lunes, 29 de septiembre de 2014

Cine

De acuerdo con las películas de Hollywood, si vives en México eres siempre narcotraficante o  potencial jardinero de la clase media suburbana de Miami o Los Ángeles. Al sur de la frontera no hay médicos, ingenieros, maestros, poetas o soñadores. Soñadores sí, quizás, porque soñar no es una actividad rentable. Poetas también, algunos reconocidos en su hispanidad o cosmopolitismo, otros considerados “folcloristas” y no intelectuales plenos porque escriben en náhuatl y visten los raros andrajos anteriores a la conquista. Aquí todo es polvo, contaminación y herrumbre, el cielo no es azul ni el sol amarillo. República de huevones sentada a la vera del camino, esperando la llegada de La Bestia, el tren infernal que lleva latinoamericanos al otro lado de la línea roja que divide civilización y barbarie. México es Tijuana, la ciudad-frontera donde gobierna la ley del far west y la polvareda.

La modernidad, y más que la modernidad lo moderno, se filtra mientras tanto entre las alambradas. La Coca Cola, los pollos, y el maíz transgénico. La gente vestida de cuello y corbata, los bolsos de Carolina Herrera, las fotos de la boda en Venecia de George Clooney, el festival de Miss Universo, las sectas milenaristas, la república del sálvese quien pueda y después de mí el diluvio. Pero el intercambio es mutuo y la cultura se escurre como el agua entre los dedos: lo anglosajón se latiniza en un norte cada vez más fanático al picante y a la lucha libre, al melodrama y al abigarramiento barroco mexicano.

La publicidad, empeñada en exhibir caras felices bajo la consigna de que solo aquel que tiene vale, solo muestra rostros occidentales. El consumo, la creación de necesidades, se rige por patrones estéticos y culturales extranjeros. Las indias en jeans no venden la felicidad y el triunfo, incluso ni a sus propios compañeros de raza. El colonialismo es un cáncer que se extiende hasta los tuétanos; por quinientos años te han enseñado que los de arriba tienen la piel blanca y los ojos claros, el talle esbelto y la nariz bien recta. De ahí que no sea comercialmente exitoso mostrar a un mestizo hablando por el nuevo Iphone 6 de Apple o pasando las vacaciones en la Rivera Maya. Moctezuma y Cuauhtémoc no venden hamburguesas, y la Malinche, en todo caso, patrocinaría un resort exótico en Yucatán.

Yo, que cada vez que puedo le critico a Hollywood su tendencia a legitimar la inequidad del mundo, de vez en cuando me doy un brinco al multicine, el sanctasanctórum del placer burgués de la clase media. Me da la reverenda gana. Para creer en el mejoramiento humano no hay que andar con un jean viejo y el cabello sucio, ni llorar de emoción todo el tiempo con el Acorazado Potemkin. Los seres humanos necesitamos soñar, olvidarnos de las penas, y Hollywood tiene experiencia sobrada en prácticas de enajenación. Si el socialismo real no hubiera sido tan aburrido de seguro habría tenido mayores posibilidades de éxito. A Paul Lafargue, el yerno mulato y gozador de Carlos Marx, los revolucionarios no le hicieron mucho caso cuando reclamó el “derecho a la pereza”, un valor humano que, como el carnaval, no resuelve los problemas estructurales del mundo, pero te da fuerzas para seguir andando.

El multicine hollywoodense, como espacio simbólico, ha logrado llevar al límite las prácticas del consumo globalizado. Espectadores de todo el mundo tienen una experiencia lúdica común. Durante la proyección del filme, rositas de maíz y Pepsi Cola mediante, dejas de ser latinoamericano, anglosajón, hindú o chino, y te entregas a la magia de la imagen en movimiento, al mundo de los sueños y la luz. El multicine, por tanto, no está como tal en “México”, ni en el país de los Zetas ni en el de los murales de Diego Rivera, ni en la capital de veinte millones de almas atormentadas, catedrales católicas y pirámides precolombinas.

Pero al salir del cine, después de una hora y media de sangre, sudor y lágrimas, te aborda una pareja de indios, viejos ellos como el mundo, para pedirte una limosna “por el favor de Dios”. Hollywood se muere entonces. Hollywood y la magia de los finales felices. Delante de mí, en silencio, comienza a extenderse el otro México.

lunes, 22 de septiembre de 2014

El Ánfora

Estoy contemplando un ánfora griega del siglo VI antes de Cristo. Es un recipiente para almacenar agua. Una jarra grande. Un porrón europeo. Una pequeña tanqueta. El conferencista dice que el ánfora le recuerda a una vagina, es algo matricial. Martin Heidegger debe haber hablado de eso y también Jean-François Lyotard, y todo indica que en alguna gran biblioteca de Paris ha de existir un tratado filosófico de 435 páginas –más anexos- dedicado únicamente a detallar las sinuosidades del ánfora que hoy se disecciona en la clase.

El conferencista no dice si el ánfora la construyó un esclavo para uso exclusivo de su señor; ni si ese esclavo en algún punto del camino valoró rajarle en la cabeza el ánfora a su dueño, y comenzar así una lucha por la libertad que sacudiera la Hélade. El ánfora, un tratado de estética en sí mismo, queda “descontaminado” del contexto de producción, de los actores sociales, de la subjetividad del que hace y deshace, crea y recrea. Para luchar están los hippies y los revolucionarios, los líderes sociales y los artistas progres. La educación ha de ocuparse de asuntos serios, de una teoría de la teoría, de una subjetividad de lo subjetivo, de una epistemología de lo abstracto. Basura.

Me resulta muy difícil prestar atención a las diatribas de una tinaja para almacenar agua en la antigüedad clásica. La culpa es de Paulo Freire por inocularme su crítica al modelo de educación bancaria. ¿Para qué sirve el saber en abstracto? No entiendo una pedagogía cuya razón no sea cuestionarse el mundo para cambiarlo. Cambiarlo para bien. Porque igual que un mundo mejor es posible, una sociedad infinitamente peor también cae en el terreno de los escenarios futuros.

La democracia, no la praxis griega de tres fulanos bien vestidos en el ágora, hablando de Sócrates y tomando vino de la dichosa ánfora, ha de pasar por una pedagogía de la liberación. Sacudirse el colonialismo, esa tendencia a repetir los modelos de dominación que tenemos asumidos en nuestra médula, en nuestro habitus. Una democracia que tome en cuenta el género, la raza, la orientación sexual y también, obligatoriamente, que propicie una relación armoniosa con el medio ambiente. Una democracia que contemple la opinión del otro. Que combata la zoquetería del que mucho habla y poco escucha.

Para eso sirven las escuelas. Para preguntarse. Para conformar colectivamente inquietudes que posiblemente no tendrán respuesta; pero que ampliarán el margen existente entre la duda -primer paso en el largo camino hacia la liberación- y la certeza, el dogma de fe, el conformismo y el aletargamiento.

Como el ánfora, una pieza de museo de dos mil quinientos años de antigüedad, una vagina sofisticada si así se quiere, o el fermento material de las luchas pasadas de la humanidad en busca del equilibrio entre lo bello y lo útil, lo trascendente y lo inmediato.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Travieso (1996)

Para Javier y David, quienes espero algún día les cuenten a sus hijos algunas de estas historias.

Vine a formar lo mío
para ver qué bolá
porque yo soy El Tipo
Todo por Carlitos, dibujo animado de Ernesto Piña


Es enero de 1996, y está haciendo el frío más grande de la historia de Cuba. En Bainoa, un pequeño pueblito ubicado al este de La Habana, la estación meteorológica reporta una temperatura mínima de 0,6 grados.

Cuando meas sale “humo” del pavimento por la condensación, y temprano en la mañana el aliento se te congela. Es como vivir en una película rusa. Estoy pasando la escuela al campo en un campamento llamado “El Travieso”, enclavado en la fría llanura Habana-Matanzas, el cinturón de tierras fértiles que bordea a la capital cubana. Un mes de trabajo en la agricultura, concretamente apoyando la recogida de coles y pepinos, formándome en el estudio y en el trabajo como un buen pionero de la patria socialista.

martes, 9 de septiembre de 2014

La prensa y los sueños

Se estudia periodismo para cambiar el mundo. De lo contrario, si se es conformista y dedicado a respetar lo que siempre ha siempre y siempre será, mejor dedicarse al oficio de carnicero, o al corte y costura; que en definitiva, en estos tiempos en los que nadie lee y nadie se cuestiona, son profesiones muchísimo más rentables.

Un periodista no es un lector de tabaquerías ni un orador de barricadas. Es decir, ni está para repetir un guion escrito por otros, ni su razón de ser en esta vida es conducir a las masas a la redención. Para eso están las iglesias y los partidos, los libros de autoayuda y las telenovelas.

El periodista no está para pensar por nadie, tampoco debe aceptar que piensen por él.

El periodista interpreta con ojo crítico la realidad, y sin ser Oráculo de Delfos, le toca de vez en cuando escrutar el destino, ver qué pasará de acuerdo al tiempo y a la circunstancia. Y decirlo. Decirlo alto y con claridad.

El periodista ha de tener sangre en las venas y recordar todo el tiempo a quien sirve: A la gente. A los ciudadanos. No al pueblo en abstracto, en cuyo nombre siempre se cometerán horrores, sino a los cientos de miles, millones de individualidades ciudadanas que constituyen el colectivo humano.

Sin pasión no hay periodismo. Sin ganas de soñar tampoco. El periodista, como el poeta, es un soñador de lo posible, de los múltiples horizontes que se pierden hasta donde pueda abarcar la vista. Así lo dice en su primera “Declaración de principios” el periódico L’Enragé (El Rabioso) una de las tantas publicaciones alternativas surgidas al calor del Mayo Francés del ‘68:

Este periódico es un adoquín.
Puede servir de mecha para un cóctel molotov.
Puede servir de porra.
Puede servir de pañuelo antigás.
Somos solidarios, y lo seguiremos siendo, de todos los rabiosos del mundo.
No somos ni estudiantes, ni obreros, ni campesinos, pero queremos aportar nuestro adoquín a todas sus barricadas.
Si alguno de vosotros tiene dificultades o escrúpulos a la hora de expresarse en los periódicos tradicionales, venid a decirlo aquí, ¡como si estuvierais en vuestra casa!
En este periódico, nada está prohibido, ¡excepto ser de derechas!
¡A las armas, rabiosos, formad vuestros batallones!
¡Marchemos, marchemos, que una sangre impura empape nuestros surcos!


Como intelectual a medio camino entre el artista y el científico social, el periodista debe tomar distancia de la realidad que le circunda, y no confundir el compromiso con el aprisionamiento mental. El ejercicio de la crítica es por tanto la capacidad de distanciarse de un objeto y racionalizarlo.

Aunque los periodistas y el público saben perfectamente que la objetividad es un mito, ya que todo acto comunicativo pasa por la subjetividad del creador, hay que aferrarse a ella como un tesoro a defender, un horizonte hacia el cual avanzar. Y de paso, creer seriamente que la prensa tiene una responsabilidad ante la comunidad, que los periodistas podemos ejercer con éxito el oficio de barrenderos de estiércol, de cuarto y quinto poder dentro de cualquier sociedad, de perros guardianes del poder, de observatorios críticos, de agentes de movilización ciudadana, de artistas de vanguardia, de constructores del consenso.

Creer nuestra función ciudadana, creerla bien, como único antídoto ante la grisura, para seguir soñando pese a las condiciones objetivas, los tiempos y las circunstancias, las funciones establecidas. Y los silencios.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Memorias

Jpeg
Llevo días hablando de memorias y hablando de olvidos. Las cosas de estudiar un Doctorado en Estudios Latinoamericanos, al final terminas haciendo introspecciones como si fueras un poeta de barrio. En este continente loco, familia de repúblicas nacidas, como quien dice, la semana pasada, la tradición liberal se amanceba con lo legendario prehispánico, y también, que no es poco, con las nuevas corrientes que traen los Vientos Alisios, las balsas de cubanos, y las lanchas del corredor de las drogas: los chinos que se quieren tragar el mundo; los gringos tratando de no soltar lo que han mordido; los franceses con la honda de la multiculturalidad y de paso a ver qué se pierde; y una España caída en desgracia por la crisis, pero que de un modo u otro nos persigue por todo el continente, Telefónica mediante, y muchísima herencia caudillista y de políticos de telenovela.

Pues venga la memoria (que no el olvido). En definitiva yo creo en la Historia, así en mayúsculas, y de paso en la dignidad plena del hombre, en la utilidad de la virtud y en el mejoramiento humano. En todo eso. También en Marx, en el Gramsci y en la Rosa Luxemburgo. El Lenin de las barricadas me gusta más que el del Palacio de Invierno, pero no dejo de pensar que una cosa es estar tirando piedras a lo hippie y otra bien diferente refundar el antiguo imperio de los zares. A Stalin, ni con pinzas. Habrá vencido a los nazis e industrializado Rusia pero enfermó a la izquierda con el cáncer del verticalismo y la bobería.

Venga la memoria (que no al olvido). Pero sin drama. Que mucha agua pasó bajo el molino, y mucha pacotilla se escurre a través de las aduanas como para que a estas alturas nos rasguemos las vestiduras. Para escribir memorias me presto yo, que hace veinte años vi partir las balsas de mi vieja playa en Cuba. Balsas con balseros. Con niños pequeños y ancianos. Y mucha santería. Y Virgencitas de la Caridad. Y vomiteras (por el mareo y por el ron que traían los cuerpos). Dios mío. Pa’ dónde coño se fue tanta gente.

Pero ni sé por qué terminé hablando de estas cosas, ha de ser la resaca de los 32 años recién cumplidos, que parece que con la edad a uno le da por pontificar y dejar algo para el que venga atrás: que un espermatozoide correctamente ubicado, que dos o tres líneas en un periódico, que un grafiti bien puerco en la pared del metro, y si estamos en La Habana (que no hay metro) a la entrada de uno de los túneles que tenemos para defendernos del imperialismo, que para algo han de servir mientras tanto.

Mezcal no he tomado. Ni tequila tampoco. ¡Qué viva México! ¡Carajo! Solo un vino argentino que no emborracha pero esclarece las ideas. Cuánta recordadera, cuántas ganas de que no se pierda nada. Porque sí. Porque se lo quiero contar a mis hijos, y si no hay hijos que el perro me aguante la muela. O el cobrador de la luz. Quien sea.

Memorias como aquella de 1998, mientras estudiaba en la escuela vocacional Lenin, por poco me gano un consejo disciplinario en una clase de idioma inglés. La profesora, una mujer bruta como no he visto dos, preguntó quién nos estaba visitando por esos días y yo le dije que el “Potatoes” Juan Pablo II, desconociendo latinoamericanamente que el mundo anglosajón denomina al mandamás católico como el “Holly Father”. Ello no impidió que unos días más tarde me llevaran –junto con el resto de la escuela- a la avenida de Rancho Boyeros a ver pasar el Papamóvil, con el Papa Wojtyła adentro, uno de los recuerdos más importantes que conservo de esos años.

Un poco antes había visto pasar los restos del Che. Impresionante. La gente lloraba al ver la urna escoltada por carros militares. Todo había envejecido, el mundo entero, y allí estaba el Che en la memoria de la gente. Con estos 32 años acabados de cumplir me ha dado por pensar en el Che, y llego a la conclusión de que yo no sé nada de la vida. El Che tenía apenas unos años más que yo cuando lo mataron en la Higuera intentando encender la llama de la revolución tercermundista. Bienaventurados aquellos que tienen alguna certeza. Yo, al menos, me muero en la incertidumbre.

Pero a veces los pueblos, para superar los traumas del pasado, y sobre todo, para encontrarse, han de apelar al olvido. No queda otro remedio. Pensar en las cosas buenas, en todo aquello que une; y olvidar, al menos tratar de hacerlo, cuanto nos separa. Solo así se sale de la neurosis histórica (el empozamiento en el presente). Solo así se funda. Sólo así se avanza. Pero bueno, basta ya por hoy de introspecciones.