miércoles, 9 de julio de 2014

Mario Coyula: Cuestionarse las cosas, no por espíritu de contradicción, sino sencillamente para no equivocarse

Por Ivet González y Salvador Salazar

Mario Coyula. Foto: Fernando Medina Fernández / Cubahora.


El 26 de marzo de 2008, el arquitecto Mario Coyula visitó el viejo salón de posgrado de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Ante un auditorio repleto de estudiantes y profesores, Coyula compartió impresiones sobre la década del setenta en Cuba. Se unió así gustosamente a un ciclo de conferencias que bajo el título de “Pensar a Cuba” compiló miradas “en primera persona” a la historia económica, política y cultural de nuestro país en las últimas cinco décadas.

Bajo la conducción del periodista e investigador Pedro Pablo Rodríguez, logramos reunir en nuestra Facultad, entonces la Casona de G, a importantes personalidades de los más diversos ámbitos. Para hablar de los años setenta en Cuba nos acompañaron también ese día el combatiente del Movimiento 26 de julio Arnold Rodríguez, quien durante la llamada Zafra de los Diez Millones ocupó tareas relacionadas con esta actividad. Participó además el sociólogo e investigador Ricardo Jorge Machado.

Tomando como pretexto la compleja década del setenta, Coyula debatió acerca de los avatares de la arquitectura durante la Revolución Cubana, que comenzó en 1959. Desde su visión de artista, defendió a la belleza y la urbanidad como valores imprescindibles en la construcción de todo mundo que aspire a ser mejor y posible.

Publicamos la transcripción de sus palabras como homenaje a uno de los intelectuales más lúcidos y polémicos de los últimos tiempos, verdadero maestro de la juventud cubana, que falleció el pasado lunes 7 de julio.

Mario Coyula: Estoy muy contento de estar aquí y poder hablar con ustedes, gente joven, la gente que tiene un reto tremendo delante. Ustedes tienen el reto de informar, formar opinión, tocar problemas muy delicados sin soslayarlos. Este último resulta un equilibrio muy difícil de lograr, que a veces es como caminar por el filo de un cuchillo.

Espero que no se caigan y puedan mantener el equilibrio.

Estaba pensando que ya se ha hablado muchas veces de que hay siglos largos y siglos cortos. El siglo XIX, por ejemplo, empezó con la Revolución Francesa y terminó con la Primera Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique. Duró por tanto más de cien años. El siglo XX, en cambio, fue mucho más corto. Empezó al terminar la Segunda Guerra Mundial y terminó con el colapso de la Unión Soviética. Fue un siglo corto. El XXI había empezado ya en aquel momento. De la misma manera hay décadas largas y décadas cortas. Creo que la década del setenta fue muy larga, mucho más que una década. Empezó antes del 70, entre el 67 y el 68.

Personalmente, hubiera preferido hablar de los años 60 porque son los años que me tocaron y me marcaron. Años también anteriores, por supuesto, la lucha contra (Fulgencio) Batista en los años 50, la época en que estudié en la Universidad de La Habana. De cierta manera, la buena arquitectura moderna que se hacía ya en Cuba en los años cincuenta continuó haciéndose después en los sesenta en condiciones muy malas, incluso subjetivas y tensas: los grandes maestros habían abandonado el país. Una gran parte de las familias cubanas habían quedado divididas, había problemas de ruptura y desgarramiento, circunstancias de ataque, de alzados en el Escambray, la invasión de Playa Girón, la Crisis de Octubre, vivíamos circunstancias de escasez material. Ustedes no habían nacido, pero era la época de los famosos “Playa Larga”, que era el espagueti blanco, hervido. Le echaban una especie de mercurocromo, o algo, para que pareciera rojo.

Entonces, en medio de esa situación se siguió haciendo buena arquitectura, solo que esta vez extendida a todo el país y a una serie de programas nuevos como las llamadas facilidades agropecuarias, las vaquerías, seiscientos nuevos pueblos que se han hecho desde esa época para acá están en zonas rurales. Se inició la conservación del Centro Histórico de La Habana Vieja, que luego se fue extendiendo a otras ciudades.

Una de las cosas que siempre planteo como una crítica es por qué, si pudimos hacer buena arquitectura en los sesenta, en esas condiciones tan difíciles, hoy en día no podemos hacer buena arquitectura. ¿Por qué esta ciudad y este país en general, que ha podido mostrar buena arquitectura en 450 o casi 500 años de su historia, no puede mostrar salvo algunas excepciones que no marcan ni hacen diferencia, buena arquitectura en estos momentos? Creo que es una pregunta, y vamos a ver si encontramos la solución. Y por supuesto, esos no son problemas deliberados. No es que nadie se haya planteado: vamos a liquidar la arquitectura. Ahora, el hecho es que la arquitectura salió del campo de la cultura, se convirtió en construcción y lo interesante es que, una vez que se empezó por renunciar a la belleza y a la expresividad (supuestamente vicios burgueses) terminamos perdiendo también calidad en la construcción. Aparecieron grietas y abombamientos… Se perdió todo. Y esa es una relación que se ve hasta en la calle: cuando tú ves un carro bien cuidado por fuera, aunque sea a veces ridículo y con muchos guindalejos, es difícil que el motor no esté bien cuidado. Creo que ese es uno de los problemas a resolver.

No podemos renunciar a la expresión, tenemos que devolver la arquitectura al campo de la cultura.

Los setenta, para mí, empezaron en el 67-68, con la muerte del Che y la última gran exposición de las grandes muestras antológicas que se hicieron en el Pabellón Cuba. Los sesenta fueron la época del florecimiento de La Rampa. No los cincuenta… fueron los sesenta. Entonces a infraestructura estaba flamante y de pronto abierta a todo el mundo y la creatividad. Cualquiera traía una buena idea y esa buena idea caminaba.

Después encontramos mil maneras de frenar las buenas ideas y, como dice un amigo mío, hay gente que para cada problema encuentra una solución pero hay otros que para cada solución encuentran un problema. Hay gente que se ha especializado en encontrar problemas, trabar las cosas.

Se ha debatido mucho los problemas de la década del 70, sobre todo el período del 71 al 75, a partir del Primer Congreso de Educación y Cultura, y toda la etapa de intentar imponer el realismo socialista, que como decía el Che, no era ni realista ni socialista. Felizmente se pudo superar después. Hubo escritores censurados, el teatro en Cuba sufrió un golpe tan grande que todavía yo diría que no se ha recuperado. Sin embargo, fue una etapa en que se hizo mucho en la construcción, pero ya bajo un signo distinto, que fue la centralización, el cortar la experimentación que había sido muy fuerte en los años 60. Se suponía que los que dirigían la construcción ya sabían todo lo que tenían que saber. Importamos modelos del campo socialista, es decir, los modelos de grandes paneles prefabricados, la grúa, todo ese tipo de construcción, que llenó el país de edificios iguales de una punta a la otra sin tener en cuenta si uno era caliente o más fresco, u otro era sísmico o no.

La uniformidad es el resultado de la excesiva centralización.

Esa centralización es una de las cuestiones que tenemos que analizar. Muchas veces uno dice: si hay poco tengo que centralizar, los cuatro centavos disponibles tengo que ver cómo los distribuyo. Y parece lógico. Sin embargo, si invierto los términos, digo: ¿no se piensa que tenemos poco porque centralizamos mucho? Podríamos tener más si descentralizáramos. Quizás lo que necesitemos sea menos centralización con más control, porque ahora hay mucha centralización y poco control. Nos creemos que estamos controlando todo y no es verdad. Se dan órdenes, directivas…, luego se incumplen y no pasa nada porque ese deterioro está ya entronizado como una cultura perversa.

Viví en la Unión Soviética y Polonia entre el 69 y el 70. Me perdí una gran parte de la gran zafra. Cuando regresé a Cuba la ciudad era inhabitable y lo que hice fue meterme en el campo. Ya por lo menos no sentía que estaba viviendo en un esqueleto, un fantasma, vacío, en una ciudad que estaba muerta. En todas partes colgaban letreros de: “estoy para la zafra”. Todo estaba parado. En ese tiempo, en la Unión Soviética, sin ser analista, ni experto en inteligencia, ni político ni diplomático, me di cuenta que aquello estaba liquidado porque estaba corroído en la base y había una dirección que estaba ya anquilosada, que no avanzaba, se había estancado. Entonces a mí no me sorprendió, no sé por qué a otra gente sí, el colapso de la Unión Soviética, porque eso estaba pintado desde aquel momento, incluso para un arquitecto que no era experto en esos temas.

Lamentablemente, señales de problemas que tenemos hoy las tuvimos hace veinte años, y no se le hizo caso en el momento adecuado para pararlos antes de que se entronizaran como un modo de vida, incluso, como modelo de éxito. Lamentablemente tenemos hoy el modelo de la jinetera (prostituta) y el maceta (persona con mucho dinero), a los que aspira mucha gente. Hablamos de valores pero no les hemos dado valor a los valores.

Pienso que eso es parte de los problemas del deterioro generalizado que se expresa en la imagen de la ciudad. Tenemos una ciudad enjaulada, llena de chichones, de forúnculos, y no solo a causa de la pobreza. Es el resultado de la cultura de la pobreza ahora con acceso a un poco más de medios a través de vías casi siempre ilegales. Entonces el que antes hacía una barbacoa, que eran cuatro tablitas que de una bofetada se derrumbaban, ahora está haciendo un apartamento triple con grandes cercas que se comen el jardín y el portal, y no pasa nada. Desde hace quince años la moraleja es: si usted pide permiso para hacer algo le dicen que no y si lo hace sin permiso no le pasa nada, a lo sumo le pondrán una multa que se suma a lo que costó la obra. Así se sigue perdiendo la ciudad. Por un lado, existen esfuerzos grandes, enormes, reconocidos a nivel mundial, rescatando La Habana Vieja, haciendo maravillas sobre la base de una autosustentabilidad. Pero esta experiencia sigue siendo una excepción, que hace que todos nosotros nos preguntemos por qué si ese modelo funciona en La Habana Vieja no se puede extender al resto del país, sin recibir la explicación de que nada más que hay un Eusebio Leal y que habría que clonarlo. Las figuras se dan en las circunstancias. Camilo Cienfuegos iba a ser un sastrecito, el Che Guevara iba a ser un médico curando leprosos en la Amazonia, Fidel un abogado a lo mejor de segunda categoría. Entonces las grandes figuras salen en los grandes momentos, ante las grandes dificultades. Lo otro sería idealismo, y pensar que las grandes personalidades vienen con una paloma que baja, un espíritu santo que los unge y los convierte en seres distintos a los demás.

Creo que es muy importante tratar de entender cuáles son los problemas. La ciudad diría que es un espejo cruel, que nos devuelve una imagen que no nos gusta. Pero es lo mismo que me pasa cada mañana cuando me afeito ante el espejo y veo un viejo que ya no es la persona que fue. Pero es la verdad. Creo que necesitamos vernos en ese espejo para darnos cuenta de la realidad, no dejarnos envolver, confundir deseo con la realidad, porque la realidad se nos puede ir por delante. En la ciudad hemos perdido muchísimo y no es fácil en muchos casos ya darle marcha atrás. Esos cuarticos, esos chichones, esas cosas que están hechas por ahí, ya están llenas de gente. Ahora no se pueden quitar, se debieron quitar hace quince años. Aplicar el mismo principio, siempre he dicho: si alguien construye una casetica frente al monumento de Martí no dura quince minutos, entonces, ¿por qué no podemos aplicar el mismo principio en el momento en que se está haciendo una violación?

La ciudad no es más que un reflejo de otros problemas, de otras realidades. Esta ciudad nos refleja a nosotros. Es una ciudad heredada, una ciudad que fue construida para una sociedad clasista, una ciudad blanca hecha para los blancos, una ciudad que miraba a Europa y después a Estados Unidos. Está claro todo esto, la miseria se ocultaba. Por ejemplo, uno pasaba por delante de una ciudadela y veía unas fachadas con columnas y órdenes clásicos pero la pobreza estaba dentro. Había que entrar a verla. Estaba adentro, no era mentira. Pero tú pasabas por la calle y no la veías. Te daba una imagen falsa, pero amable, de la misma manera que en un país capitalista la dependienta que nos sonríe, sabemos que está obligada a sonreír porque si no la despiden. Pero es mejor que te sonríe a que te ladre.

Son cosas que tenemos que aprender y realmente recuperar. Es La Habana una ciudad que merece tener una arquitectura propia de la época, de calidad, que podamos mostrar al mundo. Sin embargo no la tenemos.

Los setenta fue la época de Alamar, una iniciativa con buenas intenciones, pero dicen que de buenas intenciones está empedrado al camino al infierno. Alamar tuvo su proyecto, no se crean que Alamar era así como salió. Tenía un proyecto que se fue cambiando por el culto a la improvisación, el famoso dar el paso al frente. Fulano no sabe nada de eso pero dio el paso al frente. El buró le quedó jorobado pero, bueno, vamos a ver si el segundo le queda un poco mejor. Y así con la ganadería, con todo lo que hemos hecho. Además experimentos en gran escala, no experimentos pequeños, sino en gran escala que lamentablemente salieron mal, y errores, que creo que es lo peor, creo que todo el mundo debe cometer errores, y más una Revolución que se supone que es cambio, movimiento, transformación rápida, fuerte, en un corto período de tiempo. Para mí en la definición se pueden cometer errores, pero lo que no es factible, ni viable, ni aceptable es mantenerse en los errores, repetirlos.

En los setenta cometimos errores, esa centralización, esos edificios prefabricados, ese culto a la grúa, esa imitación servil de lo que habían hecho otros países. Y repito, la culpa no se la podemos echar a los soviéticos, que lo copiaron de los franceses. Todos esos grandes paneles habían inundado Francia a raíz de la reconstrucción posterior a la Segunda Guerra Mundial, pero los franceses frenaron rápido y cambiaron la tendencia. Los soviéticos y todos los países del este siguieron y nosotros le subimos la parada. Llenamos el país de edificios iguales que son la pesadilla de los carteros, porque no encuentran las direcciones.

La Villa Panamericana -me estoy yendo de los 70- fue un ejemplo interesantísimo de una vuelta a la ciudad tradicional, pero lamentablemente el único. Una ciudad con manzanas, con un paseo que le sirve de espinazo, con edificios de una altura máxima de cinco pisos, con comercios en las partes bajas de los edificios. A todo el mundo le gusta la Villa Panamericana. Los edificios, a mi modo de ver como arquitecto, no son gran cosa, pero el esqueleto es bueno. Se pudo hacer en la coyuntura de los Juegos Panamericanos.

Ahora mismo qué es lo que está pasando, las duras lecciones del Período Especial tenían que haber servido para algo. Hubo cosas que surgieron forzadas por el Período Especial, el uso de la bicicleta, la agricultura urbana, la preocupación por la sustentabilidad, por el equilibrio ecológico, por no utilizar fertilizantes químicos ni plaguicidas, las tecnologías blandas, el uso de tecnologías locales, la participación de la población.

Todas esas cosas, que las impuso el Período Especial, lamentablemente fueron vistas por algunos -más bien fueron aceptadas a regañadientes- como una coyuntura en la que se pudiera volver atrás en cuanto la situación mejorara. Recientemente me he vuelto a enterar que se quieren hacer edificios altos de vivienda, que son muy costosos, no funcionan y dependen de elevadores. Tenemos una cantidad de edificios altos con los elevadores rotos y queremos hacer más, claro el edificio alto es muy llamativo, es como una cosa mágica que sale. Eso fue lo que le costó a los americanos la destrucción de las dos torres gemelas. Las nuestras afortunadamente no serán nunca tan altas ni llamarán tanto la atención a los terroristas. Pero, hay algo irracional en eso, y sobre todo lo que es irracional es que esas decisiones se tomen sin consultar a los especialistas. Y hay gente dando vueltas por el mundo comprando equipamiento para hacer unos edificios altos de viviendas, que vamos a pagar nosotros.

Estamos en un momento clave. Nuestros dirigentes han llamado a la crítica, a hablar abiertamente. Desde el año pasado se viene haciendo. Creo que ustedes tienen un papel muy grande en esto. Nosotros los arquitectos tenemos que ser un poco menos arrogantes. Hubo una época en la que pensábamos que los arquitectos éramos los que le dábamos la forma al mundo, en el que todos ustedes, infelices mortales, tenían que vivir. Ya sabemos cómo tienen que vivir. Cada vez le tengo más miedo a la gente que se cree que sabe todo lo que necesita para vivir. Esa gente que viene y está muy segura de todo, me preocupa, porque lo primero que uno tiene que hacer es cuestionarse las cosas, no por espíritu de contradicción, sino sencillamente para no equivocarse.

Los setenta tuvieron su ganancia positiva. Fue la época del Parque Lenin, una obra con mucha calidad arquitectónica, pero lamentablemente, caprichosamente, ubicada muy lejos de la ciudad. El Parque Lenin, el Jardín Botánico, el Zoológico Nacional y Expocuba, están allá, son unas islas perdidas, no hay manera de llegar a ellas. La gente, cuando iba al Parque Lenin, iba a comprar queso crema, no a ver el parque. Hay cosas que, cuando tú te distancias de tu realidad, se convierten en deseos, que pueden tener la forma de isla de Pinocho, pero que te separan de la realidad.

Aún con todas esas restricciones en la arquitectura, y esto es una cosa interesante, tipificada, con miles de elementos repetidos, con el mismo panel, la misma viga, la misma grúa, se pudo hacer buena arquitectura en algunos casos. Se hizo la escuela Lenin, la formadora de maestros y la Máximo Gómez en Camagüey, con uno de los sistemas más rígidos del mundo. Y ¿cómo se hizo? Bueno, porque había un grupo dirigido por una arquitecta de calidad, respetada por todos, que supo nuclear alrededor suyo un grupo de gente con talento. Entonces volvemos a la cosa muy importante de quién manda. Tiene que haber una persona que sepa y, además, sea respetada por los que van a colaborar con ella.

Aquella época también nos enseñó que, aun en circunstancias muy difíciles, se puede hacer cuando hay empuje, cuando hay gente dispuesta a correr riesgos. Pero cuando los profesionales deciden que es mejor estarse tranquilos, no buscarse líos con el jefe y hacer lo que se espera de uno, caemos en el culto a la mediocridad… lo que tanto daño nos ha hecho.

Respuestas a algunas de las preguntas y comentarios formulados por el público, que lamentablemente no fueron grabados:

Mario Coyula: En aquella sociedad [se refiere a la Cuba anterior a 1959], que estaba corrompida y tenía todos los problemas que sabemos, había una raya que estaba muy clara entre ser honesto y deshonesto. Al niño que venía de la escuela con un lápiz, la mamá le decía: ¿y tú de dónde sacaste este lápiz? Ahora lo estimulan a que se lleve cosas y lo felicitan cuando viene con algo. La prostituta se escondía para que no la vieran. Ahora, la mamá alardea de la muchacha que está con un gallego que la ha puesto cómoda. Ha habido una pérdida de valores tremenda. Mi tesis de hace algunos años es que tenemos que recuperar los valores pero no puede ser por consignas ni llamamientos, es que hay que darle valor a los valores.

En aquella sociedad, la persona que era decente y honrada, se vestía correctamente, hablaba correctamente. Y ese comportamiento le significaba alguna ventaja, siempre que fuera blanco, porque el negro estaba embarcado, está claro. Le significaba acceso a un mejor puesto de trabajo o ir a estudiar. Nosotros tenemos que encontrar la manera de darle valor a los valores, sino estamos hablando en general pero no ponemos los pies en el suelo. Creo que eso es muy importante.

Comparando los setentas con el ahora. Veo un regreso en algunas cosas a una súper centralización, incluso ahora se están reduciendo el número de firmas extranjeras. Es verdad que hay una serie de firmas que eran unos bandoleros que estaban tratando de lavar dinero o de sencillamente marcar en la cola para que el día en que se desplomara el socialismo en Cuba. ¿Qué es lo que pasa? Cuando tú como país dependes de diez, quince inversores extranjeros grandes, es muy difícil decirle que no a algo. Ahora, por ejemplo, quieren meter un edificio espantoso, un hotel de cinco mil habitaciones en el medio del Malecón. Si le decimos que no, el malo de la película soy yo, que no quiero que los niños cubanos tengan leche para el desayuno. Si en vez de diez o quince inversores extranjeros fueran decenas de miles y se me caen 50 ó 100 no pasa nada. Me puedo dar el lujo de decirle: No señor, eso que usted quiere hacer aquí, no se puede hacer en ese terreno, lo tiene que hacer allá, y si no le conviene se va. Ese es uno de los problemas de la centralización, que parte de ese razonamiento que aparentemente es lógico de que cuando tengo poco, tengo que centralizar. Pero es una mentalidad individualista. Si yo tengo 20 pesos en el bolsillo tengo que decidir muy claro cómo me voy a gastar los 20 pesos, pero lo que tengo que tratar es de tener más de 20 pesos, de crear más riquezas. Es invertir los términos. La centralización no produce más riquezas, la centralización funciona con las grandes cosas como la industria eléctrica, las operaciones portuarias, la minería, pero no con el comercio. Recuerdo cuando se creó la empresa de durofríos y la de guarapo. En 21 y 12 (en El Vedado) había una empresa de guarapo. Había un director de la empresa que tenía un carro y una secretaria pero no había guarapo. Al final ni siquiera hubo guarapo. Parece tontería, pero al final hemos pasado por todas esas cosas.

Mario Coyula: [Refiriéndose al pasado] Es lo que digo yo. Me equivoco, pero insistir en el error, repetir el error, no es lógico. Eso era lo bonito de los años sesentas, esa efervescencia, ese fue el momento cuando los ladrones y las prostitutas se volvieron revolucionarios, dejaron sus profesiones y aprendieron a ser costureras, choferes de las violeteras aquellas famosas. Fue un momento de enamoramiento, podríamos decir. Y bueno, cuando uno está enamorado se perdona también, se tienen sus discusiones, sus broncas y las perdona. No creo que lo importante sea volver atrás con la nostalgia, hacer ahora el mismo tipo de edificios que hicimos en los sesentas, eso es irrepetible. Tenemos que estar en el hoy, tengo que hacer ahora edificios del siglo XXI, no de hace 50 años… Lo que pasa es que los de hace 50 años eran mejores que los de ahora.

Mario Coyula: [Comentando sobre la falta de institucionalidad] Es que el término de confiable que se manejó…, ya casi no recordaba la palabra porque su usó en una época para decir si estabas identificado con el socialismo, con la Unión Soviética incluso. Pero lo que ahora se entiende por confiable es el que no crea problemas. Es el que cumple lo que le mandan. ¿Cuál es el problema de los ministros que no funcionaban? Los ministros no son ministros, son gente puesta ahí para que cada cierto número de años lo quiten y le echen la culpa de que no hizo lo que debía haber hecho. Pero es que no puede hacer nada. Uno de los problemas graves que tenemos aquí es que se ha venido trabajando por directiva: hacemos planes, es la época de los quinquenios y al final no son los planes, es la directiva la que manda.

Hacemos un plan de mantenimiento de viviendas pero al final se saca todo ese dinero y se mete a construir otra cosa, un hospital, que también hace falta pero nunca le toca a la vivienda. Son cosas que no se puede trabajar de esa manera, tan guerrillera. La gente rápidamente coge la seña, ¿por qué me van a medir? ¿Por qué yo voy a seguir de dirigente? Ah, bueno… Conozco casos, a mí me ha pasado, en cuanto una gente empieza a molestar en una reunión, a ponerla difícil, le dicen: Oye, para la próxima no me traigas a Fulano que lo que hace es poner malo esto aquí.

Nosotros tenemos que cambiar, regirnos por reglamentos y leyes, no por directivas. Pienso que durante mucho tiempo, y no voy a analizar si fue bueno o malo, nos dedicamos a los problemas del mundo, Cuba y el Mundo, a los problemas planetarios, del espacio exterior, el universo, y no a los problemas de Cuba. Entonces es lo que Raúl (Castro) está haciendo, que es aterrizando en los problemas de Cuba, porque si no se nos va el suelo. Creo que es lo que nos ha pasado. Si yo tengo 20 pesos en el bolsillo no puedo regalar 40, lo más que puedo hacer es regalar 20 y quedarme sin nada. Y hemos regalado más que lo que tenemos. Y hemos invertido en cosas…

Mira, lamentablemente este no es un gran país, no es una potencia mundial y tienes que jugar tu rol. El rol de nosotros es demostrar que este país funciona y que el sistema nuestro funciona. Ya con eso cumplimos el papel que nos tocaba. No vamos a revolucionar el planeta. Creo que hay que contentarse con que somos una islita de once millones, que cada día vamos a tener menos territorio porque el nivel del mar sigue subiendo.

lunes, 7 de julio de 2014

Compañera, tengo una pregunta que hacer

La pregunta la debe formular por escrito. Se recepcionan las inquietudes los lunes y los miércoles de ocho y media de la mañana a doce del día. Venga temprano porque solo se recogen diez preguntas por día. La gente marca desde las cuatro de la mañana. Nosotros no controlamos la cola, eso es un problema de ustedes. A las ocho, cuando abrimos la oficina, se reparten los turnos. Un turno por usuario. Aquí tiene el modelo. Nombre y apellidos del preguntante. Texto de la pregunta. No puede pasarse de las tres líneas que le dan. Escriba con letra de molde. Escriba claro. Trate de formular su pregunta de manera sencilla. Mire, aquí la gente no tiene tiempo para pensar por usted. Nada de dudas existenciales, para eso vea a su padrino de religión, haga un ebbó, confiésese con un cura. Nada de debates culturológicos. No se permite la entrada en short ni chancletas, ni tampoco de intelectuales. Los intelectuales siempre están jodiendo, de hecho joden más que el short, las chancletas y la saya corta. Sí, claro, este es un país tropical. Por eso mismo, que no se puede estar pensando tanto, por eso mismo, nada de preguntas intelectuales. Ya eso está claro desde hace tiempo. Clarísimo. Del lado de acá, todo; fuera de acá -y menos del otro lado- nada. Acá, sí, acá. Si es de política nacional e internacional, mejor limítese a preguntas cerradas, de sí y no, un poco para asegurarse de que lo que se imagina es como es. Los buenos son buenos y los malos son malos. Además, si tiene dudas consulte el Granma que ahí está todo bien explicado. Si es de sexo, mejor le hubiera preguntado a sus padres en su momento, ya es un poco tarde para averiguar lo que no tiene arreglo. Traiga su pregunta en original y dos copias. Presente además su carné de identidad y un sello timbrado de cinco pesos. Importante, debe traer un aval de su centro de trabajo, y si es ama de casa o cuentapropista del presidente de su CDR. ¿Qué debe decir el aval? Lo de siempre. Que usted cumple con todas las tareas, que es un tipo integrado y que vino a preguntar algo serio y no hacernos perder el tiempo, que ya bastante tiene una con este calor para estarse rejodiendo con preguntas para sacar del paso. La Comisión tiene diez días hábiles para darle una respuesta, aunque estamos un poco atrasados ahora en verano porque tenemos mucho personal de vacaciones, así que usted saque cuentas y a los diez días pasa por aquí; si no está aún su respuesta nos llama por teléfono hasta que le avisemos. Mire, mejor pase, porque a veces no tenemos tiempo para responder el teléfono. Aquí hay mucho trabajo, cada vez más. Hoy la gente se lo pregunta todo. En vez de irse a la playa o a rumbear en la Tropical, la gente se pasa el día preguntando y preguntando. Las respuestas son casi siempre inapelables. Eso sí, si usted no está convencido con lo que se le responda puede presentar un nuevo escrito de solicitud donde explique sus razones y formule una nueva pregunta. Sí, claro, original y dos copias. Y trae de nuevo su carné de identidad y el aval del centro de trabajo o del CDR, pero también una declaración jurada ante notario que diga que usted está en uso total y absoluto de sus facultades mentales, no vaya a ser que sea un loco de esos que se pasan el día preguntando boberías. O peor, un intelectual. Además, no es muy común que alguien pregunte una segunda vez después que le demos un argumento convincente. Claro, nuestros argumentos siempre lo son. Para tramitar las apelaciones se activará otra Comisión que tendrá seis meses para darle una nueva respuesta, esta vez inapelable. Se me olvidaba, entregamos las respuestas solo los jueves de dos y media de la tarde a cuatro y cuarenta y cinco. Claro, también se reparten turnos, la gente marca desde por la mañana. Y venga preparado para irse con las manos vacías, a veces hay preguntas que son incontestables.