tú. Eres más nada. Eres menos algo.

Pero el doctor todavía no habla de tu espalda. Quiere saber primero quién eres, qué haces, cuál es tu lugar en la vida.

Sí. Que eres cubano. 

Y ahora el doctor quiere saber si regresarás a tu país cuando termines los estudios.

Y tú, que de vez en cuando concientizas que eres humano, ser con derechos, recuerdas que no estás en Auschwitz ni en un cubículo de interrogatorios de la Stasi, y le preguntas que para qué coño él quiere saber si regresarás a Cuba. Porque venimos a hablar de una espalda. No de Cuba.

Podrías preguntarle a él si vota por el PRI. Por el PAN. Por el PRD. O si se abstiene. Podrías preguntarle dónde cojones están los 43 muchachos de Ayotzinapa. Podrías preguntarle qué pasa con México, donde el 1% de la población acapara la mitad de la riqueza nacional. Podrías preguntarle al médico si tiene mujer. Si se la tiempla. Si se le para. Si le facilita un orgasmo a la semana.

Podrías preguntarle cualquier cosa. Cualquiera. Porque él te sigue preguntando. Estuvo en Cuba. Conoce Cuba. Y al parecer Cuba es su hobby, como los bonsáis o los sellos.

Y Cuba te duele ahora más que tu espalda. ¿Qué coño hace tu Isla, tu Isla entera, dentro de la consulta de un traumatólogo de la Ciudad de México? Tú viniste a hablar de tu espalda. De tu pobre espalda malnacida. Y no del imperialismo yanqui. Ni de Obama. Ni de Porfirio Díaz. Menos de Fidel Castro y del destino recondenado de los pueblos de la América Latina. Para eso está la Asamblea General de las Naciones Unidas. Para eso están tomando café la Roberta Jacobson y la Josefina Vidal. Están los líderes y los presidentes. Los pioneritos y las federadas, los carretoneros y los forradores de botones de la patria cuentapropista.

Tú fuiste a hablar tan solo de tu espalda atormentada, de tu espalda marxista que no tiene otra cosa que perder que las cadenas.

Pero no. No hay tiempo para eso. Cuba va. Cuba sigue yendo.

El médico no te toca. El interrogatorio y las tribulaciones de la cubanidad terminan con una orden: virarse de espaldas y levantar los brazos, de modo que parezcas una imagen de Goya, exactamente uno de los fusilados del 3 de mayo. De lejos el doctor te examina. De lejos el doctor te receta.

Y eso es todo.

Cinco inyecciones. De lunes a viernes. Vitaminas que debes comprar en la farmacia. Ejercicio algún día. Cuando se pueda.

Y de nuevo Cuba. Cuba al final como al principio. Cuba, como Atlas, cargándola sobre tus espaldas. Cuba sobre tu espalda, ciatalgia de la vida, Isla grande y mil cayos adyacentes, bullendo, como mosquitos, entre las vértebras.

La maldita circunstancia de soportar un dolor de espalda en México.

La circunstancia. Maldita.

No hay comentarios:

Publicar un comentario