lunes, 3 de noviembre de 2014

Lo barroco mexicano

Hay un episodio memorable de Rayuela, la gran novela de Julio Cortázar, en el cual Oliveira termina presenciando el concierto de una pianista mediocre llamada Berthe Trepat. La gente, espantada por la mala música, va abandonando la sala en la que solo queda Oliveira, quien termina celebrando, por pura lástima, la locura aquella.

El protagonista de Rayuela se metió en un teatro parisino de mala muerte para guarecerse de la lluvia, y yo en un antro mexicano para olvidarme por un rato de las lecturas de Bolívar Echevarría, el filósofo ecuatoriano que revolucionó el pensamiento de la UNAM. Comencé viendo una obra de teatro posmoderna y aquello terminó, como sólo terminan las cosas en México, con una película de Marc Anthony y Jennifer López, un dramón de esos que vemos los cubanos los domingos en la tarde, después del capítulo reglamentario de El Mentalista o el Doctor House.

México es un país barroco, de otro modo no podría entenderse la fusión entre Lope de Vega y la salsa puertorriqueña, todo en un bar de friquis ubicado en un edificio al que para entrar te cachean y te piden identificación oficial. Dice un protagonista de Utopía, un corto genial del cineasta cubano Arturo Infante, que el barroco latinoamericano no existe… ni pinga. Pues aquí en México lo inventaron. Por estas fechas se celebra el día de muertos y justo frente a la catedral mayor, en pleno Zócalo capitalino, han montado una fiesta de carabelas paganas. El inframundo mexicano no tiene nada que ver con el aséptico paraíso católico, ni con la frugalidad comunista del socialismo real. Es una gozadera de mariachis y tequila, rancheras y tiros al aire.

Nada más barroco que la basura en la Ciudad de México. Ya tengo un doctorado en procesamiento de desechos orgánicos e inorgánicos. Los unos y los otros en días alternos. El basurero toca una campana que parece sacada de un musical del cine de oro mexicano, y hay que bajar corriendo las escaleras para entregar los desechos. Es el carnaval de la basura, donde los camiones de desecho son carrozas, y las trabajadoras de comunales las reinas de belleza del barrio. Todo con olor a tortillas. En cada cuadra una tortillería y en cada barrio revolución.

Lo barroco vinculado a lo hedonista. A las ganas de vivir. A la celebración de los matices. Ni la tristeza absoluta, ni la felicidad más completa. Ni la muerte, ni la vida. Matices. Múltiples caras de una misma cuestión. Aunque el país se caiga a pedazos. No importa. La vida es breve y el reino es nuestro. Después de todo mañana será otro día. A brindar con mezcal por la virgencita y por lo que venga. Lo barroco sirve para comprender nuestra propia irracionalidad latinoamericana, y para entendernos a nosotros mismos, que con una mano tomamos El Manifiesto Comunista, y con la otra les prendemos velas a todas las vírgenes, santos y númenes del complejo panteón latinoamericano. Después de todo, nunca ha sido recomendable encomendarse a un solo santo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario