lunes, 1 de septiembre de 2014

Memorias

Jpeg
Llevo días hablando de memorias y hablando de olvidos. Las cosas de estudiar un Doctorado en Estudios Latinoamericanos, al final terminas haciendo introspecciones como si fueras un poeta de barrio. En este continente loco, familia de repúblicas nacidas, como quien dice, la semana pasada, la tradición liberal se amanceba con lo legendario prehispánico, y también, que no es poco, con las nuevas corrientes que traen los Vientos Alisios, las balsas de cubanos, y las lanchas del corredor de las drogas: los chinos que se quieren tragar el mundo; los gringos tratando de no soltar lo que han mordido; los franceses con la honda de la multiculturalidad y de paso a ver qué se pierde; y una España caída en desgracia por la crisis, pero que de un modo u otro nos persigue por todo el continente, Telefónica mediante, y muchísima herencia caudillista y de políticos de telenovela.

Pues venga la memoria (que no el olvido). En definitiva yo creo en la Historia, así en mayúsculas, y de paso en la dignidad plena del hombre, en la utilidad de la virtud y en el mejoramiento humano. En todo eso. También en Marx, en el Gramsci y en la Rosa Luxemburgo. El Lenin de las barricadas me gusta más que el del Palacio de Invierno, pero no dejo de pensar que una cosa es estar tirando piedras a lo hippie y otra bien diferente refundar el antiguo imperio de los zares. A Stalin, ni con pinzas. Habrá vencido a los nazis e industrializado Rusia pero enfermó a la izquierda con el cáncer del verticalismo y la bobería.

Venga la memoria (que no al olvido). Pero sin drama. Que mucha agua pasó bajo el molino, y mucha pacotilla se escurre a través de las aduanas como para que a estas alturas nos rasguemos las vestiduras. Para escribir memorias me presto yo, que hace veinte años vi partir las balsas de mi vieja playa en Cuba. Balsas con balseros. Con niños pequeños y ancianos. Y mucha santería. Y Virgencitas de la Caridad. Y vomiteras (por el mareo y por el ron que traían los cuerpos). Dios mío. Pa’ dónde coño se fue tanta gente.

Pero ni sé por qué terminé hablando de estas cosas, ha de ser la resaca de los 32 años recién cumplidos, que parece que con la edad a uno le da por pontificar y dejar algo para el que venga atrás: que un espermatozoide correctamente ubicado, que dos o tres líneas en un periódico, que un grafiti bien puerco en la pared del metro, y si estamos en La Habana (que no hay metro) a la entrada de uno de los túneles que tenemos para defendernos del imperialismo, que para algo han de servir mientras tanto.

Mezcal no he tomado. Ni tequila tampoco. ¡Qué viva México! ¡Carajo! Solo un vino argentino que no emborracha pero esclarece las ideas. Cuánta recordadera, cuántas ganas de que no se pierda nada. Porque sí. Porque se lo quiero contar a mis hijos, y si no hay hijos que el perro me aguante la muela. O el cobrador de la luz. Quien sea.

Memorias como aquella de 1998, mientras estudiaba en la escuela vocacional Lenin, por poco me gano un consejo disciplinario en una clase de idioma inglés. La profesora, una mujer bruta como no he visto dos, preguntó quién nos estaba visitando por esos días y yo le dije que el “Potatoes” Juan Pablo II, desconociendo latinoamericanamente que el mundo anglosajón denomina al mandamás católico como el “Holly Father”. Ello no impidió que unos días más tarde me llevaran –junto con el resto de la escuela- a la avenida de Rancho Boyeros a ver pasar el Papamóvil, con el Papa Wojtyła adentro, uno de los recuerdos más importantes que conservo de esos años.

Un poco antes había visto pasar los restos del Che. Impresionante. La gente lloraba al ver la urna escoltada por carros militares. Todo había envejecido, el mundo entero, y allí estaba el Che en la memoria de la gente. Con estos 32 años acabados de cumplir me ha dado por pensar en el Che, y llego a la conclusión de que yo no sé nada de la vida. El Che tenía apenas unos años más que yo cuando lo mataron en la Higuera intentando encender la llama de la revolución tercermundista. Bienaventurados aquellos que tienen alguna certeza. Yo, al menos, me muero en la incertidumbre.

Pero a veces los pueblos, para superar los traumas del pasado, y sobre todo, para encontrarse, han de apelar al olvido. No queda otro remedio. Pensar en las cosas buenas, en todo aquello que une; y olvidar, al menos tratar de hacerlo, cuanto nos separa. Solo así se sale de la neurosis histórica (el empozamiento en el presente). Solo así se funda. Sólo así se avanza. Pero bueno, basta ya por hoy de introspecciones.

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