miércoles, 22 de octubre de 2014

Sombras amarillas

Hace tres días que no sale el sol sobre la Ciudad de México, concentrada ya en un otoño temprano que pronto se oficializará con el Halloween gringo y el culto ancestral a la Catrina del día de los muertos. El DF, y más en otoño, es la otra orilla a donde yo también he ido a buscarme, como dice Polito Ibáñez en su canción. La Habana está lejos, y en la distancia la ciudad se sueña menos caliente y aletargada. Desde el corazón del imperio azteca mi vieja capital es un pueblo nuevo de mulatas y mulatos, tabaco y ron, música salsa, concentraciones políticas, banderitas cubanas agitándose al viento. Difuntos y flores. La ciudad a donde van siempre mis pensamientos, la isla mayor dentro de la isla, siempre sobre las aguas como una balsa que no acaba de encontrar su puerto. La Habana, cuyas calles puedo recorrer con los ojos cerrados, deteniéndome en los olores y en las texturas, en las desgracias y en las bienaventuranzas, en su pueblo sin ley, en su pueblo loco de historia breve.

El otro día subí a lo alto de la gran pirámide del sol en Teotihuacán. Sesenta y cinco metros para descubrir que no eres nada, que todo el honor y la gloria caben en un diminuto grano de maíz. La antigua civilización duró 700 años, doscientos más de los que ya tiene nuestra propia cultura hispanoamericana, tan segura de sí, tan soberbia, tan convencida de la eternidad de su legado. Hoy los primeros padres de América son polvo en el viento, tristes recuerdos de su esplendor perdido. En su momento, los teotihuacanos se sintieron el centro del mundo. Sus grandes sacerdotes y guerreros, verdaderos señores de pueblos, miraron por sobre el hombro al resto de las civilizaciones mesoamericanas, sin comprender que nada resulta eterno. El agua dejó de caer sobre el valle florido, los ríos acortaron su cauce y se perdieron las cosechas. Llegó la guerra, el pillaje y la muerte. La decadencia. Y la vegetación cubrió los templos y las pirámides. Y cuando los aztecas ocuparon el valle, siglos más tarde, llamaron a la avenida principal de la ciudad dormida “Calzada de los muertos”, pensando que se encontraban ante una tumba colosal, y no en la arteria principal de una urbe que en su momento tuvo 200 mil habitantes.

Desde la humildad de lo que es hoy Teotihuacán sueño con mi Habana, que nunca fue corazón de imperios, sino puerto de paso, tierra de putas y forajidos, crisol de alternidades. La Habana que debe renacer de sus ruinas. Y los muros volver a levantarse. Y los trenes correr por sobre nuestras cabezas. Y ni un bache más ni una desgracia. Y los palacios brillar cuando los visite la gente. Y los comercios abrir sus puertas. Y lanzar fuegos artificiales desde las atalayas del Morro los días de fiesta. Y hacer juegos olímpicos y juegos de verano. Y venir los barcos para nunca más partir. Y no hablar de vencedores ni de vencidos. Y los habaneros aprender a vivir uno al lado del otro, aceptando lo diverso.

Desde aquí, desde el contaminado y otoñal DF, pienso en todo cuanto somos y en especial, y es mi plegaria, en todo cuanto podremos ser como pueblo y cultura, como identidad ya desbordada en la isla y fuera de ella. Porque yo también, como Polito Ibáñez en su canción, busco sombras, amarillas, en el mar.

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