martes, 9 de diciembre de 2014

Habana


Ay. Qué se va el vapor. Ay. Qué se va. Se va. Se va pa’ La Habana. Con mi gitana. Y no vuelve más. Bueno, que no es en vapor, ni en velero, y mucho menos en balsa, que las balsas no van nunca para La Habana (al contrario)… a no ser que sin darme cuenta me haya colado en una canción de Ricardo Arjona... que todo es posible. Pero pensándolo bien, de haberme metido en un tema musical de Arjona debo estar en ese que le dedica a México, donde sin un centavo se sentía un hombre de éxito. Diosito mío, que nada más me falta ponerle velas a la Guadalupe y rezarse al alma de Pedro Infante, para ya haberle acabado de vender el alma a la cultura popular latinoamericana.

Pero no. Que soy racional. Cartesiano. Marxista y leninista, como dijo una vez un imbécil cuyo nombre claro que recuerdo, pero prefiero no pronunciar. Qué miedo me da la gente con tantas certezas, tan seguros de sí que no se atreven a asomarse al precipicio de la duda, que no es más que el inicio de cualquier posibilidad. Pero bueno, que me voy a La Habana, e imbéciles hay en todas partes.

Desde la racionalidad y el cartesianismo, e incluso desde un marxismo que no pase por Stalin y el PCUS, podría decir que el hombre piensa como vive, que el ser social y la conciencia social forman una unidad dialéctica, y que la jodienda de la vida material está indisolublemente relacionada con la anemia del espíritu. Y viceversa: Los baches generan vulgaridad. Por las columnas agrietadas corre el alcohol. La chusmería es causa y consecuencia de la más absoluta fealdad, de la cultura del “papi”, “la mami” o “el mío”, de un modelo de convivencia ciudadana extraído de El libro de la selva de Kipling.

Pronto llegaré a mi ciudad. A mi aldea. A mi urbe maldecida por las musas de la planificación física. Leningrado tras medio siglo de asedio: Nos comimos las ratas, el cuero de las botas y la luz de los edificios, el espíritu sibarita del centro de la ciudad, la magia de las periferias, el sentido de que sobre estas piedras se levanta lo que hemos sido como pueblo, lo que somos y, sobre todo, aquello que seremos. Como dice Carlos Varela, no basta (desgraciadamente) con una canción -ni con un post- para devolverle a La Habana todo lo que le quitó el tiempo y la vida, la desgracia y la bobería.

Lo digo y lo repetiré hasta el cansancio: hay que poner la belleza en la agenda. Lo hermoso es tan importante para la vida como el oxígeno y la comida. Hay que soñar y hay que dejar que la gente sueñe. Todo no es desgracia. Y la celebración no se puede limitar a un bailable con cerveza de pipa. Y la salvación citadina al marco estrecho y feliz del Casco Histórico. ¿Cuándo fue la última vez que La Habana encendió bombillos y lanzó fuegos artificiales al cielo caluroso del Caribe? ¿Cuándo se inauguró la última gran obra pública? Hay que crear belleza. En toda La Habana. En esa Habana periférica que se desangra de hastío y depauperación. En esa Habana del centro conquistada por la marginalidad y la desidia. En mi casa y en la tuya.

¿Cuándo fue la última vez que alguien se preocupó (al menos públicamente) en presentar un plan ordenado para levantar a la ciudad de entre sus ruinas? Empoderamiento de los espacios locales. Recogida de impuestos y canalización de los mismos en las propias comunidades. Aprovechamiento del capital exterior e interior. Catalizar la iniciativa. Descentralizar la refundación del espacio urbano, empoderar a los agentes locales y fiscalizar su actuación. Menos plática, menos complejizar y más hacer.

Mientras tanto, yo sueño porque sueño, y sueño (y no dejo de soñar) porque el día que lo haga se me acabará la vida. Y sueño con la construcción de nuevos espacios residenciales, con demoler los edificios que no tengan solución y levantar otros nuevos. Sueño con un metro. Sí, con un metro para La Habana, que conecte a la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Sueño con Wifi gratis en las plazas públicas, porque la información debe fluir por las venas de la ciudad como el concreto y la argamasa de las obras nuevas. Sueño con centros comerciales. Sí. Con centros comerciales. Y no es venderle el alma a la modernidad burguesa, sino a la cultura de la servilleta, del jabón líquido y del papel sanitario. Sueño con la limpieza. Con el orden. Con una Habana donde haya aires acondicionados, y la gente sude y sufra menos.

Por suerte soy joven y aspiro a vivir muchísimo, porque quiero ver refundada mi Habana, quiero que vuelva a ser el puerto mayor del Mar Océano, la Llave del Golfo, un lugar donde la gente viva porque la vida es buena, y no por arranques quijotescos, por tozudez. Que vivir La Habana sea un placer y no un sacrificio, no una provocación al sentido común, sino un acto natural. Que La Habana sea, en definitiva, una ciudad donde quepamos todos.

1 comentario:

  1. Excelente Salvador: Esto es lo más sensato que he leído últimamente en cuanto a buenos, de verdad, buenos deseos para nuestra ciudad.

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