lunes, 24 de febrero de 2014

El pregonero


Entre las muchas actividades que han surgido en estos días de cuentapropismo experimental destaca la de pregonero en el transporte privado. No se me ocurre un mejor calificativo para denominar al tipo que se parquea en la cola de los almendrones (taxis por puesto) y vocea: ¡Vedado! ¡Habana! ¡Cerro!... Tampoco sé si semejante actividad está comprendida dentro de la amplia lista de calificadores laborales para el trabajo por cuenta propia, que incluye oficios surrealistas como el forrador de botones, el aguatero, y el reparador de carretas, actividades todas que parecen sacadas de una postal cubana del siglo XIX.

Lo que sí puedo garantizar es que su actividad es tan inútil como la de un forrador de botones en la era de la lencería plástica. Porque si te quieres montar en un almendrón, simplemente te montas, sin necesidad de que alguien te lo esté diciendo. Y además, el tipo mismo aclara que él no está ahí para organizar la cola, de modo que en horario pico la gente se abalanza como salvajes sobre el carro que llega a la piquera. Su actividad es algo así como si alguien se parara a la entrada de un baño público (que tenga un cartel en la puerta donde se informe claramente de la función del inmueble) y se la pase gritando “pipi, vamos, haga su buen pipi, y si se embulla también lo otro”.

Pero esto de organizar el transporte a lomo de almendrón resulta a todas luces una labor rentable. El tipo que se para en la esquina de Acosta y 10 de Octubre, compañero dedicado de lunes a sábado a gritar ¡Vedado! y cobrar cinco pesos por cada taxi lleno, estuvo perdido unos días de la calle y ahora regresa con la cabeza rapada, vestido todo de blanco, y con los collares que lo consagran como hijo de Obatalá, uno de los tantos orishas del panteón de la santería afrocubana. Tiene su gracia esto de ser pregonero. Unos meses gritando y ya tienes para comprar los chivos, las palomas, las gallinas, y de paso derogar los emolumentos que exige el padrino por blindarte contra la desgracia humana, concediéndote así el favor de los altares.

Para ser pregonero hay que conocer la magia de la calle: ayúdame que yo te ayudaré. Bajarle un poco de muela al botero, preguntarle cómo anda el almendrón, si ya la esposa parió, si el pasaje anda flojo del Vedado para acá; y como quien no quiere la cosa, o mejor, como quien la quiere, acabar de llenarle el taxi y esperar a que el botero, que casi siempre es gordo, colorado e impaciente, te deslice cinco pesos cubanos por la ventanilla del conductor. Si te dice que no tiene cambio, que acaba de empezar a hacer la ronda, el pregonero se saca un fajo de billetes del bolsillo y le dice que no hay problema, que él cambia todo lo que deba ser cambiado. Y así, lenta y productivamente, se va escapando la jornada.

Hay gente que sabe encontrar resquicios en el amplio e inexplorado mundo de la economía informal habanera, apropiarse de la cultura tradicional del barrio, de sus códigos existenciales. Deslizarse en el maremágnum citadino, pasar desapercibido, luchando, y de paso triunfar en esta ciudad entregada al combate diario por la supervivencia.



lunes, 17 de febrero de 2014

Marquesitas


Amanece una semana más. Mi padre empeñado en conectar el motor del agua a las 4 y media de la mañana. Por más que le digo, no hay modo que entienda que sólo la tercera edad, los curas y los locos comienzan la jornada tan temprano. El resto de la humanidad proletaria duerme. Pero no hay modo que entienda, y el tanque finalmente se bota y la mitad del barrio despierta en plena madrugada pensando que les llegó el diluvio universal.

Anoche estuve celebrando un cumple y hablando boberías hasta la medianoche con los amigos. Hablando de lo que se habla: que el CUC está perdido, que el tiempo no alcanza, que deberíamos montar un negocio de lo que sea. Fascinación con el emprendimiento cuentapropista para al final regresar al mismo punto: que no hay modo, que no se nos da, que si naciste tarado para el negocio tarado te quedas.

Porque de poder, podría ponerme a botear. 10 pesos de la Víbora al Vedado. 20 CUC por un viajecito al aeropuerto. Cargarle la paquetera y los cuentos al que viene de Mayami. Comprar un almendrón y enrollarme en el brazo una media de señora para que no me queme el sol cuando desande por las calles de La Habana. Gritarle comepinga al colega botero que se me coló en el semáforo, y decirle al policía que me ayude, que yo lo ayudaré, cuando me quiera poner una multa y pretenda subirme más puntos en la licencia de conducción.

Podría también (soñar es gratis) abrir una cafetería en el portal de mi casa. El café y el refresco instantáneo a peso. Marquesitas y tartaletas a tres pesos. Y croquetas, muchas croquetas, para interrumpirles el tracto intestinal a los borrachos de mi barrio, a los jubilados y a la gente del contén. Nada de cafeterías cinco estrellas en este rincón de Lawton. Para cosas chic están el Vedado y Playa, donde las nuevas cafeterías imitan a Starbucks.

Hablando de marquesitas, este 14 de febrero pusieron en la Mesa Redonda el documental que hizo una amiga sobre el juego de pelota entre Fidel y Hugo Chávez. Resulta que estuve ahí, que soy historia, una pequeña nota al pie (es evidente) pero parece que algo he vivido. Veinte libras menos, el mismo tamaño, un poco más tímido, muchísimo menos desencantado de la vida. Estudiaba en la Lenin y me llevaron a ver el juego en el Estadio Latinoamericano. Por más que trato, no recuerdo ni un solo detalle del partido, me veo tirado en una grada comiendo marquesitas, las marquesitas mejores del mundo. Compramos una caja, una caja entera para 6 ó 7 adolescentes sin nada mejor que hacer que gritar y comer marquesitas. Terminé con las mejores cagaleras del mundo, unas cagaleras generales e integrales como los maestros instantáneos que nos llegaron unos años más tarde.

Nunca he entendido ni entenderé nada de pelota, ni de boteo, ni de gastronomía, pero sí de marquesitas, que no serán las magdalenas de Marcel Proust, pero tienen la misma capacidad de devolver sensaciones, para traerme recuerdos felices, para comenzar con buen pie la semana, otra semana en la que mi padre se encarga de despertar a los vecinos a las 4 y media de la mañana.





lunes, 10 de febrero de 2014

Conducta

¿Qué podríamos hacer para devolverle la felicidad a los habaneros, a los habitantes de la ciudad profunda? ¿Bastará con silbar, como recomendaba Fernando Pérez? All you need is love. Cierto, pero tampoco somos hippies como para pasárnosla de campamento en el parque polvoriento de la Virgen del Camino, o montar un Woodstock en el diente de perro de Alamar. Hace falta una carga de esperanza, que nos toque la gracia, ese hálito (divino y terreno) que llega a veces al alma, se instala, y nos convence, con hechos, de que todo tiempo futuro habrá de ser necesariamente mejor. Que estamos remontando la cuesta, que después de la viga y la loza cuarteada llegará el techo de hormigón, que cesarán de una vez las filtraciones, que se recogerá la basura y se plantarán flores en cada parque y en cada avenida, que no es quimera que la cancha deportiva del barrio esté iluminada en las noches, que la actualización del modelo económico se materialice en mi bolsillo y en mis esperanzas, que no se despedirá a ningún otro amigo o familiar en el aeropuerto para un viaje sin retorno, que el diálogo y la participación se impondrán al silencio; y la comprensión y el respeto mutuo a la violencia física y verbal, a la intolerancia.

Conducta (2014), el más reciente filme de Ernesto Daranas, me ha obligado a soñar y a sufrir con el país y la sociedad en la que vivo. La historia se desarrolla en una de las zonas más humildes de La Habana, el territorio desgraciado que circunda la terminal de ferrocarriles. Allí el Chala (Armando Valdés), un niño de once años, sobrevive entrenando a perros de pelea mientras su madre (Yuliet Cruz), alcohólica y drogadicta, vive en un limbo de prostitución y barbarie. Sólo la maestra de la escuelita del barrio hace algo por romper el esquema de marginalidad y ruina que aplasta al Chala.

Con décadas de experiencia docente, Carmela (Alina Rodríguez) sabe que sólo el amor puede ser capaz de transformar una vida condenada de antemano al infortunio. Su familia acaba de abandonar el país, ella misma ha sufrido un infarto cardiaco, los funcionarios del ministerio de educación la quieren pasar al retiro debido a su actitud contestataria; pero Carmela se impone, sigue luchando, y su lucha es la de los habaneros en pos de toda la felicidad posible, la felicidad que merecemos, la necesidad impostergable de dar lo mejor de cada uno en la transformación del espacio que nos circunda, el no rendirse ante una realidad que en ocasiones acogota y destruye.

La cinta se adentra en una sociedad profundamente compleja, marcada por la crisis de algunos de los valores que sustentan a instituciones como la familia y la escuela; crisis entendida en su sentido gramsciano como una etapa en la que valores y cosmovisiones han perdido sentido, y aún no han surgido nuevos referentes que los reemplacen. La crisis es una etapa de cambio, de reconfiguración espiritual, de búsqueda de soluciones a problemáticas de nuevo tipo. Quizás eso hace el filme con la continua referencia a la Virgen de la Caridad del Cobre como patrona de todos los cubanos, el recurso espiritual al que se aferra Yeny (Amaly Junco), la mejor estudiante del aula, quien debe abandonar la ciudad y regresar junto a su padre (Héctor Noa) a su Holguín natal por no contar con los papeles requeridos para vivir “legalmente” en la capital. O la actitud iconoclasta de Carmela, quien se atreve a retar “lo establecido”, el eterno recurso al que apela una burocracia inmovilista para dar respuesta a problemáticas que precisan de soluciones novedosas, de implicación real, de empatía.

El cine, quizás como en ninguna otra parte del mundo, sigue siendo en Cuba un espectáculo de masas, de hecho las salas de proyecciones por su tamaño y afluencia de público recuerdan los grandes palacios cinematográficos de la edad dorada del séptimo arte. Los cubanos disfrutan de la producción nacional, participan activamente en la exhibición de los filmes, logran establecer con el producto artístico un diálogo que en la mayoría de los casos trasciende la obra en sí. Conducta, con su actitud valiente y apasionada a la hora de problematizar la sociedad cubana, aporta oxígeno a un arte cinematográfico que a lo largo de las últimas cinco décadas nos ha mostrado las luces y las sombras de una nación que aún se construye. La cinta ha logrado despertar la pasión del público, y el apasionamiento es siempre antídoto contra la desesperanza, contra el recurso fácil del nihilismo.

Algunos de seguro le achacarán al filme su impronta naturalista, la voluntad por presentar las aristas más sórdidas de este país, por contraponer una visión pesimista a la realidad bucólica que comúnmente presentan otros medios de comunicación. ¿Por qué siempre reflejar la desgracia, la decadencia, el desencanto? Porque para eso también está el arte: para vernos en lo más profundo y así imaginar cómo queremos ser, para soñar escenarios futuros donde las palomas del Chala vuelen sobre una ciudad refundada en materia y espíritu. Para silbar (como Fernando Pérez) por una Habana mejor.






lunes, 3 de febrero de 2014

La estera


A Sísifo lo castigaron los dioses a pasarse la vida arrastrando la misma piedra hasta lo alto de una montaña. Cuando estaba a punto de terminar la agotadora tarea, la piedra rodaba por la ladera y el condenado debía comenzar nuevamente su labor. Toda la eternidad consagrada a la bobería. Sólo un feriado de vez en cuando, como por ejemplo el día en que Zeus conmemoraba la victoria de los Olímpicos sobre los Titanes, en las que iba Sísifo (con su piedra a cuestas) a desfilar en el Ágora.

El mito de Sísifo podría representar la búsqueda de la completa sabiduría por parte de los seres humanos, la cual -por mucho que se intente- resulta siempre inaprensible. Pero la leyenda simboliza también la vida en sociedad, el modo en que se emplea nuestro breve paso por la tierra, el tiempo que dedicamos a realizar labores absurdas, monótonas, que exigen mucho y nada aportan.

Es lo mismo que correr por la estera de un gimnasio. Por mucho que te apresures no llegas a ninguna parte, y si te detienes sales disparado al suelo. Es complicado romper la inercia, reinventarse. En eso se va la vida.

Ahora son las seis y media de la mañana, y estoy viendo el amanecer desde un parque polvoriento del centro de la ciudad. Hace unas décadas estaba aquí la Plaza del Vapor, una manzana dedicada al comercio parecida al Mercado de Cuatro Caminos. Después hicieron un parque, llamado del Curita en honor a un mártir de la lucha contra la tiranía de Fulgencio Batista.

En la esquina, cruzando como quien se dirige hacia el apuntalado Palacio de Aldama, una travesti regresa de su ronda nocturna. Es alta, medirá un metro con ochenta, y me pregunto cómo podrá haber pasado la noche metida dentro de un vestido tan apretado, y sobre todo montada en unos tacones que parecen salidos de una película de Almodóvar. Luce cansada.

Más allá, hay un viejo está cargando con dos sacos de latas vacías que cambiará en una tienda de reciclaje. La gente corre ya para el trabajo, la ciudad lentamente va tomando cuerpo, los habitantes de la noche se esconden de la luz y son reemplazados por un infierno de niños con pañoleta, madres gritonas y vendedores de maní tostado.

Al fin llega mi guagua. Me espera un día largo, igual a otros muchos y largos días en los que uno se esfuerza al máximo y lo único que logra es mantenerse en pie. Sobrevivir. Luchas la croqueta y el picadillo de pavo. Lo das todo el domingo en el agro y te lamentas por la libra de tomate a diez pesos. Pero el horizonte termina ahí, en el picadillo y en el tomate, en el que sacaron detergente en la tienda de la esquina, en el contar los centavos, en el no mirar los baches ni los balcones apuntalados, en el seguir adelante. Adelante.

Mientras tanto, me encantaría hacer una pausa y enajenarme, olvidarme un rato de que la vida es lucha; pero el presupuesto no alcanza para conocer el nuevo restaurant que abrieron en la esquina del trabajo. La Serie del Caribe y la telenovela son gratis, pero no basta, tampoco las series del paquete. Como Sísifo, sigo arrastrando la piedra. No hay más nada.