lunes, 27 de octubre de 2014

Televisión

Vendo mi alma por un televisor. No tiene que ser un LED Samsung de 54 pulgadas. Ni un ultra high definition (no tengo la más puñetera idea de lo que significa eso, pero suena "cool" decirlo). Solo quiero un televisor. Vaya, un Panda de esos que cuando lo enciendes te recuerda que ser culto es el único modo de ser libre, aunque después, inevitablemente, la gente se conecte con el Caso Cerrado de la doctora Polo, paquete o parabólica ilegal mediante.

Es que nada es perfecto y las necesidades humanas siempre son ilimitadas, de ahí que resulte de vez en cuando conveniente llamarnos a la frugalidad y al recato. Lo primero lo dijo Federico Engels, y lo segundo lo aplicó el socialismo real, que nunca ha sido bueno en eso de multiplicar panes y peces. Pero yo, que soy frugal hasta un límite, quiero un televisor. Lástima que aquí en México no los otorguen como premio a la emulación, por asistencias a trabajos voluntarios y marchas del pueblo combatiente, porque si no de seguro me lo gano, que no por gusto tengo 32 años de experiencia en la construcción socialista.

En Cuba daba mi reino, enterito, por una papa hervida; y ahora, en México, que ya tengo papas pero me quedé sin reino, le vendo mi alma a Rupert Murdoch, a cambio de un televisor decente donde ver las noticias y la última temporada de La Teoría del Big Bang.

Pero cada vez que salto con la cantaleta del Ti-Vi, alguien me dice que puedo ver las noticias en internet y descargarme las series. Que no es progre ver televisión. El canal Azteca y Univisión nos enajenan el alma. Todo es frivolidad y guerra de sexos. La televisión miente. La industria cultural nos deforma la conciencia. Es verdad… en parte. Pero si no le veo la cara a Peña Nieto, y no sé ni qué dice, cómo voy a criticarlo. Además, para entender un país, para comprender cómo habla su gente, cómo se comporta, cuáles son sus alegrías y sus tragedias, hay que seguir el ciclo anual de la televisión. Desde la Navidad hasta las fiestas patrias.

Porque no es lo mismo. Los nacidos bajo el signo del Televisor Caribe y del Krim 218 de bombillos, todavía le rendimos culto a la televisión. Sí, con su mantelito tejido encima, el aparato estratégicamente ubicado en el mejor lugar de la sala, con toda la familia congregada alrededor, como si fuera misa o asamblea de rendición de cuentas del poder popular. El televisor aquel inmenso que había que encender media hora antes de que comenzara el programa para darle tiempo a que se calentase. Allí vi a Flipper, los jonrones de Víctor Mesa, el Capitán Futuro, los Papaloteros y también todos los capítulos de Doña Bella, un culebrón brasileño que revolvió a La Habana de los años ochenta.

Ahora le gente se descocota frente al tablet o en la pantalla de la laptop. Todo es privado, hasta la televisión, que después del cine es el mayor espectáculo de masas. Por eso me quedo con la nostalgia del siglo XX, un mundo más sencillo donde los buenos y los malos de las telenovelas nos hacían reír y llorar cada noche habanera.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Sombras amarillas

Hace tres días que no sale el sol sobre la Ciudad de México, concentrada ya en un otoño temprano que pronto se oficializará con el Halloween gringo y el culto ancestral a la Catrina del día de los muertos. El DF, y más en otoño, es la otra orilla a donde yo también he ido a buscarme, como dice Polito Ibáñez en su canción. La Habana está lejos, y en la distancia la ciudad se sueña menos caliente y aletargada. Desde el corazón del imperio azteca mi vieja capital es un pueblo nuevo de mulatas y mulatos, tabaco y ron, música salsa, concentraciones políticas, banderitas cubanas agitándose al viento. Difuntos y flores. La ciudad a donde van siempre mis pensamientos, la isla mayor dentro de la isla, siempre sobre las aguas como una balsa que no acaba de encontrar su puerto. La Habana, cuyas calles puedo recorrer con los ojos cerrados, deteniéndome en los olores y en las texturas, en las desgracias y en las bienaventuranzas, en su pueblo sin ley, en su pueblo loco de historia breve.

El otro día subí a lo alto de la gran pirámide del sol en Teotihuacán. Sesenta y cinco metros para descubrir que no eres nada, que todo el honor y la gloria caben en un diminuto grano de maíz. La antigua civilización duró 700 años, doscientos más de los que ya tiene nuestra propia cultura hispanoamericana, tan segura de sí, tan soberbia, tan convencida de la eternidad de su legado. Hoy los primeros padres de América son polvo en el viento, tristes recuerdos de su esplendor perdido. En su momento, los teotihuacanos se sintieron el centro del mundo. Sus grandes sacerdotes y guerreros, verdaderos señores de pueblos, miraron por sobre el hombro al resto de las civilizaciones mesoamericanas, sin comprender que nada resulta eterno. El agua dejó de caer sobre el valle florido, los ríos acortaron su cauce y se perdieron las cosechas. Llegó la guerra, el pillaje y la muerte. La decadencia. Y la vegetación cubrió los templos y las pirámides. Y cuando los aztecas ocuparon el valle, siglos más tarde, llamaron a la avenida principal de la ciudad dormida “Calzada de los muertos”, pensando que se encontraban ante una tumba colosal, y no en la arteria principal de una urbe que en su momento tuvo 200 mil habitantes.

Desde la humildad de lo que es hoy Teotihuacán sueño con mi Habana, que nunca fue corazón de imperios, sino puerto de paso, tierra de putas y forajidos, crisol de alternidades. La Habana que debe renacer de sus ruinas. Y los muros volver a levantarse. Y los trenes correr por sobre nuestras cabezas. Y ni un bache más ni una desgracia. Y los palacios brillar cuando los visite la gente. Y los comercios abrir sus puertas. Y lanzar fuegos artificiales desde las atalayas del Morro los días de fiesta. Y hacer juegos olímpicos y juegos de verano. Y venir los barcos para nunca más partir. Y no hablar de vencedores ni de vencidos. Y los habaneros aprender a vivir uno al lado del otro, aceptando lo diverso.

Desde aquí, desde el contaminado y otoñal DF, pienso en todo cuanto somos y en especial, y es mi plegaria, en todo cuanto podremos ser como pueblo y cultura, como identidad ya desbordada en la isla y fuera de ella. Porque yo también, como Polito Ibáñez en su canción, busco sombras, amarillas, en el mar.

martes, 14 de octubre de 2014

El crimen de Ayotzinapa

La escuela formadora de maestros rurales “Raúl Isidro Burgos”, ubicada en Ayotzinapa, un pueblo alejado de la mano de Dios perteneciente al Estado de Guerrero (suroeste de México), ha sido noticia en estos días por uno de esos crímenes absurdos que parece sacado de un texto de historia medieval. Ayotzinapa, que en 2010 contaba con una población de apenas 84 habitantes, destaca en el mapa de la región por la presencia de esta escuela rural, institución con una matrícula aproximada de 500 estudiantes internos. A tres horas de la Ciudad de México, tomando por una carretera secundaria, la escuela remonta su historia a los tiempos de la revolución mexicana y su intento por llevar educación a los territorios más desgraciados del país.

Quizás por eso, la normal de Ayotzinapa piensa a la izquierda. Basta ver los muros decorados con imágenes de Marx y el Che Guevara. En Ayotzinapa se habla de Fidel Castro y de la revolución cubana, del México insurgente de los zapatistas. Se lee El Capital de Marx y se recita a Roque Dalton. Los muchachos, que rondan entre los 18 y los 23 años, son hijos en su mayoría de pobres campesinos, gente sin suerte que, parafraseando a Rubén Darío, “aun reza a Jesucristo y aun habla en español”.

Para entender por qué los jóvenes de Ayotzinapa creen en las ideas libertarias del Che, en la movilización social y en la dignidad plena de los hombres, no hay que pensar en la intervención divina de un dios proletario. Nacen y crecen en una tierra sin suerte, contaminada por el virus mortal del narcotráfico, una plaga que, aprovechándose de la debilidad del Estado nacional, ha penetrado hasta los tuétanos en las estructuras de poder locales. México es, en pleno siglo XXI, un país feudal, y los narcotraficantes, modernos señores de la guerra, se reparten condados y baronías a lo largo del ancho corredor de la cocaína, el cual se extiende por la costa del Pacífico, sangre mediante, desde Centroamérica a la frontera con los Estados Unidos, el mayor consumidor de estupefacientes a nivel mundial.

En la tarde del viernes 26 de septiembre, 150 estudiantes de la escuela formadora de maestros rurales de Ayotzinapa se desplazaron en dos autobuses al cercano pueblo de Iguala, con el objetivo de recabar fondos para participar en la marcha que cada 2 de octubre congrega a miles de personas en el Zócalo del Distrito Federal, fecha en la que se conmemora la famosa matanza de estudiantes y obreros en la Plaza de Tlatelolco, ocurrida hace ya 46 años. Serían los muchachos de Ayotzinapa los próximos masacrados.

miércoles, 8 de octubre de 2014

La desnaturalización de la desgracia

En la puerta del metro hay una mujer sin rostro pidiendo limosna. Tiene en sus brazos a un niño de cinco años, que bien podría ser mi ahijado. Mi ahijado de cinco años, que está en una edad en la cual todo es posible. Ser cosmonauta. Emigrante. Jugador de las Grandes Ligas. Vendedor de churros. Poeta. Pero el niño a quien cargan en la puerta del metro tiene los ojos cerrados, no del todo, la blancura del lóbulo ocular se filtra por debajo de los párpados, un pequeño hilo de saliva pende de la comisura de su boca. No duerme. No ha hecho una pausa entre el juego y el almuerzo. Está drogado. Un niño drogado de cinco años. La vida que es sueño. Aletargan niños para alquilarlos a los mendigos profesionales. Un mendigo con un niño en brazos despierta mucho más la compasión de un público acostumbrado a convivir con la desgracia.

La mayoría de la gente no piensa en cómo será la vida de ese niño de cinco años que no irá nunca a la escuela, que no tendrá neuronas, que acostumbrado al opio cuando tenga fuerzas para andar por sí solo comprará pegamento para oler y acortar así la infelicidad de sus días. No piensan que el mundo es profundamente desigual. No les importa. La gente no tiene la culpa de que el planeta sea una mierda. Para eso están los políticos, las ONG y los curas. Para eso debe estar Dios, que casi nunca se acuerda de Latinoamérica. Desde que el mundo es mundo, diría un pragmático, hay ricos y pobres, opulentos y miserables, Adonis bronceados junto a cojos, mancos y tuertos. Los pobres son pobres porque quieren serlo. Que trabajen. Y si no quieren trabajar, que se mueran de una vez.

Sin embargo, hay todavía a quienes les interesa algo, a quienes aun les quita el sueño la injusticia. ¿Qué hacer?, se preguntaría un Lenin, y la respuesta lo llevaría a la revolución anticapitalista total, a la purificadora violencia revolucionaria, que concluiría inevitablemente en su Termidor, en el ingente sacrificio humano, en la claudicación de los sueños personales bajo la dictadura del unanimismo. Pero los pobres no dejan de oler pegamento a base de consignas y directrices trazadas, sobre todo cuando la pobreza está integrada en la médula espinal, en el ADN de la gente, y no es sólo producto de la dictadura de unos señores vestidos con sombrero de copa y levita. Miserables hijos de miserables, nietos de miserables… y así hasta la más oscura noche de los tiempos, el día siguiente en que Dios separó la luz de las tinieblas, y a los que tienen de los que no. Opresión de clase y grupo social, pero también violencia de raza, de género, de modo de ser y comportarse. Si fuera tan sencillo como abrir barricadas y gritar que no pasarán, ya el hambre y la desgracia no serían azotes mundiales.

El gran problema de todo esto es que las revoluciones las sueñan los intelectuales, las materializan los caudillos, las sufren las clases median y las “disfrutan” los pobres, a quienes nunca realmente les preguntaron cuál debía ser la naturaleza de su propia liberación. No les preguntan por dos razones. En primer lugar, porque los pobres nunca se expresan, y de tanto silencio a veces se piensa que los miserables no tienen voz. Pero la tienen. En segundo lugar, porque los intelectuales que sueñan, y los caudillos que conducen, están absolutamente convencidos de saber lo que está bien y lo que está mal, lo que funciona y lo que no. Y al pueblo le corresponde siempre comportarse como si estuviese en el famoso lienzo de Delacroix, dejarse guiar por la libertad que los conduce.

Quizás la solución a tanta desgracia humana pase por dar pequeños pasos, que son siempre el comienzo de las grandes obras. Escuchar. Dejar en casa el manual de autoayuda que te explica cómo hacer una revolución en cinco etapas. Olvidarse quizás del estado-nación como estructura del cambio, un invento reciente de la modernidad para garantizar la estabilidad del mercado, y pensar que cada inequidad es única y tiene su propia solución.

Debemos soñar con la victoria de una humanidad donde quepamos todos, y para eso hay que proyectar primero ese sueño, imaginarlo, y ese ejercicio de imaginación debe comenzar por el reconocimiento de los problemas, por la desnaturalización de la injusticia. Por ello, en lo que políticos, intelectuales y gente común se pone de acuerdo, que no te de igual ver a un niño atontado de drogas en la entrada del metro. Porque no es justo, no es natural, no es un plan divino. Y sobre todo, no es inevitable.