viernes, 21 de noviembre de 2014

Reflexiones al pie de una hoguera

Ayer, 20 de noviembre, los mexicanos celebraron un aniversario más de su Revolución. Decenas de miles de personas se dieron cita en el corazón de la Ciudad de México para demandar al gobierno el fin de la narcoviolencia, cuyas más recientes víctimas fueron los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Detrás de esta demanda objetiva, comienza a aumentar el clamor contra un modelo de Estado, contra un modo de ejercer la política, contra un proyecto nacional que hace más de un siglo, con la Revolución Mexicana, pretendió volverse más inclusivo, pero en la práctica ha dejado fuera del mismo a una inmensa mayoría de los mexicanos.

El México de estos días recuerda a la Cuba de los años cuarenta, una etapa caracterizada por la pérdida de sentido de las principales instituciones, por la desconfianza generalizada en las estructuras y valores en torno a los cuales se había ido articulando el Estado-nación. El modelo republicano, iniciado el 20 de mayo de 1902, no lo terminó la Revolución, sino el propio Fulgencio Batista mediante el cuartelazo del 10 de marzo. Lo cierto es que, bajo la aparente institucionalidad de los gobiernos auténticos (1944-1952), se terminó de desprestigiar una organización social que resultó incapaz de garantizar el consenso.

Las revoluciones modernas, un sueño de intelectuales lectores del Contrato social y el Manifiesto Comunista, no estallan si no hay una mayoría de gente tan cansada de todo, que no tenga otra cosa que perder que no sean las cadenas. De lo contrario, por mucho utopismo que corra por las venas, nadie se enfrentaría a los golpes de las patrullas antidisturbios, a los chorros de agua de las tanquetas, al gas pimienta y a las balas de goma. Hay que estar cansado. Agotado. Y además, absolutamente convencido de la ilegitimidad del orden existente.

En el México actual, la rebelión está tocando a las puertas de las huestes de sans-culottes. La desaparición, por parte del narcogobierno de Iguala, de los 43 estudiantes ha sacado a la luz un país que no existe para determinados grupos, en determinados espacios, en determinados tiempos. Volviendo al paralelismo, la antítesis de esa Cuba “feliz” de los años cuarenta, esa Habana (París de las Américas), donde comenzaron a brotar los primeros rascacielos, las grandes tiendas por departamentos y los estudios de televisión. Un país de orden y progreso que solo existía en tanto negación del principio martiano de una República con todos y para el bien de todos. En el país de las élites no caben ni los niños drogados en la puerta del metro en brazos de limosneras profesionales, ni los carboneros de la Ciénaga de Zapata que magistralmente filmaron en el documental El Mégano, Julio García Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea.

La Universidad de La Habana de aquel entonces era como la UNAM de hoy en día. Pistola al cinto y mucho Maximilien Robespierre. Barricadas y hogueras, como las que se prendieron anoche en el Zócalo capitalino. Las universidades siguen siendo un foco de rebelión, sobre todo la universidad pública, concebida desde el Estado para formar a los técnicos garantes de la reproducción del status quo, pero en la práctica un centro de pensamiento crítico, alentado por la convergencia de grupos sociales del más diverso tipo.

Tanto Cuba como México son países relativamente nuevos, a medio camino entre un orden premoderno que viene de España y de los pueblos originarios (en el caso de México), y una modernidad tardía y desestructurada, que aun no acaba de articularse (si es que algún día lo hará), y muestra en la práctica múltiples disonancias. Prueba de ello son los variados esquemas estatales por lo que ha atravesado México a lo largo de su historia moderna: Virreinato dependiente de España, República de notables, Imperio, Revolución y guerra civil, República federal, República sujeta al TLC…

Del mismo modo que en muchos países de América Latina, a la sombra de una modernidad deforme se desarrolla una intelectualidad que nada tiene que envidiar a los círculos letrados primermundistas, al tiempo que coexiste con el subdesarrollo más profundo. Una intelectualidad moderna en tanto sigue las reglas del juego del mercado-mundo, pero con un alma quijotesca de redención mucho más cercana al Cervantes castellano-manchego, que al pragmatismo de John Locke. De ahí el “no pasarán” y el compromiso con los pobres de la tierra.

Si esos intelectuales logran atraer a una clase media cada vez más desclasada, y a su vez a una inmensa mayoría de parias del reino de este mundo, la revolución estará servida en bandeja… Basta mirar los rostros de la gente a la luz de la hoguera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario