lunes, 26 de enero de 2015

17D

Como cada año, mi vecina esperó con fiesta la víspera del San Lázaro, el santo mayor de los perros y los leprosos. Babalú Ayé, milagroso abridor de caminos. A las doce de la noche se encendieron los tabacos y el altar morado, a media marcha entre el credo católico y la religión africana, se llenó de humo y de ron. La gente de mi barrio tocó las maracas y desfiló frente a la imagen de yeso, pidiéndole salud, protección y buena vibra para los tiempos futuros.

Hace unos meses el hijo de mi vecina se “tiró” en una lancha casera rumbo al norte revuelto y brutal. Dice que por poco llega. Cuenta que ya se veían las luces de la Florida cuando el guardacostas gringo los sorprendió. Fueron encañonados al momento. Nadie hablaba inglés en la balsa. No entendieron qué se les decía; solo que unos días más tarde estaba nuevamente en el barrio, intentando recuperar el televisor de plasma que había empeñado para pagar su billete en la lancha.

Los cubanos de este lado del charco tenemos con los Estados Unidos una relación que va del odio a la fascinación. Somos una pequeña islita a la sombra de la primera potencia del siglo XX. Junto a México, compartimos la frontera entre esa América Latina que aún reza a Jesucristo y aún habla en español, diría Rubén Darío; y el norte anglo, ese Alejandro-Nabucodonosor que subsume culturas e identidades.

Pero ahora el San Lázaro de mi vecina nos concedió el milagro mayor por el que rezamos catorce millones de cubanos, once de ellos habitantes de esta isla y el resto noventa millas más al norte: que se abriesen de una vez los caminos entre los de acá y los de allá. A las doce del día del 17 de diciembre hablaron Raúl Castro y Barack Obama. Fue el típico relato aristotélico-hollywoodense de los finales felices. Demostró a este mundo loco y enceguecido de violencia que todavía se puede hablar. Que se puede negociar. Que se puede llegar a un consenso. Y ganó Cuba. Cuba entera. Desde la Punta de Maisí hasta Cayo Hueso. Desde la Ermita de la Caridad hasta el santuario del Rincón. Todos los cubanos. Los de La Habana. Los de Mayami. Los de Madrid.

No será fácil el arte de la reconciliación. Los cubanos, un pueblo joven, recién inventado, somos buenos hablando y pésimos en el arte de escuchar. Cuesta tolerar las ideas del contrario. Y hay cubanos negros. Cubanos blancos. Cubanos mulatos. Cubanos comunistas y cubanos fundamentalistas del libre mercado. Cubanos heterosexuales y locas de carroza. Pero si somos cubanos, es decir, si apostamos por la prosperidad de la isla y de sus cayos adyacentes, debemos dialogar. Ponernos de acuerdo. Apostar por un futuro que al fin es hoy presente. Y avanzar.

Regresaron también a casa Gerardo, Antonio y Ramón, después de estar quince años presos en los Estados Unidos. Aquel que esté más de una década en una cárcel sin que se le afloje el alma, merece ya todo el reconocimiento del mundo. Por valientes, por seguros de sí. Son personas dignas, y después de escucharlos hablar comprobamos que también son tipos normales. Por cierto, los pude ver de lejos en el concierto que ofreció Silvio Rodríguez en el parqueo del Estadio Latinoamericano. Nunca había visto tan contento a Silvio, parecía un niño de lo feliz que estaba.

Por esos días fui también al teatro. El actor Osvaldo Doimeadios, genial como siempre, se puso a joder con el tema del deshielo, y afirmó que pronto abrirían en La Rampa el primer McDonalds y en Hialeah el primer Comité de Defensa de la Revolución (CDR). Vi también en pleno Vedado habanero el primer musical de Broadway que se estrena en Cuba en cincuenta años. Se trata de Rent, una historia ambientada en el Nueva York bohemio de los años noventa. Willy Chirino sonó esa noche en el club El Sauce, en la peña que conducen el trovador Frank Delgado y el actor Luis Alberto García, y mientras duró la música todos evocamos aquellas medias negras que nos siguen robando el corazón. Como ocurre casi siempre, la reconciliación comienza primero por los caminos del arte.

El 17 de diciembre de 2014 comenzó a trazarse el camino de la paz. Una paz que todos tendremos que ayudar a construir. Sin resentimientos. Con humildad compartida. No será fácil. El deshielo no va a resolver por sí solo los grandísimos problemas de nuestra vida, pero es sin duda un paso en la dirección correcta. San Lázaro, como Moisés, abrió las aguas que dividen el Estrecho. Hagamos lo posible para que no vuelvan a cerrarse.

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