miércoles, 8 de octubre de 2014

La desnaturalización de la desgracia

En la puerta del metro hay una mujer sin rostro pidiendo limosna. Tiene en sus brazos a un niño de cinco años, que bien podría ser mi ahijado. Mi ahijado de cinco años, que está en una edad en la cual todo es posible. Ser cosmonauta. Emigrante. Jugador de las Grandes Ligas. Vendedor de churros. Poeta. Pero el niño a quien cargan en la puerta del metro tiene los ojos cerrados, no del todo, la blancura del lóbulo ocular se filtra por debajo de los párpados, un pequeño hilo de saliva pende de la comisura de su boca. No duerme. No ha hecho una pausa entre el juego y el almuerzo. Está drogado. Un niño drogado de cinco años. La vida que es sueño. Aletargan niños para alquilarlos a los mendigos profesionales. Un mendigo con un niño en brazos despierta mucho más la compasión de un público acostumbrado a convivir con la desgracia.

La mayoría de la gente no piensa en cómo será la vida de ese niño de cinco años que no irá nunca a la escuela, que no tendrá neuronas, que acostumbrado al opio cuando tenga fuerzas para andar por sí solo comprará pegamento para oler y acortar así la infelicidad de sus días. No piensan que el mundo es profundamente desigual. No les importa. La gente no tiene la culpa de que el planeta sea una mierda. Para eso están los políticos, las ONG y los curas. Para eso debe estar Dios, que casi nunca se acuerda de Latinoamérica. Desde que el mundo es mundo, diría un pragmático, hay ricos y pobres, opulentos y miserables, Adonis bronceados junto a cojos, mancos y tuertos. Los pobres son pobres porque quieren serlo. Que trabajen. Y si no quieren trabajar, que se mueran de una vez.

Sin embargo, hay todavía a quienes les interesa algo, a quienes aun les quita el sueño la injusticia. ¿Qué hacer?, se preguntaría un Lenin, y la respuesta lo llevaría a la revolución anticapitalista total, a la purificadora violencia revolucionaria, que concluiría inevitablemente en su Termidor, en el ingente sacrificio humano, en la claudicación de los sueños personales bajo la dictadura del unanimismo. Pero los pobres no dejan de oler pegamento a base de consignas y directrices trazadas, sobre todo cuando la pobreza está integrada en la médula espinal, en el ADN de la gente, y no es sólo producto de la dictadura de unos señores vestidos con sombrero de copa y levita. Miserables hijos de miserables, nietos de miserables… y así hasta la más oscura noche de los tiempos, el día siguiente en que Dios separó la luz de las tinieblas, y a los que tienen de los que no. Opresión de clase y grupo social, pero también violencia de raza, de género, de modo de ser y comportarse. Si fuera tan sencillo como abrir barricadas y gritar que no pasarán, ya el hambre y la desgracia no serían azotes mundiales.

El gran problema de todo esto es que las revoluciones las sueñan los intelectuales, las materializan los caudillos, las sufren las clases median y las “disfrutan” los pobres, a quienes nunca realmente les preguntaron cuál debía ser la naturaleza de su propia liberación. No les preguntan por dos razones. En primer lugar, porque los pobres nunca se expresan, y de tanto silencio a veces se piensa que los miserables no tienen voz. Pero la tienen. En segundo lugar, porque los intelectuales que sueñan, y los caudillos que conducen, están absolutamente convencidos de saber lo que está bien y lo que está mal, lo que funciona y lo que no. Y al pueblo le corresponde siempre comportarse como si estuviese en el famoso lienzo de Delacroix, dejarse guiar por la libertad que los conduce.

Quizás la solución a tanta desgracia humana pase por dar pequeños pasos, que son siempre el comienzo de las grandes obras. Escuchar. Dejar en casa el manual de autoayuda que te explica cómo hacer una revolución en cinco etapas. Olvidarse quizás del estado-nación como estructura del cambio, un invento reciente de la modernidad para garantizar la estabilidad del mercado, y pensar que cada inequidad es única y tiene su propia solución.

Debemos soñar con la victoria de una humanidad donde quepamos todos, y para eso hay que proyectar primero ese sueño, imaginarlo, y ese ejercicio de imaginación debe comenzar por el reconocimiento de los problemas, por la desnaturalización de la injusticia. Por ello, en lo que políticos, intelectuales y gente común se pone de acuerdo, que no te de igual ver a un niño atontado de drogas en la entrada del metro. Porque no es justo, no es natural, no es un plan divino. Y sobre todo, no es inevitable.

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