lunes, 15 de septiembre de 2014

Travieso (1996)

Para Javier y David, quienes espero algún día les cuenten a sus hijos algunas de estas historias.

Vine a formar lo mío
para ver qué bolá
porque yo soy El Tipo
Todo por Carlitos, dibujo animado de Ernesto Piña


Es enero de 1996, y está haciendo el frío más grande de la historia de Cuba. En Bainoa, un pequeño pueblito ubicado al este de La Habana, la estación meteorológica reporta una temperatura mínima de 0,6 grados.

Cuando meas sale “humo” del pavimento por la condensación, y temprano en la mañana el aliento se te congela. Es como vivir en una película rusa. Estoy pasando la escuela al campo en un campamento llamado “El Travieso”, enclavado en la fría llanura Habana-Matanzas, el cinturón de tierras fértiles que bordea a la capital cubana. Un mes de trabajo en la agricultura, concretamente apoyando la recogida de coles y pepinos, formándome en el estudio y en el trabajo como un buen pionero de la patria socialista.

A la hora de dormir nos ponemos periódicos dentro de las medias para protegernos del frío, y algunos exagerados prefieren acostarse sobre el duro bastidor de tabla y así taparse con las colchonetas a modo de cobertor. El campamento tiene el techo de tejas de fibrocemento y ventanas desajustadas por donde entra el viento.

Hay dos albergues. En uno duermen los varones (estudiantes y profesores). En otro las muchachas (estudiantes y profesoras). En el centro está el comedor y el lugar para la recreación, un espacio con sillas y mesas hechas de ladrillos y concreto, y una plazoleta para bailar música salsa.

Los noventa son los años de la salsa, que en esos momentos parece lo más vulgar del mundo hasta que en los dos mil se inventó el reggaetón. También se escucha a Juan Gabriel, José José, Marco Antonio Solís y toda una recua de cantantes latinos a través de una radio enganchada a dos cornetas.

A la entrada del campamento, nadando en un mar de tierra colorada, hay una bandera cubana, un busto de José Martí blanqueado con cal, y pintados sobre un muro la imagen de dos estudiantes felices: Mijaíl y Jorgito, el uno soviético, el otro cubanito. Ambos con pañoletas y sonrisas proletarias, aunque ya hace ocho años que no se ven rusos por ninguna parte.
 

Cada mañana nos reunimos ante Martí, Mijaíl y Jorgito para cantar el himno nacional antes de montarnos en la carreta que nos lleva al campo. Cada mañana el director ordena detener el himno a la mitad y nos obliga a cantarlo nuevamente. Dice el director que desafinamos. Que el himno es un canto patriótico. Un canto de guerra. Y que lo estamos cantando como si fuéramos flojos, que así no venceremos al imperialismo. Casi siempre a la segunda vez resulta, aunque a veces hay tercer y cuarto intento.

-Corre, ¡pinga!, corre.

Me grita la gente, mientras yo, desesperado, intento montar en la carreta que gana velocidad. Al final no sé cómo lo logro, dos o tres brazos me alzan. Me siento en un rincón, respirando como puedo el polvero de tierra colorada que levanta el tractor. A las siete y media de la mañana hace un frío espantoso para estar en Cuba (ocho o nueve grados quizás) y andamos todos disfrazados con capas de trapos sucios de los que nos iremos desprendiendo a lo largo de la jornada.


Me pusieron a trabajar en la brigada del pepino. Al resto lo mandaron a echar coles en un camión. El trabajo no es para tanto. De hecho no es para nada. Los guajiros ya están acostumbrados a tratar con adolescentes habaneros que cada año vienen a perder el tiempo durante un mes de escuela al campo. De nada sirve que el profesor de Química (guía-base y militante de la Unión de Jóvenes Comunistas) nos arengue sobre la importancia de vincular el estudio con el trabajo, o diga que nuestro aporte es decisivo para la economía del país, o que estamos formándonos como hombres nuevos de la patria. A los trece años todo son hormonas. Y mucha bobería, en toneladas.

Los pepinos pinchan cuando uno intenta arrancarlos, y nosotros, hombres nuevos en formación, recogemos los pepinos sin guantes. Sólo el guajiro tiene un par y se los merece, porque es el único que está haciendo realmente algo que valga la pena. En lo que yo recojo diez pepinos él ya completó un saco. Trabajar la tierra es horrible, compadezco al guajiro, aunque este se desquita diciéndonos horrores por nuestra vagancia. Lo hace por compromiso, de manera automática nos maldice y sigue trabajando, convencido como está que por mucho que hable nada hará que cambiemos nuestra actitud improductiva.

Poco a poco el sol va subiendo en el cielo y el calor arrecia. Mi ropa se vuelve una baba de sudor y humedad. Tengo peste, pero no la siento porque todos huelen igual. Bastará que por la tarde el primero se bañe para que en seguida descubras tu propio hedor. Al rato llegan los “aguateros”, una pareja de muchachos como yo, pero los más fuertes del grupo, quienes tienen la misión de ir con una tanqueta por los surcos repartiendo agua. El líquido, a falta de algo mejor, lo agarran con el mismo jarrito con el que uno bebe, de modo que al rato el contenido de la tanqueta es una mezcla de agua con fango.

Bienaventurados los anticuerpos, aunque siempre vencerán los parásitos. Con suerte amebas y giardia, en el peor de los casos necátor para los que tienen la mala costumbre de andar descalzos por los campos.

Tomo agua y me acuesto entre surco y surco. Antes de mí, cientos de miles de jóvenes estudiantes cubanos, tienen que haber repetido esta operación. No hay nada como contemplar el cielo tumbado. El sol brilla. Las nubes son infinitas. Y durante unos minutos te sientes dios capaz de todo.

El trabajo marcha lento, muy lento. No tengo reloj para saber la hora, pero supongo (por el calor) que ya debe haber avanzado la mitad de la mañana. Para no detener la producción la comida la traen al campo. Por suerte es invierno y el sol no pica tanto. La crema anti-solar por aquel entonces es un lujo rarísimo, una mariconería que sólo algunas hembras se atreven a usar.

A las cinco o a las seis llega el tractor que nos llevará de vuelta al campamento. El director entonces nos hablará de la producción y del esfuerzo, quizás, con suerte, de José Martí, y con toda probabilidad de las letrinas sucias, de los muchachos que se la pasan mirando huecos en el albergue de las niñas, de la importancia de bañarse bien porque ya apareció el segundo caso de sarna en la brigada.

Ahora son apenas las siete de la noche, pero como estamos en invierno ya oscureció. Estoy sentado sobre mi colchón, en una litera de cabillas mal soldadas que al menor movimiento parecen desprenderse. Mi colchón está relleno de algo que asemeja (y huele) a la borra de café (aunque no lo he abierto), y bajo este hay un bastidor de cartón tabla.

Los baños están estratégicamente ubicados como a veinte metros del albergue, pero huele horrible porque en la madrugada la gente prefiere sacar sus partes por la ventana y orinar a la intemperie, de modo que básicamente todo huele a pipi y a humedad. Sobre todo a humedad, porque la ropa llena de fango del campo casi nadie la pone a secar al sol (tampoco da tiempo) sino que la dejas “refrescando” por algún rincón para ponértela al día siguiente.

Sobre mi colchón leo Veinte años después, la segunda parte de Los Tres Mosqueteros de Alexandre Dumas. Ya he descubierto que la literatura es un aislante; la literatura y el director de mi secundaria, un profesor de Geografía que todavía cree que con la pedagogía se puede cambiar el mundo, y en las noches nos enseña a entender las constelaciones. En el campo se ven todas las estrellas del mundo, el cielo es una fiesta infinita de luz, un espectáculo que me provoca la misma fascinación que veinte mil años antes debió causar a los hombres de la prehistoria.

De las conspiraciones de Mazarino, las guerras de la Fronda y la regencia de Ana de Austria me saca Manolín, el “médico de la salsa”, salsero famoso inundando el espacio con un clásico de la época: -Ahora soy el rey, si te gusta bien, y si no también… porque hay que estar arriba de la bola, arriba de la bola, arriba de la bola…-.


La canción suena en la corneta cercana (comenzó la recreación) y la tararea un condiscípulo, mulato de nariz ñata con cara de abusador, que ha pateado la puerta del albergue y en este momento realiza una entrada particular. No me ve, ni me habla. El albergue se divide en dos mundos que intentan compenetrar lo menos posible. De un lado la mayoría de la gente, los que juegan pelota, bailan casino en la recreación, ya se han buscado novia para que le laven los calzoncillos, y ostentan el privilegio de haber dado besos de lengua desde los doce años, e incluso haber pasado a la segunda base.

Del otro lado del albergue, protegidos por nuestra propia rareza (y también porque las camas de los profes están junto a las nuestras) estamos el resto (ahora me enteré por los seriales norteamericanos que los llaman nerds) que hemos llegado vírgenes de todo a esta escuela al campo.

El día que hicimos nuestra entrada me quedé parado en la puerta del albergue mientras que mis mucho más adelantados condiscípulos se abalanzaron sobre los mejores colchones. Todavía no me habían enseñado las tres leyes de la evolución de Darwin, sólo después me enteré que había suspendido en “competencia” y “selección natural”. Al parecer no estoy apto para la vida comunitaria…

Está oscuro. Debajo de mí, al sur de todo, está el hueco de la letrina, un pozo de paredes resbaladizas salpicadas de porquería. Me molesta cagar de pie. No he desarrollado todavía los músculos que me saldrían después en los muslos, adaptación natural a una larga vida de excreciones en postura semierecta. Sucesivas escuelas al campo, becas, trabajos voluntarios en la construcción y guardias estudiantiles y obreras me harán un mejor hombre, y también un experto en el arte de defecar sin que “el dos” estableciese contacto físico con el medio circundante. Una cortina de saco de yute separa mi letrina del mundo y, de vez en cuando, al soplar el viento, los planos se fusionan y me siento parte de un juego de béisbol que se desarrolla diez metros más allá desde donde estoy cagando. Veinte años más tarde sigo sin saber jugar a la pelota, pero como ya dije, aprendí a cagar de pie, y no me avergüenza como entonces que el viento levantara el telón de yute y mostrara al público mis partes.

No me recuerdo estructuralmente triste en aquel invierno polvoriento de 1996, tampoco particularmente feliz. Resignado quizás, como siempre he asumido algunos retos de la vida. El otro día me enteré que ya los adolescentes cubanos de secundaria no van a la escuela al campo. Son otros los tiempos y otras las circunstancias. Serán otras, por supuesto, sus historias.

1 comentario:

  1. Yo fui a Travieso, pero en el curso71-72 dic .campamento de muchachas, tambien bajo la temperatura casi a 1 o 2 grados, ese dia no fuimos al surco, el trabajo era cafe, chopos ,boniatos, mi 1ra escuela al campo , no tuve alegrias solo tristezas yresignacion, todo como lo narras incluyendo una letrina llena y la otra en construccion

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