sábado, 29 de noviembre de 2014

Sábado





Son las cinco y media de la mañana, y la fiesta en una casa cercana está terminando en un baño de mezcal y rancheras. Casi huelo el licor mientras escucho a la gente cantando a Pedro Infante. Arriba, los vecinos de la azotea ya han soltado al perro para que haga sus necesidades mañaneras. En el único perro sato que he visto en toda la Ciudad de México, un perro loco, fanático a ladrarle a los pollos que crían en el techo. El barrio, lentamente, se despierta.

Y es que uno se siente como en casa. Yo, que salí del Lawton profundo, pasé de visita por el Pizarrales de la ciudad Salamanca (a medio camino entre Carabanchel y el Lavapiés madrileño), visité Las Margaritas de Punto Fijo en el Paraguaná venezolano, que si no fuera por las apuestas de caballos y la cerveza Polar, pensarías que estás en Mantilla, pues nada, que me siento en casa. Y muy en casa. Solo tendrías que cambiar las rancheras por reguetón, subirle 25 grados al termostato, engordar las cucarachas, desaparecer las papas y la leche en polvo, hacer del médico de la familia un tipo serio, y no un prestidigitador de farmacia, para sentirte en el Lawton de mis amores, de las croquetas y los baches, de la basura sin recoger y la gente del contén. La bobería. Dios, entre la cultura del contén y la de la tortilla de maíz me quedo con Quetzalcóatl. Que se lo digan a José Antonio Saco, con su Memoria de la vagancia. Pero no. Que el vino es ácido pero es nuestro vino. Y si no hay vino a darse un traguito de ron planchado, ahora más que por primera vez en mucho tiempo nos llegó un frente frío como se debe. El malecón debe estar botándose y la gente soñando con que vive en París un día de lluvia. Así no hay que ser Jorge Mañach para meterte a filósofo, o a poeta, o a chofer del P11 sin que te de fatiga por el calor y sin que te joda tanto que la gente se repelle.
 
El 2014 no trajo ciclones a Cuba, aunque tampoco nos unificaron la moneda ni bajó la libra de carne de puerco en el agromercado. Calma, Pepe, mucha calma. Con sesenta editoriales más del New York Times tú verás que los gringos se ponen para las cosas y comienzan a negociar. Coño, cómo cuesta sentarse a hablar. Y la gente, mientras tanto, se dice y se desdice. Ahí está el mismo Descemer Bueno, que primero se quejó de que su familia no toma jugo de naranja por causa del bloqueo, y después pidió excusas por no documentarse mejor. Él diría que quien se iba a quedar sin jugo de naranja era un servidor.
 
Por eso dice Carlos Varela que la política no cabe en la azucarera. Así que la próxima vez que hagamos política de café con leche habrá que bajarla con edulcorante. Y es que el mundo prefiere quedarse con las etiquetas, con edulcorar lo que está más claro que el agua. Que se lo digan a Podemos, el nuevo partido político que promete refundar España. Pablo Iglesias, un flaco de pelo largo, doctor en ciencias políticas por la Complutense de Madrid, se ha propuesto acabar con la política de los dos partidos, de los mercados, y de la servidumbre a la Ángela Merkel. Los medios de comunicación tradicionales y los políticos de levita se lo están comiendo vivo. Sin masticarlo siquiera. Le preguntan a Podemos lo que no le preguntan a Rajoy, ni a Pedro Sánchez, ni a Felipe VI, quieren saber cuál es el destino de la política, cuánto hay de real en los discursos, buscan la cuadratura del círculo. Y cuando el hombre abre la boca para responder, antes que emita sonido, le acusan de terrorista bolivariano, de liberal cambiacasaca, de ultraizquierdista, de masón, de ateo.
 
En México los artistas también se la pasan preguntando. Ahora quieren saber qué va a cosechar un país donde se siembran cadáveres. Posiblemente nada agradable. Y en efecto. Guerrero se ha vuelto un inmenso organopónico de la desgracia. Esta semana aparecieron una decena de cuerpos decapitados. Y el Peña, fanático del teleprompter, leyendo esos discursos engominados que parecen que los escriben los guionistas de Telemundo o TV Azteca.
 
Por eso las abuelas dicen que la política es una mierda. Pero no. En el momento en que de verdad pensemos que soñar el mundo no tiene el menor sentido, y apaguemos el Panda con un gesto de resignación, pues ese día ganaron los que quieren que se les entregue el poco poder que nos queda ¡Todo el poder para los que mandan! Que nos crucemos de brazos y digamos que, en definitiva, siempre ha habido ricos y pobres, buenos y malos, grandes y chicos, ganadores y perdedores, y que por mucho que nos recalentemos la cabeza las cosas seguirán siendo como son.
 
Mientras tanto, hoy sábado, amanezco tomando (y haciendo) mi particular homenaje a la política de café con leche. Desde lo profundo del barrio. Desde muy adentro.

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