domingo, 22 de noviembre de 2015

Brevísima plegaria centroamericana


Año de mierda este que termina con sangre y gas pimienta. Yihadismo en Beirut, Paris y Bamako, y unos milicos hijos de su madre gaseando a casi 2 mil compatriotas míos en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua. Migrantes no son. Nos dicen. Son delincuentes. Nos dicen. Analistas consideran que son emigrantes pequeño burgueses, decadentes y pitiyanquis, a quienes les dio por hacer lo que hacemos todos los americanos desde que nuestros padres cruzaron el Atlántico por vez primera hace cinco siglos. Movernos. Andar. Buscarnos la vida donde mejor lo estimemos. Analistas, por cierto, a quienes me gustaría conocer personalmente algún día, e invitarlos a un café con leche para que me iluminen con la claridad de sus argumentos.

¿Por qué se van? ¿Les lavó la mente la sociedad de consumo? ¿Se cansaron de la frugalidad de la botella de aceite y el caldito de pollo en el quiosco del barrio? ¿Es demasiado tentador el premio de la Ley de Ajuste Cubano? Eso no me importa. Importa que son cubanos. Ciudadanos de un gran país. Hijos de una gran nación. Hermanos nuestros. Y nadie gasea a un hermano sin que esto tenga consecuencias. Nadie llama delincuente a un hermano sin que salga al menos con la madre mentada.

Pero cada día entiendo menos el mundo y a sus políticos, cada vez me extraña más la naturaleza humana. Sufro por París. Y por Beirut. Y por Bamako. Y por los míos. Por los míos, atrapados en el limbo de la circunstancia maldita del emigrante, seres sin tierra, seres sin patria, pequeñísima y olvidaba nota al pie en los grandes relatos con los que se va escribiendo esta historia nuestra.

Estamos viviendo un cambio de época. Está en el aire. A veces las épocas cambian de un día para otro y en ocasiones se necesitan veinte años para acelerar la prisa y destrabar la pausa. Da lo mismo. Cambiamos de época y en los tiempos que vendrán, que están viniendo, ya no podrá hablarse de apocalípticos e integrados, de gusanos y revolucionarios, de patriotas y mercenarios, de cubanos de dentro y cubanos de afuera, porque el mundo y nuestra geografía se están desdibujando. La isla comienza en el Cabo de San Antonio pero quizás termina en Hialeah y quizás en Madrid o en Fiji. Como consecuencia del calentamiento climático el agua ya comienza a subir, y a este paso dentro de poco nos quedaremos sin el territorio insultar, sin nuestra querida isla aislada, al tiempo que la propia cubanidad se desborda y encuentra en todas partes, y todo encuentro es en sí un acto de solidaridad, de empatía, de humildad con el otro.

Hay casi 2 mil cubanos en el corazón de Centroamérica. 2 mil cubanos cuyos derechos merecen defensa. 2 mil cubanos aislados a quienes amenaza un torbellino de retórica. Salvarlos. Asistirlos. Esa es mi plegaria.

martes, 27 de octubre de 2015

Roma

Me gusta oír a la gente cuando piensa que no la están escuchando. Las mejores historias de mi vida las he robado en un viaje en ómnibus entre la Víbora y el Vedado, o a golpe de taxi de a diez pesos. Los boteros son los mejores filósofos de la vida. Nadie como un botero para auscultar la realidad cubana. Nadie como un botero para soltar tres o cuatro frases lapidarias, que lo dicen todo sin necesidad de que te lo explique Marino Murillo en un power point. Los boteros en La Habana logran el punto exacto entre Marco Rubio y un Primer Secretario del Partido. La realidad cubana, escurridiza y tóxica como el mercurio, está siempre a medio camino entre el glorioso Granma y el pitiyanqui y mayamero Nuevo Herald.

Pero no. No de Cuba esta vez. Que fue en Roma. Que fue en una guagua de mierda. Llena como en Cuba. Atestada de sol y de turistas alemanes. Y allí dos españoles hablando de la vida. Dos españoles como dos cubanos, como dos habitantes del antiguo Congo Belga. Lo mismo da. Dos seres humanos hablando de sus cosas. Y qué historias. Un español alpinista que subió al Kilimanjaro; y que una vez, llegando casi a la cima del Monte Everest, lo agarró un deslave que se llevó a tres de por medio. Cadáveres en la nieve. Los cuentos del fin del mundo.

En Roma trabé conversación con un curita de pueblo. Un curita de esos recién ordenados a quienes les espera por delante una larga y pacífica existencia entre bautizos y responsos. Cómo explicarle a un curita de pueblo que si muero iré directamente al purgatorio de los no bautizados, que toda mi generación se saltó los óleos, que hasta 1992 vivimos en un país constitucional y socialistamente ateo; y que ya, a estas alturas del partido, yo estoy muy viejo y muy jodido como para pensar que un poco de aceite en la frente y un chorro de agua bendita me van a hacer un mejor hombre.

El Papa es otra cosa. Hice como la Montaña y me fui detrás de Mahoma. Me perdí al Papa en Cuba y logré ir hasta San Pedro, hasta el sanctasanctórum de la cristiandad católica. Roma son iglesias, iglesias tan viejas como el mundo, y allí, entre todas, ese San Pedro construido en toda su gloria para darle duro a tanto hugonote y a tanto descreído luterano. Francisco es de los míos. Es latinoamericano. Hasta el latín le sale gracioso. Pobre hombre, los grandes muros vaticanos se resisten a su reforma. La tiene difícil y lo sabe. En este mundo no abunda la gente honesta, y a los pocos que hay se la ponen compleja.

Magnífica decadencia la romana, ojala así termináramos todos. Roma, ciudad eterna, viene muriendo y naciendo desde hace dos mil años. Muere con gracia. Como La Habana, que aún no nace del todo y a veces la veo en las últimas. En Roma hasta la mierda tiene mil años. Y qué iglesias. Qué obeliscos. Qué fuentes. Llegué a la plaza Navona y ante los Cuatro Ríos de Bernini, y con un Beatles de fondo que un trovador se empeñó en tocar para manipularme emocionalmente a cambio de un euro, estuve a punto del éxtasis, que ni Santa Teresa con su Crucificado en brazos.

Todo es relativo. Todo. Lo descubres en Roma. De ser el centro del mundo por casi mil años a terminar en tres columnas rotas en medio de las ruinas del Foro. Pero la vida es bella. Bellísima. Y hay que vivirla. La vida es tan bella que necesitaríamos cien existencias humanas juntas para comenzar a entender lo que es la belleza. De ahí Roma. Los restos de una civilización pasada, toda su gloria y toda su ruina, el principio quizás de aquellas cosas que podemos o no ser. Qué importa. Por el momento su contemplación me deja algunas buenas historias que algún día contaré en el transporte público, para que alguien las escuche y quizás, con suerte, las cuente por mí.

jueves, 22 de octubre de 2015

Lisboa


Isleño aislado, es la primera vez en mi vida que cruzo una frontera por vía terrestre. Me despierta un guardia de inmigración, linterna en mano, para pedirme los documentos. Todo en regla al parecer. Viva Schengen. El tren sigue su rumbo en medio de la niebla que envuelve a esa hora de la madrugada el centro de la península ibérica. Estoy en el Lusitania, heredero del tren en el que llegó en 1948 a España el futuro rey Juan Carlos, procedente de Estoril, para ser educado bajo la atenta mirada de Francisco Franco. Pero no es este el coche de un Borbón, sino un simplísimo vagón de clase-turista, en el que se acomodan estudiantes y jubilados, quienes no pueden permitirse el lujo de un coche cama, o al menos el de un asiento reclinable. No me importa. La última vez que me subí al ferrocarril fue para ir desde La Habana hasta Santiago de Cuba y subir al Pico Turquino, una de las experiencias más memorables de mi vida, e intensa al punto de entrar al baño del tren y encontrarme con un cerdo, a quien evidente llevaban de contrabando.

Lisboa me recuerda en todo a Cuba. No solo a la Habana, sino también a esas ciudades a medio camino entre la explosión del mar abierto y la tranquilidad contenida de una bahía de bolsa, como es el caso de Matanzas o Cienfuegos. Lisboa es posiblemente la capital más humilde de entre todas las de Europa occidental. Conserva aún en muchos sitios una estética ochentera: viejos edificios de cristal sucio, grandes megaestructuras venidas a menos en tiempos de desgracia, una publicidad que aún no abruma, un ritmo de ciudad-pueblo, de capital porque no le queda más remedio que serlo. Es, como La Habana, una ciudad que existe en torno al mar, que respira gracias a este, una ciudad en la que a las palomas no les queda más remedio que compartir su espacio en el cielo con miles de gaviotas y alcatraces.

Podría perderme en Lisboa. Podría olvidarme de mi nombre, de mi circunstancia, de mi destino. Podría olvidarme latinoamericano en Lisboa, o quizás, reconocerme ahí latinoamericano del todo. Y ser uno más. Ser quizás todos y quizás nadie. Subir las cuestas empinadísimas de una ciudad construida en las laderas de un farallón y terminar mis días en una casita pintada de blanco, con tejas rojas, adherida sobre las faldas de la montaña. Y tomarme cada mañana un expreso en algún cafecito de barrio, mientras se ven los barcos atravesar el río Tajo en busca del mar. Podría ser, quizás, un trazo más de la pequeña y colorida acuarela que es Lisboa.

Sólo se podría escribir como José Saramago si se vive allí. Entonces comienzas a entender el sentido más profundo de una prosa en la que se destila la humedad del puerto, el frío tenue de las piedras, el repique de las campanas y la indeterminación barroca del habitante de una ciudad donde todo es precario e incierto, una ciudad que existe entre los terremotos, los incendios y las colinas delirantes, un puerto más que ciudad, como mi propia Habana, donde la humedad lo envejece todo prematuramente, donde lo único eterno es el concepto de la provisionalidad.


La torre de Belem, un inmenso castillo de arena, marca el finisterra de la Europa occidental. Más allá el horizonte termina en agua. Desde allí partieron los grandes navegantes del siglo XV. Desde allí comenzó el milagro de redondear la tierra. Al contemplar la desembocadura del Tajo me da por imaginarme qué habría sido de este mundo si el recorrido se hubiera realizado en sentido inverso, si la “descubierta” hubiese sido Europa y no las Américas. Imaginar un día en el que los estupefactos habitantes de la medieval Lisboa vieran llegar tres grandes naves procedentes del imperio azteca, y que al desembarcar un representante de Moctezuma reclamara esas tierras en nombre de sus dioses y para gloria mayor de su señor.

Pero el pasado fue como fue y de ahí venimos. Y yo sigo siendo un isleño que extraña el mar. El mío. Aún en Lisboa.

lunes, 12 de octubre de 2015

París


Unos amigos tienen en la sala de su casa, en Mayami, una foto maravillosa de cuando visitaron la torre Eiffel. Allí están los dos, eternamente primaverales, rendidos ante la luz parisina. Me dicen que muchas de las personas que los visitan les preguntan si la fotografía fue tomada en las Vegas, donde hay una reproducción del ícono francés. A este paso, todos pensarán que la Ciudad Luz está copiando la arquitectura de los casinos de Nevada. Cuando les dicen que no, que para esa foto cruzaron el ancho Atlántico, les responden que deben irse sin falta a las Vegas, que es una ciudad preciosa y los casinos un sueño hecho neón.

No vale la pena luchar contra la bobería humana, el mundo ya está perdido, te puedes ir, globalización mediante, a comer pollo Kentucky en París, que el croissant, el vino y el café con leche están muy caros para un bolsillo bohemio, y que de ajenjo no sólo vive el hombre; del mismo modo que puedes creerte un Vallejo en medio de las máquinas tragamonedas y los imitadores de Elvis Presley.

Cuenta el historiador Eric Hobsbawm en su autobiografía, que los intelectuales de su generación tuvieron dos países, el suyo propio y Francia; pero que desde la segunda mitad del siglo XX todos los habitantes del mundo occidental, y finalmente el planeta entero, hemos vivido mentalmente en dos países, el nuestro y Estados Unidos de América. Debe ser cierto para muchísima gente más allá del Domo que nos circunda, pero mi generación bloqueada creció soñando con París. La culpa es de Cortázar, de Carpentier y de Vallejo, de las ediciones Huracán en pleno, y en mi caso particular de las historias que contaba Alfredo Guevara de sus años en la UNESCO.

Te vas a Paris en busca de una foto de absoluta felicidad, de una constancia de que la vida es buena, de una especie de recuerdo-talismán que te acompañe y consuele en los malos ratos. Te vas a París porque simplemente la vida es una, un breve instante, y ese instante hay que llenarlo de cosas bellas, y la belleza es una de las poquísimas maneras que tenemos los seres humanos para sentirnos libres.

París no inventó la libertad, siempre hemos sido medianamente libres y medianamente esclavos de acuerdo con nuestro tiempo y nuestra circunstancia, pero en París los hombres quizás tuvieron certeza por primera vez de su potencial emancipador; en París se soñó la libertad, se demostró que era viable, incluso la posibilidad de negarla en nombre de la propia libertad. París, con el tiempo, nos muestra los límites de los sueños, el ciclo descendente de las utopías. Del fin de la servidumbre y el absolutismo, a la proclamación de los derechos del hombre y del ciudadano, a la resistencia a muerte, a la exaltación del Terror y la llegada de los consulados y los napoleones.

Doscientos veintiséis años después de la gran revolución que sacudió al mundo, tan solo existe un monolito en recuerdo de la vieja Bastilla, un monumento en honor a los franceses que lucharon por la libertad en 1830. Nada queda de Robespierre ni de Marat: de la revolución se conserva mucho oropel y poca esencia.


La policía interrumpe el tráfico para que pase una pequeña marcha de sindicalistas franceses. Piden la renovación del metro de París para no perder sus empleos. Llevan banderas rojas y altoparlantes donde se escucha la voz inconfundible de Carlos Puebla. Carlos Puebla en París: “Aprendimos a quererte, desde la histórica altura, donde el sol de tu bravura, le puso cerco a la muerte...”. 

Ahí es donde te preguntas si no eres tú también parte de una gran película, si no eres un pequeño extra en esta gran broma que es la vida, si no terminarán de aquí a doscientos años integrándote a ti también en el relieve de un monolito o convirtiéndote en un soldado desconocido de la patria.

Pero tal vez no sea para tanto. Quizás Hobsbawm tenga toda la razón y ya Paris pasó de moda, como las revoluciones, como todo, como siempre. Mientras tanto, y como consuelo, siempre nos quedará la torre Eiffel de las Vegas.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Conceptos

(A propósito de las elecciones autonómicas en Cataluña… pero aplicable a todo lo demás)



Quizás en la media hora feliz después de la cena, en la que uno, desde la placidez del estómago lleno, cree en la utilidad de la virtud y en el mejoramiento humano; o debajo de las sábanas, en la suave tibieza del amanecer, cuando recibes en paz el abrazo del ser que amas. Es quizás ese el momento de tomarse un tiempo para pensar calmadamente en el mundo que nos rodea, y separar así, distancia racional de por medio, las pocas pepitas de material valioso que se pierden dentro del gran fardo de cantaleta con la que nos acogotan a diario los medios de comunicación y los políticos.

No estoy pidiendo los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, solo un simple acto de introspección, solo una reflexión crítica para que no nos tomen desprevenidos, como siempre, tan prestos que estamos siempre a soltar la lágrima y a gritar que no pasarán.

Pensar en lo que nos dicen. Pensar en lo que nos venden. Racionalizar esas pulsaciones con las que están intentando tocar cada día nuestra fibra, para hacer de nosotros meros repetidores de todos los discursos escritos y orquestados desde todos los poderes.

Nada vende mejor a ese ente escurridizo llamado “opinión pública” como un concepto sentimentaloide y desdibujado. La patria vende. Y la libertad. La independencia. El peplo de la Marianne. Los héroes caídos y por caer. La gloria. El cielo al que van los virtuosos. La democracia. Y ahí una rastra de palancas de Arquímedes con las cuales mover el mundo. Y esos conceptos, así en abstracto, nada dicen y, sobre todo, nada cambian. No nos hacen mejores personas ni hacen, por sí mismos, mejores a los pueblos.

La patria, la independencia, la libertad, entre otros tantos, son conceptos que con el tiempo, si no se les estimula desde la praxis concreta, se van obscureciendo, van perdiendo su sentido primigenio, se asumen como valores obvios, y por obvios, incuestionables. Monolitos sobre los cuales depositar ofrendas florales, largos ejercicios de oratoria y mucha caca de paloma.

Vigilar los conceptos de aquellos discursos que pretendan oscurecerlos y así secuestrarlos, preguntarse qué significan, preguntarse cómo se insertan (o podrían insertarse) en el mundo en el que vivimos, preguntarse qué se mueve detrás de cada invocación y hasta qué punto la invocación es mero artificio de sacerdote laico, o si realmente tiene un trasfondo real, concreto, que nos permita hacer de ellos horizontes hacia los cuales dirigirnos; conceptos que nos hagan mejores personas, mejores comunidades, mejores pueblos. Solo eso.

domingo, 20 de septiembre de 2015

España (7 años después)

Han pasado siete años desde que crucé el Atlántico la última vez. Un plan quinquenal socialista y dos años más. Todo el poder para los soviets. Avanzaremos, sin prisas pero sin pausas, en la construcción de un socialismo próspero y sostenible.

Siete años, que no es tanto, si se piensan en los tiempos y en las cosas de este mundo; pero una eternidad y media desde el desespero de los treinta y tres años cumplidos, y la brevedad de la vida humana.

Regresé a España.

Dejé el Madrid de Zapatero y de Don Juan Carlos, y me encontré con Rajoy y Felipe, gallego él a todo trapo y el otro rey de todas las Españas, desde Andalucía (tan caribeña y nuestra que parece Cuba) hasta una Cataluña empecinada en levantar anclas. Me encontré con el Podemos de Pablo Iglesias, la primera gran rebelión desde la academia; y con el Ciudadanos de Albert Rivera, contrarreforma en toda regla salida desde los claustros del Ibex35. 

Siete años de crisis que pasaron por España.

Crisis a mí, que toda mi vida he vivido en crisis. En permanente advocación de la cáscara de plátano y el huevo hervido.

Que hay que resistir.

Que hay que luchar.

Y sobre todo, que hay que vencer.

Coño.

Cómo me recuerdo de Cuba en España.

Coño.

Cómo ha cambiado todo.

Que ahora el Obama y el Raúl hablan de vez en cuando por teléfono y hasta seguro se dan las buenas noches antes de irse a la cama.

Que ahora los Papas, siempre hieráticos y avaticanados, te dan unos sermones que parecen teleclases.

Estoy más viejo, creo que sí, y también con muchas más ganas de gozar de la vida, con muchas menos ganas de tomarme las cosas en serio.

Porque la vida es eso. Cruzar el Atlántico siempre que se pueda. Comerte hasta las uñas de un cerdo ibérico. Hablar del prójimo, por qué no, si el prójimo nunca pierde la costumbre de hablar de ti. Y darle duro a la vida, que en definitiva solo es una, y nadie vendrá a devolvértela cuando te la hayas gastado comiendo mierda.

Para todo eso sirve España. Para todo eso. Para vivir.

martes, 1 de septiembre de 2015

El futuro


Dice la NASA que en apenas un siglo el mar se tragará a Mayami. De La Habana no habla la Agencia Espacial de Yumalandia, pero supongo que la inundación llegará también hasta las colinas de la Víbora, llevándose de por medio a todo el barrio de El Vedado, convertido así en la nueva Atlántida del siglo XXI.

Todo indica que nos pasará lo mismo que a Roma y a Cartago, que se odiaron por siglos, y ahora, de aquellos tiempos y de aquel odio, solo queda la caca seca y los huesos momificados de los antiguos guerreros, unos restos que los arqueólogos limpian con sumo cuidado, cenizas que al menor descuido se las lleva el viento.

Pero para ese entonces ya yo estaré muerto. Una pena, no podré ver cómo inauguran el primer McDonald's en Marte, o la temporada 99 de los Simpsons. Tampoco la unificación del peso cubano, la llegada de la banda ancha a mi Lawton profundo, y el día glorioso en el que la gastronomía habanera logre vender los potes de helado junto con las cucharitas plásticas, y no tener así que apalancarte el helado con el carné de identidad.

El sábado cumplí los 33 años en la Ciudad de México. Como a Whitman, me dan ganas de celebrarme y cantarme a mí mismo, y más que a mí, a mi generación entera. Comenzamos celebrando los cumpleaños con payasos, piñatas y cadenetas hechas con la revista Bohemia. Después nos emborracharnos en las fiestas de quince. Más tarde fuimos a las bodas y a los bautizos, y ahora a los cumpleaños de los hijos, sobrinos y ahijados. Desgraciadamente, no nos tocó vivir en los años del poeta Whitman, que encontró magia en una locomotora en invierno, y le cantó a la fuerza tectónica de unos Estados Unidos en progreso, en los que aún no se había cerrado el horizonte de la posibilidad, y tenía más sentido cantarle a la utilidad de la esperanza, que a las tristezas de los condenados de la tierra.

Ahora son tiempos oscuros, como diría Bertolt Brecht, pero francamente adorables. El mundo sigue girando. La gente se reproduce y de vez en cuando muere. En la Ciudad de México, con 24 millones de almas nadando en un mar de chile, cualquiera pensaría que se nace más que se muere, pero no, que tenemos de todo, menos la esperanza, cada día más perdida con la crisis del petróleo, la subida del dólar y tanta desgracia acumulada.

El futuro pinta complejo por todas partes. El mío, humildísimo habitante de este mundo loco, se ve así también. Pero no me quejo. Es que no vale la pena. Mejor brindar por el presente, disfrutar lo que hoy se tiene, luchar todo lo que se pueda, y mientras tanto aprender a nadar, en lo que se espera calmadamente a que las aguas sigan subiendo.

lunes, 17 de agosto de 2015

¡Qué país!

Los periodistas deberían decirle a los políticos que mejor guarden pan para mayo, que así no se puede, que estamos en agosto, mes de playa, carnaval y gozadera, no de traje y agenda; que mejor ir poco a poco, una noticia cada vez, para no tener que extender la media hora del noticiero, que después les echan la culpa de que comience tarde la telenovela.

Y es que cuando la historia se acelera, la verdad que no tiene para cuándo acabar. Pero así es Cuba, que cuando no llega, se pasa.

¡Qué semana! Fidel Castro cumpliendo los 89 años, John Kerry guachineando en La Habana, y Nicolás Maduro dándose sillón con la Cilia, el Raúl y el Bruno, en lo que parece ser un salón de protocolo con decoración de Casa de la Cultura. Y cuando parecía que ya el sol se ponía detrás de un monte dorado, llegará el Francisco, el papa mediático, el Maradona-Cristo-Súperstar, a volver a agitar las ya intranquilas aguas del Estrecho.

Lo bueno (y lo malo) de Cuba es que nunca pasaba nada. Estuvimos treinta años en plan resistencia. Resistir es aburrido… pero muy fácil. De la cosecha de papa a los incumplimientos en la zafra. Un policlínico que se repara y los pioneritos comenzando otro curso escolar. Señores imperialistas, no les tenemos ABSOLUTAMENTE ningún miedo. Pero ahora brotan paladares y congresistas norteamericanos como los hongos en orine de perro. Y la Rampa capitalina que parece una tendedera de wifis conectados. Y tanto yuma dando cadera por las calles de La Habana… Nada, compañeros, que uno se pierde y no se encuentra.

El enemigo estaba claro, es el Enemigo. Los buenos, buenos; y los malos, malos. ¿Y ahora?

Bueno, ahora hay que hablar. Dicen que hablando la gente se entiende. Y si no se entiende al menos se entretiene. ¿Y de qué hablamos? De cualquier cosa. De la pesca del guajacón en el río Almendares, del calor que hace en La Habana, de los almendrones y del mojito.

Y los analistas escribiendo de todo: Victoria del socialismo mundial y de la diplomacia de la paz. Victoria de Obama y el capitalismo salvaje, que ya invadió el último bastión de la resistencia en el hemisferio occidental. Obama, negro mal nacido, que te dejaste coger por los Castro. Conversaremos de todo, pero no habrá ni McDonald's ni pollos KFC en La Habana. ¡No pasarán!

Y uno, mientras tanto, mejor calladito, que en boca cerrada no entran moscas, y en agosto hay mucho calor como para tomarse las cosas en serio. Después de todo es Cuba, la república del choteo y la buena vibra. ¿Y dónde están esas banderas? No lo sé, en Varadero quizás, tomando mojito.

lunes, 10 de agosto de 2015

El gorrión


Abres los ojos y ahí lo ves. Dos patas sobre tu frente, el cuerpito gris enclenque, un pico que parece incapaz de matar una mosca, y esos dos pequeños ojos, breves punticos de luz, los más tristes del mundo. Es un gorrión. Un diminuto gorrión de mierda.

No te dejes enternecer por su figura indefensa. No te ablandes. Muévete. Actúa. Saca rápido una mano del interior de la sábana. Y agárralo duro. Aplástalo. No importa que aletee. No importa que te mire con sus ojos suplicantes. Es un ardid. Es la máscara de gorrión endemoniado. Apachúrralo. Exprímelo. No lo sueltes hasta que deje de latir su corazón de porquería. Hasta que deje de vivir. No es el león Cecil. No es una pobre ave desclasada. Es un gorrión. Por dios, un gorrión. Mátalo pronto antes que haga contigo lo que hacen los gorriones.

Porque si el ave levanta el vuelo sobre tu habitación, si el gorrión abre sus alas y trina, ya todo estará perdido.

Porque si el gorrión vuela, sentirás el olor del café y el sonido de la lluvia en tu ventana; y la hora mágica que precede en Cuba a la salida del sol, el momento en que hay menos calor y más nostalgia; y la brisa marina; y el modo peculiar en que se ríe la gente; y esas calles barrocas y descocadas donde los habaneros viven a su modo, y que ahora imaginarás feliz, aunque quizás en algún momento te encerraran.

Porque si el gorrión vuela, los recuerdos serán menos grises y La Habana menos calurosa y enclaustrada; y la gente menos atormentada con el drama de una terrenalidad en extremo terrena; y entonces recordarás a los amigos que ya no están, y a tus muertos, y a aquellos que ya están por nacer.

Y el puto gorrión terminará preguntándote qué coño haces en una habitación diminuta y fría en algún lugar del ancho y amplísimo mundo.

Pero no. No hay derecho. Por eso la táctica es apachurrar al gorrión. Aplastarlo sin piedad. Que mucho se ha jodido uno para que ahora venga un gorrión de mierda a trinar nostalgia.

Lanza su cuerpo al inodoro y después desinfecta la escena del crimen con un pomo de dos litros de Coca-Cola del olvido. Si así lo haces, habrás vencido por hoy, por hoy al menos, que ya es algo. Porque mañana, con toda seguridad, cuando despiertes, el gorrión volverá a estar ahí.

lunes, 3 de agosto de 2015

Celebración de la escritura

Así lo afirma el poeta Juan Gelman:

“con este poema no tomarás el poder” dice
“con estos versos no harás la Revolución” dice
“ni con miles de versos harás la Revolución” dice
se sienta a la mesa y escribe.

El problema, pienso yo, es que ahora nadie lee ni nadie escribe. La gente, a lo sumo, textea. La gente, a lo sumo, navega en las aguas mansas de la multimedialidad. Hasta ahí. Cuanto más, Paulo Coelho y el manual de instrucciones del televisor. Dicen que somos una generación audiovisual. Y ya con eso podemos respirar tranquilos, y dejar a los libros acumulando polvo en el estante.

“El libro ha sido expulsado de la política”, nos decía el filósofo Bolívar Echevarría, “para participar en ella ya no se requiere ser ‘un hombre leído’ o ‘de libros’; por el contrario, el serio resulta un obstáculo, es un ‘defecto’ que hay que compensar con otras virtudes mediáticas de efectos demagógicos más contundentes. El político-ideólogo es una figura que corresponde irremediablemente al pasado”.

El libro, agregaría yo, ha sido expulsado de la sociedad toda, que es decir de la política en su acepción más abarcadora. La realpolitik, el arte de la dominación a base de espectáculo, el ejercicio de encantamiento tan característico de la sociedad de masas, se ha hecho siempre, desde los faraones hasta los políticos de twitter, a través de la emocionalidad, del sermón mesiánico de iglesia, del incienso, la mirra y las banderitas.

Pero la realpolitik, antítesis de un ejercicio de participación real en los asuntos públicos, no se combate con más de lo mismo. Se combate con ideas. Y las ideas, hasta que alguien pruebe lo contrario, están contenidas en la palabra impresa, el acto más completo de abstracción y síntesis del pensamiento humano.

Por eso escribes. Escribes porque siempre hay un día después de otro; y, con paciencia, la tinta horada piedras y entendederas. Escribes no porque te creas un iluminado que tiene la misión de llenar un cerebro vacío, sino porque estás lleno de dudas, y esas inquietudes (miles de ellas) las quieren compartir con gente que posiblemente estén cómodas y felices en su colchón de certezas. Escribes porque es justo y también porque es necesario moverle el suelo a la gente; porque si no escribes explotas. Escribes porque sí, porque crees en el valor de la palabra impresa, porque crees en la libertad del alma humana... porque desconfías del incienso y las banderitas. Escribes, como Gelman, para hacer la Revolución. O, al menos, para soñarla.

lunes, 20 de julio de 2015

Sobre el deshielo, La Habana y los nuevos relatos

Dice Walter Benjamin que cuando una era se derrumba, la Historia se descompone en imágenes y no en relatos. Fotogramas, diría yo, a partir de los cuales rescribir nuestras propias alegorías, la crónica de lo que hoy somos, la visión de aquello que seremos algún día; un nuevo relato de la existencia que se oponga al discurso referencial, antes hegemónico, ahora en crisis, de la era que nos antecedió.

El 17 de diciembre pasado, el día en que los cubanos de ambos lados del Estrecho vimos rodar los primeros témpanos del deshielo, di un largo recorrido por el barrio habanero del Vedado, y acabé contemplando la demolición del hospital pediátrico Pedro Borrás Astorga. Ubicado en la antigua Avenida de los Presidentes, a un costado del obelisco dedicado a José Miguel Gómez, el Borrás tenía una de las fachadas Art-Déco más impresionantes de la ciudad. Cerrado “temporalmente” a finales de los ochenta para una reparación capital, convirtió lo transitorio en eterno, y a lo largo de décadas de abandono acabó erigiéndose en un monumento a la ineficiencia, al desvío de recursos, al tropicalismo barroco de las empresas constructoras; y también, por supuesto, al modus operandi de una nación sitiada, en la que cada componente importado requiere siglos para llegar a puerto, y cada inversión se redirecciona según los dictados de una economía en guerra. Con calma, que tampoco Roma languideció en un día, buldóceres y excavadoras iban triturando los viejos ladrillos, la vieja argamasa, el viejo acero pulverizado por el salitre y la dejadez.

El 17 de diciembre, día de San Lázaro y fecha del equinoccio primaveral entre La Habana y Washington, actualización del diferendo, anuncio simbólico, o lo que fuere, quedó en mi mente indisolublemente relacionado con la demolición del Pedro Borrás. El hospital, al menos para mí, simbolizó ese día la constatación material de una relación desencontrada entre Cuba y los Estados Unidos. Una relación en la cual nos jodimos todos. Los de allá, porque ignorando las causas objetivas de un estallido revolucionario, por demás inevitable, aislaron a Cuba e hicieron de La Habana la catedral de la rebelión latinoamericana y mundial. Los de acá, porque el cerco permitió fundar iglesias y legitimar dogmas, naturalizar procederes que sólo se resisten y justifican en un escenario de plaza sitiada.

Ya el Borrás terminaron de demolerlo. Hace unos meses, cuando lo vi por última vez, era un inmenso campo baldío, un terreno de nadie que de persistir el contexto económico desgraciado terminará irremediablemente convertido en un parque o en un parqueo; pero que, deshielo mediante, podría albergar alguno de los nuevos edificios de una Habana que ansía refundarse. Una Habana que espero no vuelva a la vieja gloria de una República Art-Déco de minorías felices y mayorías encerradas en la región del no-ser; ni a la desgracia de un país en guerra y calamidad constante; sino a un orden de prosperidad e inclusión, de inclusión y felicidad, que ha de pasar, irremediablemente, por unir fotogramas de reconciliación y diálogo, y escribir así un nuevo relato donde quepamos todos.

lunes, 13 de julio de 2015

Decálogo del historiador latinoamericano

(A propósito de una visita al Castillo de Chapultepec)
1. Si naces historiador en América Latina estás jodido. Mejor dedícate a la ingeniería o a la medicina privada. Construye hoteles o vende riñones. Porque si te metes a historiador, a poeta del pasado, a soñador de café con leche, te espera el futuro más triste de entre todos los futuros posibles.

2. No critiques. No inoportunes. Levanta tu copa y bebe a la salud del profeta de turno. Canta las glorias pasadas. Del presente, si está tan malo, mejor ni hables; del futuro puedes decir lo que quieras, siempre y cuando lo pintes luminoso; porque el futuro siempre, y sin excusa, nos pertenece.

3. No te pongas quisquilloso con la negritud, la feminidad y la mariconería. El mundo es de los blancos heterosexuales, al final ellos siempre ganan. Si eres negro (o defensor de negros), gay (o defensor de gays) o mujer (o defensor de la igualdad de género) a la corta o a la larga no te tomarán en serio.

4. No hables mierda. No complejices. No interpeles al poder requisando el pasado. No toques mucho el tema de la participación y el debate, y si lo haces, mejor circunscríbela a un café de barrio, a un taller comunitario; porque la patria, el presupuesto, las decisiones importantes mejor se las dejas a los políticos. Los ciudadanos, y tú entre ellos, están para obedecer lo que te digan, no para andar preguntando tanto.

5. Un buen historiador es quien puede darle una justificación temporal a las orientaciones de los políticos, para de ese modo conducir mejor al rebaño descocado.

6. Un mal historiador es aquel que no entiende lo que tiene que entender, y con sus palabras (y sobre todo, con sus actos cuestionadores) provoca la estampida del rebaño.

7. Un buen historiador termina siempre con una estatua de mármol y mucha, muchísima, cagada de palomas en su cabeza. Un mal historiador concluye sus días en un estadio con los dedos sangrantes, colgado de un poste de luz, sumergido en un baño de cicuta, lanzado de un helicóptero, repudiado por una turba enardecida, o peor, en el olvido, condenado al más profundo ostracismo.

8. Contribuye a la redacción de las historias oficiales. Nada agradaba más al poder que una sólida historia oficial, que los apalanque en el sillón del trono. La patria siempre necesita héroes y destinos manifiestos, y tú como intelectual tienes la posibilidad de convertirte en un excelente pintor de cámara. Así, con suerte terminarás presidiendo una Academia y merecerás un sincero homenaje a teatro completo.

9. Cuando escribas olvida los matices. Un buen historiador rehúye de lo complejo. Aprende de Hollywood. En la historia hay malos malísimos y buenos muy buenos. Los personajes complejos, ambiguos, sinuosos, no son importantes. A los sucesos no se le dan dos, tres, mil interpretaciones; y mucho menos tocaría preguntarse si las cosas podrían ser de otro modo. Como historiador te corresponde explicarnos por qué el mundo en que vivimos es el mejor (y único) mundo posible.

10. No seas burro, sobrevive, dicen los chinos que los dientes caen porque son rígidos y la lengua nos acompaña hasta el final porque es flexible. Cambia tu guion de acuerdo con los tiempos. Cámbialo una y otra vez. El pueblo no tiene memoria y los poderosos, como te necesitan, sabrán oportunamente olvidar tus desvaríos al servicio del sátrapa anterior.

lunes, 22 de junio de 2015

El José Martí de la Ciudad de México

José Martí, el intelectual más grande que nos ha dado Cuba, flota en un mar de grasa de frituras y olor a pegamento, a pocos pasos de la estación del metro Hidalgo, en pleno corazón de la Ciudad de México. Su estatua, como la de los héroes anónimos, los soldados desconocidos y los poetas verdaderos, pasa desapercibida dentro de un maremagno de toldos y vendederas.

No es una denuncia, posiblemente a él le daría igual, no creo que Martí fuese un tipo a quien le quitara el sueño las cagadas de paloma.

Pero los muchachos que inhalan pegamento a los pies de mi héroe nacional, esos que nunca saldrán en los billetes de quinientos y mil pesos, son la antítesis de aquel sueño martiano, tan hermoso y a la vez tan olvidado, de una República de todos y con todos; un ideal no solo para soñar con los destinos de Cuba, sino de una América Latina polarizada entre el señorío más encumbrado y el vasallaje más abyecto.

Nadie recuerda a los niños que inhalan pegamento en la estación del metro, son el último eslabón en la cadena del detritus humano. Eso probablemente le quitaría el sueño a Martí, y de paso a cualquier persona que se considere justa.

La droga es la última demanda de un consumidor que pronto dejará de serlo, la droga es una anomia del sistema-mundo que necesita sujetos felices y sanos, que trabajen y consuman, que coman, que defequen; y que vuelvan a trabajar para comer, consumir y defecar. En algún punto del camino las fuerzas centrípetas del mercado lanzan de sí a un burujón de infelices no trabajadores, no consumidores. Ellos no existen. Ellos son nada. Ellos nacen, malviven y mueren en el universo precario de la economía informal. Su casa es su calle. Su meta es conseguir dos monedas y comprar un poco de pegamento para oler. Para olvidar. Para dejar de ser lo poco que se viene siendo.

Hemos olvidado que los sistemas sociales tienen como razón de ser la felicidad y el bienestar humano. De todos los humanos. No sólo de aquellos que puedan comprarse un Iphone o tener casa en cualquier quinta avenida. Los gobiernos no están para levantar estatuas y conmemorar natalicios de héroes, para tomar champagne en honor a la gloria que se ha vivido, sino para trabajar por el amplio porcierto de seres humanos habitantes del averno del no-ser.

La estatua de José Martí en la Ciudad de México, rodeada de fritangas y desgraciados, es quizás el más grande homenaje al hombre que fue más intelectual que político, más poeta que tribuno, a quien deseó echar su suerte, su eternidad, con los pobres y los parias de la tierra.

lunes, 1 de junio de 2015

La Ermita de la Caridad

Hace casi un año visité la Ermita de la Caridad del Cobre, en el Mayami profundo, el símbolo religioso más importante de esa Magna Cuba en la que se ha ido convirtiendo con los años el sur de la Florida. Fue un verano en el que también tomé café con leche y pan con mantequilla en el restaurant Versalles, el sanctasanctórum del llamado exilio histórico; y me emocioné muchísimo en el Club San Carlos de Cayo Hueso, pequeña y húmeda ciudad que parece sacada de un set de Piratas del Caribe. Desde allí José Martí, hace ya tanto, pronunció sus discursos encendidos a los tabaqueros cubanos; y está el famoso -y también kitsch- trozo de cemento que marca las 90 millas entre Cuba y los Estados Unidos, quizás la frontera más mentada del diferendo entre el mundo anglo y nuestra latinidad concentrada; diferendo que alcanza tintes dramáticos en ese gran costurón que arranca en el Pacífico mexicano, atraviesa el continente de oeste a este, y culmina en nuestras islas del Caribe, siempre a medio camino entre el norte de las barras y las estrellas, y el sur hispano, indígena y africano.

La Ermita de la Caridad, con su pequeña réplica del malecón habanero, y el mismo mar azul intenso que baña las costas de Cuba, fue visitada en estos días por el presidente Barack Obama. El mandatario de Yumalandia no es católico y supongo que no esté muy al tanto del milagro de Oshun-Caridad del Cobre: la unión de varias razas y credos en una misma representación sincrética. A mí tampoco se me da muy bien este problema de la religión practicante y la humildad pecadora, pero ese día, en la penumbra refrigerada de aquel templito primermundista, le pedí de veras a la Virgen, y le pedí por Cuba, y lo hice con la misma intensidad con la que un año antes me acerqué al oscuro misterio del alma cubana en el Santuario del Cobre.



Las cosas están cambiando para todos los cubanos, y el cambio se produce a una velocidad tal que debemos aferrarnos a las esencias para no resultar despedidos por la fuerza centrípeta de la historia, que en el caso nuestro se traduce por una parte en el síndrome del Zanjón -el pueblo cansado por diez años de lucha desgastante que se entrega a lo que venga, con tal de que lo que venga lo haga en paz-; y por otra, la acción avasalladora del mercado, institución que subsume lo débil y lo diverso, lo particular y lo subjetivo.

El milagro de Oshun-Caridad del Cobre consistiría precisamente en lograr en que nos refundáramos todos y juntos, los de aquí y los allá, los negros y los blancos, las mujeres y los hombres, y que nadie quede fuera de lo que ha de ser un proyecto colectivo e incluyente de nación.

No le temo al cambio y mucho menos al país que vendrá. Hace un año se lo pedí a la Virgen: Movimiento. Paz. Buscar aquello que nos une y no lo que nos separa. Lo demás vendrá poco a poco. Ha de llegar. Ahora lo que falta es saber qué le habrá dicho el presidente de los Estados Unidos a la virgen cubana y, sobre todo, ver si Cachita le concederá milagros al compañero Obama.

lunes, 18 de mayo de 2015

Rock

Ayer le dediqué la tarde de domingo a Queen, a Guns N’Roses y a Led Zeppelin; porque todo el mundo, hasta un servidor, tiene su pedacito de alma roquera. Incluso la Shakira, antes que la abdujera la Sony y se convirtiera en portada de la revista Hola, en la Barbie con el culo más espectacular del capitalismo-mundo.

En lo personal puedo con todo, menos con Marco Antonio Solís, que no lo paso. Juro que no lo paso. La culpa es de la empresa china Yutong. Hace unos años, cuando llegaron a La Habana los primeros ómnibus de la compañía, lo único que tenían para escuchar los choferes (y no quedarse dormidos mientras manejaban), era unos videos con estética de Power Point de Día de las Madres, donde el Solís cantaba y cantaba sus temas de karaoke suburbano. Por aquel entonces tuve que recorrer con frecuencia los caminos de mi isla y el Marco Antonio se me juntó con los baches y las vacas de la Carretera Central, los campos de marabú, y el olor a plástico nuevo y col hervida de los ómnibus chinos. Nunca más he podido escucharlo sin sentirme mareado y con ganas de vomitar.

Pero el rock anglo y pitiyanqui de los setenta y los ochenta es otra cosa. Me recuerda que también uno tiene su corazón libertario, y de vez en cuando ese corazón se muere de ganas por mandarlo todo a la mierda y tumbarse a contemplar en paz una puesta de sol frente al Caribe; que ese corazón no ha hecho mucho en esta vida, quizás nada, pero late y late por todo lo que lo conmueve y lo encabrona: París un día de lluvia, frente al calor tropical del verano y a la inercia y la ingratitud de los hombres; un libro demoledoramente bien escrito, frente a esta burocracia universal que florece en Oficodas, aduanas y aeropuertos; las cuentas que a veces dan (y casi siempre no) frente a la felicidad de tantas pequeñas cosas que no necesitan del consumo y del dinero; la ciudad, contaminada y pútrida, frente al llanto de un bebé, a la espectacularidad de un atardecer y a la contemplación de las cumbres nevadas del Popocatepetl. Para eso se nace; para eso se vive, por eso es que se lamenta la muerte el día que llega.

Qué lejos y qué cerca estoy de los ochenta y de aquellos noventa en los que a pesar de ser todos unos niños, la crisis nos hizo madurar y quizás envejecer. Y sin embargo ahí están los sonidos, ahora en YouTube y antes en los viejos casetes de cinta. La voz rasgada del Freddie Mercury entregando el alma en su Rapsodia Bohemia, y el Kurt Cobain de Nirvana, rockeando sobre el escenario como si siempre fuese la última vez. Sonidos que me hacen feliz, que me vuelven vivo. 

Porque no hay que llorar, que Celia Cruz dice que la vida es un carnaval y que las penas se van cantando. Así todo termina mezclado, el bamboleo caribeño con las carreteras de bache y sol de mi vieja Cuba, el Stairway to Heaven y la voz inconfundiblemente babosa del Solís. Y yo aquí, mientras tanto, poniéndole música a una tarde aburrida de domingo.

lunes, 11 de mayo de 2015

Soñando con lluvia en La Habana

En algún lugar del mundo está hoy lloviendo. Puede ser en Madrid o en Londres, en la perplejidad de Machu Picchu o en un barrio del alto Bogotá. Puede llover sobre los puestos de maíz, en las callejuelas barrocas de la Ciudad de México, o sobre el Atlántico insondable, por encima del mar y por debajo de los aviones comerciales.

Pero quizás, con suerte, esté diluviando sobre mi viejo patio, sobre mi vieja casa, sobre mi vieja ciudad; quizás, con suerte, el agua caiga sobre las arecas y les limpie el polvo que acumula la vida del barrio: mugre de la mugre, arenilla de construcciones, hollín de carros viejos, la polvareda de los olvidos; quizás, por un minuto, como en las novelas de Alejo Carpentier, una tormenta esté destruyendo y regenerando la vida en mi Habana profunda, en mi Habana la de siempre.

Lluvia que desborda alcantarillas, lluvia que limpia y a la vez ofrece una pausa entre el calor y el calor, entre el hoy y el hoy, un pequeño y singular mañana que ponga en crisis la cotidianidad aburrida del presente.

Soñando con una lluvia que desde aquí no siento, recuerdo el olor de mi propio patio y el milagro de las plantas que después de tanta sequedad se alzan con desespero a la vida, la breve naturaleza atrapada entre cuatro mustias paredes de barrio. La lluvia tropical, libre como ninguna, que irá a parar de algún modo al mar circundante. Y el yodo y el salitre omnipresentes cederán por un minuto el terreno a la hierba mojada, a la textura perdida de la selva intensa; y volverá todo a ser nuevo y a la vez pretérito; y gracias a lo mágico de la lluvia torrencial, se unirán sin mucho esfuerzo los tiempos del presente, del pasado y del futuro; de los nuevos y los viejos; de los muertos y los vivos; de los quedados y de los idos.

La Habana será otra vez la ciudad de las bodegas en las esquinas donde tomar café con leche acompañado de pan untado en mantequilla; la ciudad de las vitrolas y los bares de esquina; la urbe del bistec con papas fritas. Será también la ciudad intensa que, como Ícaro, intentó tomar el sol por asalto, pero que a causa de su herejía terminó sitiada. La ciudad que hoy, con más paciencia que prisa, comienza a abrirse paso hacia el mañana. Y de algún modo inexplicable las calles de los barrios obreros de Alamar y San Agustín terminarán en la tortuosidad de las plazas de la Habana Vieja; y el Capitolio y el Palacio Presidencial junto al primer Cabildo y la Plaza de la Revolución. Y por un minuto nada importará, porque la lluvia nos hará atemporales y por tanto eternos.

Incluso desde aquí, en un barrio más de los mil barrios de la Ciudad de México, a cinco horas de avión y diez de olvidos, la voluntad de Tlaloc, dios mesoamericano de las lluvias, llega a mi vieja Habana, en la periferia del Imperio Azteca, en la periferia del Imperio Español, en la periferia del Imperio gringo de las barras y las estrellas; en el corazón, ahora sí, al menos por una vez, de las dos Américas.

Porque en algún lugar del mundo está lloviendo. Y esa lluvia me lleva, irremediablemente, al mundo breve de los sueños felices.

miércoles, 22 de abril de 2015

Panamá y el cambio de época

No estuve en Panamá, pero como el resto de los cubanos que nos sentimos parte de la sociedad civil, seguí con pasión el desarrollo de la Cumbre de las Américas a través de todas las vías que encontré a mi alcance, no solo los medios de comunicación tradicionales y alternativos, sino también a partir de lo que me contaron los amigos que tuvieron la posibilidad de asistir, y de los materiales que compartieron en las redes sociales. Y desde mi posición de obligado espectador debo decir que comparto la mayor parte de los puntos de vista que ha planteado el colega Fernando Ravsberg en su blog, un texto que ha tenido la virtud de convocarnos (y provocarnos) al debate.

Se trata de una discusión que excede con creces el derecho o no de Ravsberg a polemizar en las páginas de su blog, en mi criterio uno de los espacios más fecundos para acercarnos a los avatares de esta Cuba apasionante y compleja en la cual vivimos, sino que va de lleno a una reflexión en torno a los modos de hacer política en un contexto nacional y regional en extremo diferente al de hace apenas unos años.

Porque el escenario ha cambiado. La nueva relación que se está acordando entre ambos lados del Estrecho exigirá de un discurso cada vez más complejo, menos dado a las simplificaciones, con más argumentación y menos insulto.

Aquí nadie se pregunta si había que abrazar al asesino del Che, si había que hacer oídos sordos ante una provocación calculada en toda la regla. Pero considero que hay que tomar nota de la efectividad (o no) que tuvo el modo en que se asumió la confrontación, a través del recurso de la descalificación, del grito y del mitin-repudio. Sé que en otros espacios de la Cumbre en los que participó la sociedad civil cubana el clima fue diferente, pero por desgracia ahí está YouTube para recordarnos cuántas veces se desbordaron los discursos.

Los tiempos, pienso yo, exigen más política de salón y menos arenga de comisario político. Bajo el grito de “Pin-pon-fuera-abajo-la-gusanera” abandonaron el país miles de cubanos durante el éxodo del Mariel. Hasta donde yo sé, en su inmensa mayoría se trató de personas que decidieron separar su camino del proyecto revolucionario. Separar su camino. No poner bombas. En el fondo, gente que, como en todos los tiempos y en todas las circunstancias, se fue a hacer la vida del emigrante. Años tardamos en darnos cuenta de que cubanos somos todos. Los de Aquí y los de Allá. La única condición, como dijo Félix Varela, es el interés que tengan, que tengamos, por la prosperidad del suelo que nos vio nacer. De ahí que me chocara tanto la consigna. Escucharla fue regresar a una etapa felizmente superada.

Hay modos y modos de hacer política, modos y modos de marcar una posición. Hasta donde sé los integrantes del proyecto Cuba Posible defendieron sus puntos de vista sin necesidad de poner en tensión las cuerdas vocales. Vi también las declaraciones que ofrecieron Elier Ramírez y el ministro Rodrigo Malmierca al canal de noticias NTN24, una televisora colombiana cercana a las posiciones políticas del uribismo. Por más que el reportero insistió en descalificar a priori el proyecto político y social de la Revolución Cubana, los entrevistados ofrecieron sus puntos de vista con una ecuanimidad admirable. Aprovecho para felicitar al presidente Raúl y al equipo cubano que está conduciendo estas negociaciones con una paciencia, una humildad y una empatía francamente dignas del pueblo grande que somos.

Todo indica que nos encontramos a las puertas de un cambio de época, signado por un nuevo enfoque en las relaciones con los Estados Unidos. El estudio de la historia, más que certezas, al menos a mí, me aporta vitales incertidumbres, el misterio de la posibilidad. Y eso es Cuba, posibilidad de futuro. Si vamos a nuestro pasado reciente, habría que recordar que después de Baraguá llegó la Tregua Fecunda, y el proyecto de nación surgido en los campamentos se complejizó en las tertulias y en el debate público, en la ensayística y en la novela histórica. Se siguió soñando (y luchando) por la independencia pero desde otras condiciones históricas y a través de otras prácticas. No olvidemos que en este contexto fructificó el pensamiento de José Martí, el héroe fundacional de esta patria-isla-archipiélago-globalidad aún en construcción.

La supervivencia y total consecución de un proyecto de país anti-neoliberal, solidario, inclusivo, de hombres y mujeres libres, cultos y saludables, ha de pasar por el fortalecimiento de un aparato político, económico e institucional para tiempo de paz, y ello se relaciona con el fortalecimiento de una cultura del debate, de una cultura que haga uso de la retórica, no vista esta como el ejercicio del hablar por el hablar, sino el arte de la elocuencia, el ejercicio feliz de la polémica, la cual pasa también por la capacidad de escuchar.

Panamá fue solo el primer ensayo de una nueva época en la que muchísimos cubanos depositamos nuestros deseos de reconciliación y diálogo. Reconciliación con los que quieren la prosperidad de la patria. Antagonismo civilizado con todos, especialmente con quienes nos adversan.

viernes, 17 de abril de 2015

Evocación del entusiasmo

Estudié en una pequeña y folclórica escuela de barrio. Un día, mientras cursaba el sexto grado, nos tocó asistir a un concurso municipal de tablas gimnásticas, una fiesta de mover brazos y piernas al ritmo de la música, al estilo del Arirang norcoreano. La tabla ganadora sería elegida por un jurado compuesto por los maestros de educación física del municipio, pero nos aclararon que el entusiasmo de las delegaciones pesaría sobre la decisión final, es decir, se premiaría la participación del público. 

Y a mí, que soy un desastre rítmico, me llevaron básicamente para aplaudir, para gritar, para chillar, para darlo todo.

Cuando terminaron las coreografías formaron a cada delegación en el patio de la escuela a la espera de la decisión del jurado. Así estábamos, pura gritería, bajo el sol inclemente de mayo, cuando una muchachita de mi aula, precoz en todo, jefa de la tabla coreográfica, miró a la capitana del equipo vecino y sin mucho trámite le soltó:

-¿Qué pinga es? ¿Qué pinga tú miras?

Y ya. Eso fue todo. Le partió para arriba y la agarró por el moño. La otra respondió, y los tules con los que las niñas de los años ochenta se hacían sus peinados terminaron rodando por el patio. Y hubo patadas. Arañazos. Sacudones de pelos. Escupidas. Mentadas de madre. 

Regresamos ese día a casa victoriosos. Nuestra capitana, la muchacha con las tetas más grandes de todo el sexto grado, defendió a cabalidad los colores de nuestra delegación. 

-¡Ganamos! ¡Perdimos! ¡El palo que le metimos!-, gritamos a lo largo de todo el recorrido.

Después, en el preuniversitario, se organizaban periódicamente las emulaciones por grados. En una de aquellas, los muchachos de un año menor que nosotros intentaron pasar por nuestras aulas en una especie de conga explosiva, en la que proclamarían su superioridad en el estudio y el trabajo. Eso fue el acabose. Con la limpieza de nuestros inodoros no se jugaba. Con la brillantez de nuestros pasillos tampoco. Con los arreglos florales hechos con piedrecitas, ramas y marpacíficos muchísimo menos.

Mi gente esperó a los visitantes a la entrada del bloque docente. Los esperó pacientemente. Los esperó con pequeños puñados de tierra tomados de las jardineras cercanas. Y combatieron. Combatieron por el suelo del docente y por la limpieza de los inodoros. Alguien sacó una bolsa de tomates maduros y también fueron lanzados al ocupante indigno. Nunca pudieron completar semejante provocación. Ganamos ampliamente.

Siempre hay a nuestro alrededor excelentes razones para apelar a la chusmería, a la liberación de eso que llevamos dentro, de nuestros instintos más soeces y cavernícolas. Siempre hay buenos motivos para mentarle la madre a algún hijo del prójimo. Y a veces, incluso, el uso de la violencia se naturaliza a un punto tal, que quien apela a la racionalidad del diálogo termina  también con la madre mentada. Por flojo. Por ingenuo comemierda.

lunes, 6 de abril de 2015

Panamá: de las barricadas a los salones


Este fin de semana se reunirán en el istmo de Panamá los líderes de las Américas, desde Canadá hasta Argentina. Por primera vez en medio siglo ahí estaremos los cubanos. El domo que nos contiene al fin se astilla y rompe. La Cumbre promete engrosar los archivos históricos de este siglo que recién comienza, en especial el encuentro tan esperado entre Raúl Castro y Barack Obama, si no cae sobre las cabezas de ambos mandatarios un piano de cola, como siempre ocurre antes del clímax en los dibujos animados de la Warner Brothers, o mejor, los diez millones de firmas con los que se hará acompañar Nicolás Maduro para exigir la abolición del decreto que sanciona a siete funcionarios venezolanos y, algo mucho peor, la insensatez de que Venezuela es una “amenaza extraordinaria” a la seguridad nacional de Estados Unidos. A no ser que la Fuerza Armada Bolivariana pretenda bombardear a Washington con arepas, dudo que Caracas (o cualquier otra nación de América Latina) tengamos la menor capacidad (o intención) de invadir el lejano norte, a no ser con muchísimos emigrantes que nos envíen remesas. 

Paralelamente, y de algún modo que todavía no me logro imaginar, se sentarán en una misma mesa diversos actores de la Cuba de hoy. Bajo un rótulo tan inaprensible como el de “sociedad civil” se reunirán damas de blanco y federadas, gladiolos y girasoles, jóvenes intelectuales e intelectuales ya no tan jóvenes. La OEA, el Ministerio de Colonias del que habló el canciller Raúl Roa, se ha vuelto un Woodstock de las ideologías, de los modos de entender el mundo. Está bueno eso, y estaría mejor si la OEA también hablara con más fuerza de la independencia de Puerto Rico y del fin de la ocupación británica en las Islas Malvinas, por tan solo mencionar dos temas siempre preteridos en la agenda regional. 

Solo espero, por el bien de los trece millones de cubanos que también somos sociedad civil aunque no estemos por esos días en Panamá, que la gente allí presente vaya con la idea de escuchar, de escucharse, y no con la tan iberoamericana tendencia a lanzar al vacío sus propios discursos, a escribir sus propias noticias, a declamar sus propios parlamentos, sin dignarse tan siquiera a tomar en cuenta la visión del adversario.

El regreso de Cuba a este foro regional es un acto de justicia, y además una muestra de civilidad y decencia poco frecuente a un mundo que cada vez más apuesta por los balazos y menos por la diplomacia. La gente para entenderse necesita hablar. Es también un reto tremendo el pasar de las barricadas a los salones de negociación, pues implica guardar fusiles y complejizar ideas; ya no bastará con denostar al imperialismo yanqui ni al comunismo cubano, sino que ahora habrá que demostrar con ideas claras los límites y las posibilidades de los proyectos de país que enarbolen tirios y troyanos. Para los que apostamos por el diálogo civilizado, o mejor aún, por una civilización basada en el diálogo, la Cumbre es ya, digan lo que digan y hagan lo que hagan, una excelente noticia.

miércoles, 1 de abril de 2015

Santana

Le dedicó su concierto a la Virgen de Guadalupe y habló de la unidad de la nación azteca. Tenía que ser el mito del Tepeyac, el único referente que une a campesinos, trabajadores de maquilas, grandes patricios de la Nueva España, intelectuales de Starbucks, y a estos niños a quienes la sociedad ya les robó su inocencia, quienes pasan a mi lado vendiendo caramelos, cigarros y unas camisetas con el rostro afiebrado de Carlos Santana, el genio de la guitarra eléctrica, uno de los artistas más internacionales del México profundo y mestizo.

Alguien, a mi lado, gritó qué viva México, cabrones, y la gente aplaudió con el entusiasmo de una nación que se resiste a ser solo violencia y narcotráfico, colonialismo interno, contaminación y desmanes de gringos pinches de su madre; un país que es también el mejor exponente de una modernidad barroca y desencontrada, de una modernidad basada en la antítesis y en el profundo desgarramiento social; pero que estalla en la luminosidad del muralismo, en la magia de los patios interiores, en la diversidad de los acentos y las comidas, en una cultura complicada y compleja, y por compleja y complicada difícil de encerrar en el marco de los estereotipos y las simplificaciones.

Nadie sabe a ciencia cierta dónde empieza y dónde termina este país de mil rostros, pero que de algún modo ha incorporado los mitos fundacionales de la raza, el águila, el nopal y la serpiente. Los mitos son tan fuertes que han logrado resistir, hibridándose, a la vitalidad avasalladora de la cultura gringa-universal. México cruzó el río Bravo y reconquistó California y Texas. Los pilgrims hoy traen en la proa de su barco la imagen de la Guadalupe, y la América del pie apple y los waffles es también la América del jalapeño y la tortilla.

Allí está también México, en el ícono bidimensional de la Guadalupe, en el sabor y la textura del maíz, en los tianguis y las vendutas callejeras; en el barroquismo y la complejidad de la cortesía mexicana, que precisa de mil retruécanos para decir que no; en una burocracia ancestral que se inspira en los usos y las formas del Reino de Castilla, en las prácticas de los escribas del viejo imperio de los tlatoanis, y en los fueros y los oropeles de una república decimonónica y virreinal. Resistencia desde la fe, la paciencia y la resignación aparente; resistencia en el hecho de tomarlo todo sin entregar lo que ya se traía por dentro.

Como Santana, con tantos Grammys y tanta mexicanidad. Desde el público le gritaron algo y este rápidamente le respondió no mames, pinche güey. Después dijo en inglés que esperaba que esa fuera una noche memorable. Y lo fue. Rock and roll mestizo, la guitarra eléctrica, la batería rollingstoniana, junto al tambor de África. Una sonoridad barroca y transcultural que incorpora y recrea ritmos y modos de expresión, que van desde el Bronx neoyorkino hasta el corazón profundo de la Ciudad de México, pasando por toda la costa del Golfo, la plantación esclavista y la milpa prehispánica. Santana, con los ojos semicerrados y la música fluyéndole libre entre los dedos. Santana, pinche güey de la cultura mexicana en su dimensión global.