martes, 29 de abril de 2014

Balseros


Las islas, siempre las islas, separadas y a la vez unidas por un Caribe que nos contiene y al mismo tiempo conecta lo uno con lo otro. Allá, cruzando el mar, está el país diferente, la cultura otra, el reino de los refrigeradores llenos y las calles ordenadas. De este lado, la locura tropical, la cuerda sinrazón, el mundo que en aquel verano terrible de 1994 parecía acercarse inexorablemente a un finisterra.

Tenía yo entonces doce años, y hoy la imaginación se ha encargado de colorear mi memoria con un cuadro épico que quizás no lo fue del todo, pero que así se le recuerda. Cuánta pobreza material y espiritual en aquella playa, cuánto dolor de gente, y cuánto regresar a los orígenes de este pueblo de bárbaros soñadores. La risa histérica. El dolor. La esperanza. El miedo a la muerte. La locura. También, y por vez primera, ver en primera línea a aquella Cuba de seres desestructurados que emergieron al calor de la crisis de los noventa.

Camino por la playa como se camina por un cementerio o por un campo en los días previos a la batalla. El mundo de los vivos junto a la paz de los muertos. Dos universos que no coinciden en tiempo y espacio, y sin embargo de algún modo están, se encuentran. La gente que construye sus barcos no me ve, y yo mismo soy incapaz de comprenderlos. En el mundo de mis doce años hay gente muy humilde, pero feliz hasta donde abarca la reducida percepción de un niño de clase media, un mundo donde la marginalidad y la tristeza me parecen una anomia tendiente a erradicarse, y no un río subterráneo que estalla ahora como el magma en las profundidades. De momento, contemplando aquellas despedidas, me golpea una oleada humana de paisanos con la mirada perdida y el alma errante del filibustero.

Por primera vez, en aquellas largas caminatas por una playa abarrotada de argonautas, descubrí la profunda religiosidad de los cubanos, esa espiritualidad a medio camino entre lo africano, lo español y lo antillano, que explota en mil deidades del mar, el viento y la tierra, y sobre todo en el culto sincrético a Oshún-Virgen de la Caridad, la santa de las estampitas y las cruces, de los collares amarillos y blancos, de las plegarias, del lloro incontenible, de la negación de lo que viene y la esperanza de lo que vendrá.

A la Revolución se llega desde la Enciclopedia o desde el hambre profunda de un sans-culotte que no tiene un pedazo de pan para llevarse a la boca. La Revolución se razona como una necesidad histórica, o es la acción desesperada de aquellos que no tienen otra cosa que perder que no sean las cadenas. Para el resto, ni tan absolutamente pobres, ni tan felizmente ilustrados, la Revolución es un ente abstracto, positivo si funciona, detestable si los rigores del vivir diario se prorrogan y eternizan. La televisión, la propaganda blanda de las casas con césped florido y parrilladas al borde de la piscina, se encargan del resto. ¿Y por qué no partir? Un breve salto entre las islas y más allá la vida nueva, el recomienzo, la renovación.

Un salto más. El alma cubana es por esencia aventurera e inmigrante. Una nación de emigrantes que emigran. Nuestros primeros padres cruzaron el Caribe de isla en isla. Los pueblos precolombinos, los primeros balseros, llegaron a Cuba en sucesivas oleadas a lo largo de miles de años. Después africanos y europeos, los primeros a la fuerza, los segundos forzados por un orden feudal-eclesiástico que no daba espacio y luz de progreso a una inmensa población campesina. Desde la canoa caribeña, el barco negrero, el buque de vapor, hasta el almendrón con un motor adaptado fuera de borda.

El balsero es un soñador, un poeta de la realidad. Como el pirata, su vida puede ser breve, unas millas no más hasta la boca de un tiburón hambriento. Como Moisés, cree contar con el favor divino y, a golpe de remo, separar las aguas. Así, buscando el infinito.






lunes, 21 de abril de 2014

La gracia


Cuenta Alfredo Guevara que su madre estuvo entre quienes presenciaron la entrada del Ejército Mambí a La Habana en los días tristes que sucedieron a la Guerra de Independencia. Las fuerzas mambisas, encabezadas por el Generalísimo Máximo Gómez, entraron a la capital cubana a través de la Calzada de Jesús del Monte, actual Avenida del Diez del Octubre, una arteria a la que canta Eliseo Diego en sus poemas y que Alfredo califica poéticamente “como la de la gracia perdida”.

Todavía en los años finales del XIX la Calzada no había conocido el boom constructivo de las primeras décadas del pasado siglo, la expansión de un eclecticismo entonces suburbano, y la construcción de hermosos palacetes en la cercana Loma de Chaple. Tampoco la posterior decadencia que comenzó a más tardar desde los años cuarenta del siglo XX y sólo ha continuado profundizándose, pasando del daño material, solucionable a golpe de cemento y energía física, a la erosión moral, a la crisis del alma, una herida que tarda siglos en cerrarse incluso si se le pone todo el empeño. Como decía Alfredo, la pérdida de la gracia, la desgracia en sí, que más que arquitectónica resulta espiritual.

Ciertamente, nos cuesta hoy imaginar a la caballería mambisa descendiendo, entre boteros, derrumbes y orine, la pendiente que va desde la iglesia de Jesús del Monte hasta el centro de la ciudad. Ejército de luz el nuestro, altivo pese al final indeseado del conflicto, los mambises cubanos que todo habían visto y por todo habían pasado en aquellos años de lucha en la selva tropical. Cuesta, y muchísimo, ubicarlos en lo que es hoy el contexto de una Calzada, de una zona de la ciudad, triste y decadente, desgraciada.

Cuesta imaginar que un ama de casa con las uñas acrílicas, un adicto al ron “planchado”, una empleada gastronómica de una cafetería de séptima categoría, levanten la vida y saluden con el corazón apretado a los héroes fundadores de la Patria cubana.

Cuesta, y no se trata de un problema de instrucción (probablemente estos habitantes de La Habana profunda tengan todos doce grados de educación escolar); sino que es resultado de una epidemia de nihilismo, de desesperanza, de desconexión con la realidad que les circunda.

Porque la patria, el sentido de amor al terruño, comienza en la comunidad, y si la comunidad está mal, si está sucia, si es desgraciada material y espiritualmente, sus hijos se evaden, se automutilan en espacios de realización intrascendente (el ron, las charlas de esquina, el culto a la guapería y a la cultura barriotera…), y rehúyen de los grandes discursos, de los grandes proyectos, de las metas posibles e imposibles. Asumen así la desgracia como un estado inevitable del alma, una tragedia, un horizonte que no va más allá del derrumbe de la acera de enfrente.

En su antítesis, la gracia podría verse como un estado de ánimo hacia el bien, como una manera que tiene el sujeto de proyectarse e interactuar creativamente con la realidad. Para los creyentes la gracia viene de Dios, piénsese en la oración a la Virgen María, a quien se califica como “llena de gracia” (gratia plena). Pero a la gracia puede llegarse también mediante una vía material: alcanzar un estado de bienestar con el medio circundante, vencer mediante la acción consciente el fatalismo de que lo siempre ha sido y siempre será. Luchar por la felicidad posible en el reino de este mundo. Poner manos a la obra. Actuar.

¿Qué se hace para traer la gracia a esta Habana periférica? Para limpiar de mugre las aceras y los portales. Para cerrar las cafeterías malolientes. Para que el ama de casa emplee su tiempo en algo más productivo que ventilar los asuntos del prójimo. Para que el muchacho descubra que hay un mundo más allá del contén y la moral del barrio.

Hay que refundar. Reescribir el contrato social con La Habana periférica. Crear (soñar no cuesta) una “zona económica especial” de desarrollo suburbano, un espacio por donde empiece un verdadero proyecto de progreso autosustentable. Buscar capitales. Descentralizar la esperanza. Aprovechar (y potenciar) el capital social con el que contamos. Difícil tarea esta de traer la gracia cuando esta se ha perdido. Pero valdría la pena intentarlo.






lunes, 14 de abril de 2014

Historia


La semana pasada le robé a la bobería cuatrocientas páginas de lectura. Una victoria para alguien que pierde la vida detrás de una caja de azulejos y un metro de piedras para terminar los arreglos de la casa. Vendo mi alma por siete sacos de cemento y, de paso (que la eternidad no es cualquier cosa), por una jaba de papas de esas que trafican los sans-culottes aprovechando las falencias de la distribución normada.

Cuatrocientas páginas de la Historia de Cuba de Eduardo Torres Cuevas y Oscar Loyola. El tomo uno, que va de 1492 a 1898. Por donde comenzó todo: Lo bueno. Lo malo. Y lo regular. Un viaje a los orígenes de la complejidad de la cadena puerto, transporte, economía interna; y también a las fuentes que explican las desarticulaciones en la producción, distribución y consumo de la papa en la Cuba del siglo XXI.

Una ciudad, La Habana, que fue puerto de cueros y putas para forrajear la flota que cruzaba regularmente el Mar Océano. Por la urbe, sin tocarla apenas, pasó rumbo a Europa el oro y la plata americana. Una ciudad, un puerto, una cultura, a medio camino entre el Nuevo y el Viejo Mundo. Una ciudad que siempre mira hacia afuera, que importa más de lo que produce, que a veces olvida al país que la contiene.

Una isla viviendo del contrabando ilegal, amancebándose con filibusteros y otros parias del reino de este mundo, acatando orientaciones de España, pero en la práctica jugando al libre albedrío antillano, a la gozadera. Una élite culta y hermosa, pero con los pies manchados por el trabajo esclavo. Y una esclavitud trituradora de hombres y voluntades, catalizadora del subdesarrollo del cuerpo y del alma, este último, el más difícil de erradicar.

El horror de la esclavitud, el pecado original de una sociedad donde conviven traumáticamente señores feudales y seres humanos tratados como bestias. El racismo como explicación “racional” de la fractura entre blancos y negros. Lo mestizo, mientras tanto, escurriéndose y horadando el muro de la segregación. El miedo al negro, a la haitianización, atrasó un siglo la independencia, que era decir el desarrollo; y cuando llegó, llegó traumada, y aún hoy se está inventando.

De España heredamos el gusto por la vida, el idioma hermoso, la calidez mediterránea que se amalgama con el estoicismo gallego y vasco. También la desconfianza por la modernidad, la hidalguía exasperante, el caudillismo. Las calles de La Habana terminan (o quizás empiezan) en Cádiz y en Madrid, y entre los derrumbes y el eclecticismo las campanas siguen tocando, como hace siglos, la música de una modernidad tardía y periférica.

A lo largo de esos siglos se fundó la patria, ese estado de ánimo hacia el espacio circundante. Decía Félix Varela que el patriotismo es el amor que tiene todo hombre al país en que ha nacido, y el interés que toma en su prosperidad. El patriotismo es por tanto una cuestión concreta, una actitud ante la realidad circundante. A Varela, por cierto, el Vaticano debe probarle un milagro para declararlo santo, el primer santo de Cuba. Los cardenales, en eso de medir santidad, prefieren las sanaciones milagrosas, y olvidan así que el milagro de Varela fue soñar la patria cubana cuando todavía esta no existía.

La patria que es ara (altar de sacrificio), decía Martí, y no pedestal. La patria cuya expresión más concreta es el barrio, la comunidad, los amigos. La patria que, desesperada, lucha a veces contra la basura y la desesperanza; pero también se celebra y reconforta alrededor de una buena mesa, en la primera sonrisa de un bebé que nace. La patria que se impone a la desgracia, y al “no me importa”. La patria que es también comienzo y fin, voluntad de hacer bien las cosas, de contribuir a mejorar el espacio que nos circunda. De Varela a Martí fue naciendo el sueño la República, el horizonte institucional hacia el cual avanzar. La República con todos y para el bien de todos. Un estado de felicidad y de equilibrio para trece millones de cubanos y más. Para todos los que vengan.

Regresé casi diez años más tarde a este texto de historia nacional, a veces utilizado como manual por las burocracias educativas, y otras como un tesoro de luz y comprensión en torno a eso que somos, y en especial a todo lo que algún día podremos ser. Porque el tiempo histórico en la breve escala de la vida humana nos parece eterno, pero quinientos años son tan solo una breve estación en la historia de un pueblo. Nuestro tiempo apenas comienza.